Resistencias urbanas y formación de sujetos para la acción emancipada. La experiencia de la Red Juvenil de Medellín (1991-2011)*

Edison Villa Holguín**

I. Introducción

A principios de la década de 1990 nace la Red Juvenil de Medellín como una organización comunitaria de acompañamiento al trabajo con jóvenes en las zonas y barrios populares de la ciudad, en medio de un contexto de profunda crisis social y política, deslegitimación del Estado y decadencia de su gobernabilidad. Ésta es una propuesta de vivencia colectiva para aprender a sortear las adversidades desde una perspectiva emancipatoria.

Nuestra historia empezó en la calle, vistiéndola de colores en medio de una declaratoria unilateral de muerte en nuestros barrios, en aquellos donde habíamos tejido nuestro accionar comunitario y organizativo, y donde se empieza a inundar de muerte y dolor. Los deseos por “exorcizarla”, llevaron a la conformación de las Redes Juveniles como una acción colectiva hacia la defensa de la vida […] entre comparsas, campañas y acciones directas de desobediencia e insumisión[1].

Este proceso se ha construido a partir de los intereses, necesidades y esfuerzos de líderes y lideresas juveniles de los barrios populares del Valle de Aburrá, que decidieron generar propuestas para confrontar las dinámicas de dominación social, económica, política y cultural de una sociedad antioqueña patriarcal y autoritaria.

En este camino de transformación comenzamos a identificar la forma como la violencia se encarna en nosotros y se reproduce en nuestros actos, reflexionando sobre la injusticia y la forma como el militarismo y el patriarcado sostie­nen este modo de estructura social.

II. Contexto

En 1997 conocí esta organización y comencé a acercarme a las ideas sobre la resistencia, sus metodologías de resistencia y no-violencia como formas de lucha popular. Los juegos cooperativos nos motivaron a realizar análisis per­sonales y sociales, filosóficos y políticos sobre la necesidad de encontrar vías para transformar la violencia. La deslegitimación institucional, fruto de la crisis de referentes hegemónicos de identificación colectiva fue determinante en el nacimiento en los años noventa de la problematización civilista de las organizaciones comunitarias y el expresionismo juvenil en función de alternativas de transformación.

La Red se ha fortalecido y ha sido reconocida como sitio para la problematización, discusión y acción desobediente, que ha nutrido a la organización juvenil nacional y la movilización urbana local, a partir de los proyectos de vida de las comunidades, especialmente de niños, niñas, jóvenes y mujeres.

Utilizamos nuestro potencial como sujetos sociales, rompiendo con los esquemas institucionales y adultocéntricos que sobre nuestras formas de organización y acción recaían, para generar nuevas formas de organización no convencio­nales y con un carácter menos focal, introyectando [sic] lentamente la pers­pectiva de lo barrial, lo cultural, lo comunitario y lo colectivo como salidas a nuestras propias crisis organizativas[2].

Entre las décadas de 1970 y 1990, las clases dominantes de la región, que se habían consolidado en el último siglo, se recapitalizaron, no sólo con la corrupción del aparato administrativo, sino con el dinero y la violencia del narcotráfico, que acabó con la vida de muchos jóvenes. Si se extrae el promedio, sería como si el 60% de las familias de la ciudad hubieran puesto por lo menos una víctima fatal en el genocidio juvenil que vivió la Ciudad de la Eterna Primavera[3].

Recuerdo como si fuera hoy los toques de queda, las batidas, la desaparición, el ajusticiamiento, las matanzas y la guerra que la policía nos declaró por el hecho de ser jóvenes y sentarnos en las aceras, en los parques o en las escaleras de nuestros barrios y cuadras. Recuerdo a mis primos, amigos, vecinos y compañeros y compañeras asesinadas en tal avanzada por el control y el orden social que querían que imperara a como diera lugar[4].

La regulación de la convivencia y el control de las periferias y de los barrios populares se les entregó a los militares, con lo que se reforzaron los valores del sometimiento, la coerción y la violencia como medios legales e ilegales para resolver los conflictos.

