POR UN SOCIALISMO LIBERTARIO DE AUTOGESTIÓN COMÚN A TODOS LOS  ANTICAPITALISTAS

Alfredo Velarde                                                                                                                                                 

                                                                                                                                                                                                                                                     I. Actualidad de la revolución y necesidad del socialismo

Uno de los capítulos más ricos de la historia social humana dio inicio cuando el socialismo apareció en la escena del mundo. Y su irrupción histórica, como revulsiva concepción libertaria para cambiar el inequitativo e injusto estado de cosas existente, se explica por la necesidad de resolver tres grandes retos anti-sistémicos a encarar: el primero, asociado a comprender la vía y los métodos para transformar el inadmisible estado de cosas, como una apuesta revolucionaria para subvertir integralmente las explotadoras relaciones de producción, así como el irreconciliable antagonismo de clase que desencadena la existencia de la propiedad privada, expresada en la lucha histórica entre el capital y el trabajo; el segundo reto, vinculado a la certeza de comprender la insuficiencia de solamente rechazar la configuración económico-política capitalista y su Estado, razón por la cual se hizo impostergable madurar una propuesta societaria alternativa, capaz de superar y mejorar cualitativamente la forma de producir y distribuir equitativamente los frutos de la riqueza colectiva, así como el poder; y, el tercer reto, vinculado al hecho de que la destrucción del capitalismo y la construcción de su alternativa radical, hizo que las implicaciones revolucionarias más profundas de la alternativa socialista concebida, fueran capaces de traer, en la dialéctica de su praxis misma, los más elevados propósitos de emancipación general en todas las expresiones conviviales para la especie humana, a fin de que el socialismo libertario connotara la más completa libertad y la más incuestionable justicia al alcance de todos.

Estos tres retos, que hicieron posible la génesis de la alternativa socialista libertario-emancipadora, podrían ser suscritos en México hoy, sin demasiada polémica, entre nuestros compañeros y luchadores sociales afines, si son interpretados de una manera no sectaria, independientemente de la corriente revolucionaria particular de adscripción política —por ejemplo, anarquista o comunista— de cada óptica.

No obstante, enumerada la articulación convergente de los tres retos que articulan la propuesta socialista y sus condiciones mínimas para un verdadero proyecto revolucionario, surge la necesidad de su precisión. Una de ellas tiene que ver con advertir que una cosa es la teoría y otra la práctica. Si parece sencillo ponerse de acuerdo en el plano discursivo, no lo es tanto en las acciones concretas que, inspiradas en la teoría socialista emancipadora, requieren siempre de una realización innovadora en cada caso histórico concreto dado, desde el sitio mismo en donde se lucha por un socialismo genuino, hasta hoy irrealizado en todas partes. En cualquier caso, los verdaderos socialistas revolucionarios debemos ponernos de acuerdo en tres ideas esenciales de partida para conferirle viabilidad a nuestro proyecto unificador: una, que la revolución anticapitalista es una propuesta emancipadora tremendamente actual y, por tanto, urgente; dos, que el socialismo libertario es una necesidad histórica frente al capitalismo contemporáneo y constituye la más coherente alternativa emancipadora que hasta hoy existe; y, tres, que la autogestión económica y política, social y cultural, podría y debiera ser el pegamento teórico-conceptual llamado a unir al conjunto de los  revolucionarios mexicanos anticapitalistas para concretar, por primera vez en la vida política mexicana, la posibilidad de darle realidad histórica a nuestro proyecto socialista liberador.  

II. La vía, los métodos y la organización de la revolución socialista en México

A pesar del carácter de verdadera alternativa emancipadora que la praxis socialista libertaria siempre ha portado consigo, es muy claro que los socialistas revolucionarios mexicanos hemos fallado en la optimización convergente de otros tres aspectos esenciales, sin los cuales la posibilidad misma de la revolución, en el país, ha quedado vedada y claramente mediatizada: la vía, los métodos y la organización para la revolución. Si no hay ni ha existido consenso general en cuanto a la vía —violenta o pacífica— capaz de hacer saltar en pedazos la injusta configuración del capitalismo subdesarrollado mexicano —que mantiene constreñida a la población, en favor solamente de unos cuantos capitalistas oligarcas—, resulta lógico que ello se manifieste en la dificultad de comprender la naturaleza de los métodos de lucha, así como en el diseño del tipo de organización de los explotados para la lucha que requerimos —en sintonía con el propósito desencadenante de la nueva revolución mexicana, que debemos alentar para que surja de manera resuelta, transformadora y radical.

A lo largo de las últimas décadas de neoliberalismo depredador, las luchas de los trabajadores mexicanos han probado prácticamente la totalidad de las vías existentes y los métodos de organización que consigna la literatura socialista contestataria, en medio de grandes sacrificios y a un costo muy alto en vidas y destino para los procesos derrotados. Y los resultados han sido magros. No porque la transformación profunda y radical sea imposible, sino porque todas las modalidades de lucha y organización ensayadas, a la fecha, han adolecido de defectos indudables: de la fuerza suficiente, la estrategia y sus tácticas correspondientes necesarias; de la caracterización alusiva a la etapa del capitalismo contemporáneo en que las luchas han tenido lugar; de la definición precisa del enemigo principal, los secundarios y aliados; de una política de alianzas con los de abajo y con el no tan amplio espectro pertinente entre los sectores más consecuentes; y otras falencias más, como la misma ausencia del obligatorio programa revolucionario. Generalmente, estas luchas han culminando por circunscribir la protesta social a límites acotados a la mera representación minoritaria de segmentos de la clase explotada y sus sectores más beligerantes ante el enemigo común. Si a esto se agrega el desarrollo desigual de la conciencia social, en medio de las múltiples armas del capital para enajenar y mediatizar las luchas, amén de la cooptación de liderazgos blandengues, es evidente que el