La organización popular y con ella las prácticas juveniles en los barrios, y quienes participábamos de lo organizativo y lo comunitario, en ese momento nos sentíamos impotentes para postular con fuerza, alternativas de transformación para nuestras comunidades debido al miedo infundado por los grupos armados y el aparato estatal. Pero el miedo no nos desarticuló y nos mantuvimos en resistencia de manera marginal y al estigma del “no futuro” oficializado, le generamos un desarrollo paralelo, acumulado del cual bebió tiempo después la propuesta de objeción y antimilitarismo.

Las juntas de acción comunal y las juntas administradoras locales —las formas organizativas tradicionales y oficiales de los barrios y las comunas, que siguen nutriendo la estructura clientelista y bipartidista del Estado— entra­ron en crisis por no lograr responder a las necesidades del momento, ni por los canales tradicionales ni por su capacidad para crear nuevas alternativas.

Esta época fue de grandes aprendizajes, grandes acciones en la calle, acciones que nos llevaron a pensar que la autonomía de un movimiento comunitario era posible, sin embargo esto se vio truncado por la credibilidad en la institu­cionalidad y por la renuncia a tener en la ciudad un movimiento comunitario anticapitalista.

III. Los inicios

En este escenario, para 1991, emergen diversos protagonismos comunita­rios y se reactivan las luchas sociales bajo el ideal de construcción y transformación popular, autonomía, desobediencia civil y contracultura, para enfrentar la militarización y la violencia.

Muestra de ello fueron los grupos juveniles, artísticos y parroquiales en barrios populares como Villatina, Castilla, Aranjuez, Santander y Manrique; el movimiento juvenil La Candelaria, la Asociación de Grupos de Santo Domingo, Barrio Comparsa, el Comité por la Vida y la Democracia y otras expresiones como las dinámicas juveniles y culturales del municipio de Bello, que empiezan a confluir en un escenario que se llamó Redes Juveniles.

Una construcción conjunta de un grupo que en sí mismo era la ruptura al ciclo de la guerra, de la opresión, pero lo mejor, la vivencia cotidiana de la complici­dad con el otro y la otra, de la solidaridad materializada, de la risa, de la burla y el amor vivenciado en su máximo esplendor, era la posibilidad de entender y hacer conciencia de que las falsedades y engaños que esta sociedad capitalista, patriarcal, y militarista nos daba no iban a seguir siendo nuestro alimento, ni la búsqueda constante como seres autómatas; todo lo contrario, se convertirían en las causas que queríamos que desaparecieran, eliminarlas de nuestra vida. Pero siempre con la claridad de que la lucha no era “rosita”, todo lo contrario, era una constante por no dejarnos permear de esa otra realidad y concientizarnos de la estrategia que tenía la derecha, o la clase dominante en el mundo para separar unos deseos y sueños de construir otras formas de encuentro social.

En el proceso inicial de la Red Juvenil confluyeron varias corrientes y tendencias organizativas: movimientos ecuménicos, movimientos estudian­tiles universitarios, grupos artísticos barriales y planeadores del desarrollo comunitario y ciudadano, acompañados por varias ONG.

La Redes Juveniles se asumían como el proceso esperanzador de las experiencias pluralistas de construcciones propias como movimientos antihegemónicos latinoamericanos, que con educación popular desde abajo, buscan tramitar las problemáticas de su comunidad[5].

El primer equipo de la Red estuvo conformado por quienes ya habían construido redes juveniles zonales —la centrooriental y la noroccidental— quienes, con su experiencia, incorporaron un enfoque de construcción hori­zontal, una colectividad no representativa ni delegataria, que se convierte en un espacio de formación de subjetividad política y crítica, desde la vivencia de la colectividad, la ayuda mutua y la solidaridad.

Le apostamos al espacio asambleario, era nuestra apuesta de horizontalidad y orientación política colectiva, la asamblea como máximo espacio decisorio y orientador; darle lugar a los grupos como primer espacio colectivo y esce­nario de poder. Toda esta construcción política iba de la mano de la pregunta sobre el cómo organizarnos de manera que nos permitiera alcanzar nuestra apuesta, desde el tipo de sociedad que soñábamos y queríamos construir, qué estructura asumir desde el principio de la horizontalidad, quiénes tomaban las decisiones, de qué manera, la cooperación internacional para qué nos servía, cómo no caer en las trampas de la cooperación que nos impusiera acciones, temáticas y programas, [hubo] discusiones frente a la autogestión vs. la finan­ciación internacional, la estructura administrativa, y el argumento reiterado de no institucionalizarnos ni en la práctica ni en la estructura, pensarnos como proceso social, como movimiento.

Las asambleas fueron los lugares de formación política donde la apuesta de jóvenes con jóvenes pudo notarse con más contundencia: la contraargumentación, las decisiones por consenso, el aprender a respetar los disensos, la visualización de las problemáticas internas que afectaban los procesos, la lectura subjetiva del contexto, el análisis y la planeación en perspectiva, fueron los contenidos del proyecto de formación y fortalecimiento del colectivo. Fue allí donde se logró construir acuerdos y reafirmar la expectativa de un real trabajo como Red.

Postura crítica ante los ejercicios abusivos del poder, la convicción de que la injusticia se transforma con la acción y que la acción se mueve por la reflexión y la reflexión por el develamiento de los modos como las violencias, en especial las estructurales por sutiles que parezcan, lesionan y amenazan nues­tro derecho como pueblo a vivir con dignidad.

Desde el inicio fue un proceso que reconoció la pluralidad de los y las jóvenes, y que buscó que la sociedad se comprometiera con concebirlos como sujetos sociales, interlocutores válidos, portadores del saber, de lógicas, estéticas, sensibilidades, prácticas y búsquedas en permanente configuración.

Debo reconocer que siempre me sentí escuchada, admiré y aún admiro el proceso de toma de decisiones y el valor del disenso en la búsqueda de consensos, pues cuando traté de reproducir estos modos de relación en otros contextos topé con el muro del autoritarismo y el abuso de poder, pero logré reconocerlos y tomar postura al respecto, en ese punto yo también hice de mí una mujer insumisa, como una mujer libre.

IV. Una red de redes horizontales

La Red Juvenil buscó siempre operar como proceso. De ahí que cada grupo tuviera su propia escuela, su propia autonomía y su propio manejo metodológico y de recursos, con acciones conjuntas.

En lo territorial iniciamos varios procesos de formación grupal que incluía el reconocernos como barrio, como zona, superando esa territorialidad y fronteras invisibles que nos ponía el conflicto armado, llevábamos con alegría, actividades recreativas y culturales que incluyeran a toda la comunidad, esas actividades las llamábamos Tomas culturales, con muestras artísticas del mismo sector, en especial recuerdo la que denominamos Mi barrio no tiene fronteras; realmente eran espacios muy importantes de visibilización, transformación, reivindicación de lo juvenil y vinculación de más jóvenes a este proceso. Retomando lo zonal, en esa época la Red Juvenil se ubicaba [organizaba] por promotorías zonales, principalmente en las zonas nororiental, noroccidental y centroriental. Se promovían encuentros entre los grupos de las tres zonas que posibilitaban realmente trascender el barrio, reconocernos como ciudad, como pares en la construcción y como amigos(as).

Desde la Red Juvenil se ha entendido el enfoque de lo popular como generación de poder popular desde los sujetos, con la intención de confrontar la reproducción de la política tradicional en los escenarios de la acción ju­venil. Durante más de una década el trabajo organizativo y juvenil se hizo a través de guías y cartillas, del fortalecimiento de la lectura de necesidades y posibilidades de las comunidades, de los equipos de talleristas y promoto­rías zonales, con los semilleros y grupos de jóvenes de los barrios —quienes trabajaban, al principio, un día a la semana— para luego participar de procesos formativos de más intensidad e incidencia en lo político.

Nuestra acción estaba en la calle, en tomarnos el espacio público barrial, que la comunidad, los y las jóvenes conocieran nuestra propuesta; desarrollába­mos muchas acciones y procesos, empezamos por procesos de fortalecimiento grupal, articulaciones con organizaciones comunitarias zonales, fortalecimiento de las redes zonales, encuentros interzonales, realizamos diagnósticos con el fin de indagar intereses y expectativas de los y las jóvenes de la ciudad; actividades culturales acompañadas de formación y reflexión como tertulias, canelazos, ágapes, alboradas, cine-foros, encuentros académicos donde el tema principal por algunos años fueron los derechos juveniles que desde las mismas zonas alimentaban el informe anual de la organización: ¿Y Tenemos Derechos? y La situación del Estado actual de los Derechos de los y las jóvenes en la ciudad de Medellín, elaborados entre los años 2001-2002.

Se buscaba formar sujetos con capacidad para liderar propuestas y proyectos comunitarios, con conciencia política y crítica; pero también con preparación para el manejo de instrumentos técnicos y metodológicos.

V. La autonomía

La Red Juvenil también tuvo un impacto en la ciudad por la manera en que sorteó su estructura administrativa y organizativa, con una palabra libre y autónoma. Aunque se mantenía la estructura de organización institucional heredada, para poder administrar los recursos que la cooperación europea posibilitaba, se aprendió a jugar con los formatos y los rituales instituciona­les para no adaptarse. Se entendía que el fin era otra cosa. Esto se notaba en las acciones directas y tomas culturales a través de la lúdica y el ejercicio artístico en diversos espacios antagónicos a las propuestas juveniles alternativas y contraculturales como los batallones, los parques, los barrios y los espa­cios públicos militarizados.

Igual que otras organizaciones, la Red se vio enfrentada a mecanismos de participación impuestos, a hablar desde un discurso institucional de derechos e, incluso, a acceder o no a recursos del Estado, vía contratación. Pero tomó conciencia de que las reglas de juego y los mecanismos de participación impuestos por los sistemas de poder no eran ni su método, ni su búsqueda; que desde las retóricas de las políticas públicas no se lograrían las transformaciones esperadas, ni se llegaría a mejorar las condiciones de vida de las comunidades, pues las leyes están hechas en el marco de la dominación.

Todo esto fue un error […], pues sabíamos lo que no queríamos […] Iniciamos muchos procesos y formas de hacer las cosas que con el tiempo nos dábamos cuenta que no eran, pero volvíamos a empezar hasta que sin mucha pretensión llegar a lo que es hoy la Red, el resultado de mucho tiempo de construcción y de acción. No se puede olvidar lo vivido, pues el camino nos recuerda constantemente de dónde salimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

Muy pocas organizaciones pudieron equilibrarse y mantener sus prácticas, intencionalidades y referentes de construcción política, sin que la injerencia de la cooperación internacional o los recursos del presupuesto local les hi­cieran perder su autonomía. Diferentes iniciativas continuaron su camino con una financiación mixta, internacional o del Estado local, lo que terminó fragmentándolos, perdiéndose así la perspectiva de movimiento.

Ésa fue una de las tantas preguntas que construimos con otros dentro de la Red Juvenil: ¿hasta dónde nuestros sueños o una construcción de una nueva sociedad se podría ver reflejada en las políticas estatales? Creo que no fue una pregunta tan elaborada para aquellos días, pero sí era un reflejo de que no queríamos eso, las falsas promesas, más aún, muchos de los que caminaban con nosotros cogían otros rumbos en los que la emancipación, la libertad parecían un recuerdo del pasado. Estas mismas reflexiones dividieron al grupo, ya que el coordinador participaba en un partido político y otros tantos motivos, que solo quedamos dos mujeres en la coordinación, que nos enamoramos y nos apasionábamos con todo lo que vivimos.

La autonomía política implicaba autonomía financiera. Sostener la organización con pocos recursos condicionaba la capacidad y el impacto en los grupos de los barrios, pero el trabajo en redes ayudó a sostener algunas dinámicas. Dichos procesos, bajo la metodología de redes, seducían y en poco tiempo se convirtieron en un referente organizativo de ciudad. De ahí salie­ron procesos como la Red de Organizaciones Comunitarias, el Sector Juvenil de ASAPAZ, y diversos colectivos de música antimilitarista y de expresión juvenil.

VI. El enfoque juvenil y las resistencias a la institucionalización

Para la década de los noventa, la ciudad ofertaba muchas acciones, planes y programas encaminados a la juventud, esa juventud estigmatizada por la violencia, que muchos colocaban como victimarios y pocos como víctimas de esa cruel guerra que se gestaba diariamente en la ciudad, que como [sic] a la mayoría de nosotros crecimos, convivimos diariamente con ella y hasta cierto punto se nos convirtió cotidiana sentirla y vivirla. Existía mucha “oferta institucional” promoviendo grupos juveniles, clubes juveniles, involucrándonos en actividades formativas, lúdicas, recreativas, culturales.

Las políticas de juventud fueron un dispositivo de control de la conducta juvenil, basadas en argumentos ideológicos, biologizados y psicologizados, que reproducían los postulados de una sociedad patriarcal, desde enfoques de estigmatización, discriminación, de tipo policial, autoritario y represivo.

Estaba de auge el comprender y hablar de la Ley de juventud, las políticas públicas de juventud, generando una expectativa de que era posible incidir en espacios estatales; debo admitir que yo caí en medio de esos discursos y fue así como participé en el CMJ (Consejo Municipal de la Juventud) lo veía en su momento como un espacio real de participación, incidencia y que podía generar propuestas interesantes en beneficio de la juventud de la ciudad. Duré más tiempo en acceder a este espacio que en darme cuenta que éste no era el camino y que realmente lo que estaba haciendo era legitimar y validar un aparato estatal que captaba, invalidaba y jugaba con los jóvenes para sus propios intereses. Se conoció, se aprendió la lección pero también ayudó a profundizar en la transformación individual y colectiva. En este mismo círculo vicioso tam­bién cayó mi grupo juvenil en la zona noroccidental llamado ECOVIDA que fue un resultado de un sueño de amistad para crear alternativas a los y las jóvenes de nuestro barrio, el objetivo era cuidar y preservar el medio ambiente, nuestro grupo fue club juvenil donde también se disfrutaron y se aprovecharon ciertas comodidades que daba ese espacio, como también se aprendió, se conoció otras dinámicas y realidades, se confrontó y se dio cuenta al fin que por ahí tampoco era el camino de transformación. De todo esto quedan experiencias, aprendizajes y algunos gratos recuerdos, pero la convicción que el aparato estatal no es opción, ni para los jóvenes ni para la sociedad en sí.

Se trató de enfrentar también los enfoques de iniciativas legales como el Código del Menor o los manuales de convivencia escolares, que van con­tra el libre desarrollo de la personalidad y la autonomía como subjetividad crítica en condición de diversidad, además de que reprimen la expresión estética del pensamiento del sujeto joven que busca una sociedad humanista e integral.

Durante dos décadas, la Red Juvenil ha puesto el debate sobre las inten­ciones de institucionalizar a la juventud en programas, porque dichas políticas no recurren al diálogo intergeneracional, ni promueven el libre pensamien­to, ni están encaminadas hacia enfoques políticos socio-libertarios.

La mayoría de estas instituciones tenían una mirada del joven que sólo requiere ayuda, asistencia y con discursos cristianos de la caridad, otros desarrollaban actividades para captar las iniciativas juveniles, otras proponían acciones puntuales sin una proyección a largo plazo sino la actividad por la actividad y muy pocas se atrevían a generar espacios de formación que realmente permitieran construirnos como sujetos de derechos y empoderados, esto dio lugar a que muchos jóvenes se acostumbraran a este tipo de ayuda institucional-esta­tal y no se involucraran en procesos reales de construcción y transformación.

Sin negar las razones en las que puedan basarse las perspectivas que han pensado lo juvenil o las teorías sobre la juventud que la describen como pe­riodo de la vida orgánica, el reduccionismo a un ciclo meramente biológico o deficitario es inconveniente, generalizador y degradante, porque le resta poder a la subjetividad juvenil que construye con su práctica social la trans­formación de las relaciones humanas desde otras maneras de ser y estar en el mundo.

La academia local, en su mayoría, no logró superar estos enfoques sobre la juventud y, junto con un grupo de juventólogos, mantuvo y reforzó las tendencias asistencialistas y los discursos de la protección que conciben a las personas jóvenes como grupos poblacionales deficitarios, carentes, en vul­nerabilidad y alto riesgo social.

Otro de los escenarios que creíamos que se nos abría era el de las políticas públicas, donde muchos de los chicos de los grupos juveniles creían que co­gerían el cielo con las manos, nosotros también de alguna manera, por lo que participábamos en cuanta fiesta, almuerzo se hacía de algún candidato, o nos daban confites o regalos de una de las corporaciones cercanas al grupo juvenil, pero en el fondo había una búsqueda por algo distinto, ya que pronto nos cansamos de llenar reuniones, creer en las promesas de cualquier baboso que nos prometía espejitos, esto hizo que nos alejáramos de dichas instituciones clientelistas que representaban un total poder vertical.

Descartada la interlocución con la institucionalidad, la Red Juvenil em­pezaba a formarse para sacudirse de la receptividad y la dependencia de las ONG que la administraban y empezó a formar una generación de sujetos en dirección a un movimiento social amplio y representativo de los intereses y necesidades más sentidas de la juventud misma.

VII. Objeción, antimilitarismo y no-violencia

Para la primera década del nuevo milenio, se hizo un énfasis especial en las resistencias a la homogeneización, que agenciaba el pensamiento único del mundo global y neoliberal. Se debatió sobre la autonomía cultural y económica y se plantearon acciones contraculturales que apuntaran hacia un proyecto libertario, emancipador e irreverente.

Aunque lo musical y la expresión juvenil no eran autónomos del mercado, no en todos los casos dependían de él, existían agrupaciones y procesos under­ground que se mantenían como proyecto paralelo generando ambientes de contracultura y en las expresiones barriales de forma clandestina, siempre el componente subversivo estuvo cercano, condición influenciada por los grupos y los sujetos universitarios de la época.

La Red, con su voz, buscó crear fisuras en las ideas de adaptación al sistema y expresó que no había existido ni la democracia, ni la igualdad, ni la libertad que el consenso social propagaba en sus medios.

En la actualidad el proceso se crea y re-crea a partir de la dialéctica de la subjetividad y la colectividad, manteniendo algunos elementos y estrategias de su legado, como la participación entre nosotros desde abajo; el trabajo de cooperación en el acompañamiento de procesos formativos de vivencia y reflexión desde la lúdica, la expresión corporal y plástica con los grupos de niños, niñas y jóvenes; los espacios de encuentro, debate y expresión de subjetividad emancipada, que perfilan caminos alternos de construcción de sociedad, a través del feminismo y el antimilitarismo.

Los principales focos de reflexión y actuación se han ido centrando durante el tiempo en la objeción y el antimilitarismo, la defensa popular no-violenta, el arte en resistencia, la exigibilidad de derechos, la formación popular y el feminismo.

Dicha apuesta política empieza a ponerse en las calles desde la no-violencia y con ella el antimilitarismo, la objeción por conciencia y la insumisión que se tradujo en acciones directas no-violentas, conciertos antimilitaristas y la denuncia del reclutamiento forzado de las estructuras militares legales e ilegales que han ocupado el entorno barrial.

En esa época me sorprendía de los datos que recuperaban los objetores por conciencia, pues por primera vez escuché hablar del gasto militar y que con lo que se compra una bala puede comprarse un almuerzo. Sentí indignación al ver tanta pobreza que puede aliviarse si cambian los intereses de aquellos que ostentan el poder político y económico, y junto con los amigos y amigas que tenía en esa época participamos de algunas acciones directas. Nos ocupábamos de salirnos con la nuestra al boicotear eventos como la parada militar del 20 de julio, o el desfile de la feria de flores.

Fue así cuando llegó la desobediencia a la guerra. Comenzamos a hacernos partícipes de una metodología donde hablábamos de nosotros mismos, de los valores hegemónicos que encarnábamos, pero también de los que queríamos vivir. Hasta que la luna nos atrapara hacíamos juegos cooperativos y nos quedábamos hablando de la necesidad de otra ética de lo humano y de la vida, así comen­zamos a reconstruir una conciencia de por qué no participar en la guerra. Esta reflexión nos generaba al mismo tiempo la necesidad de una acción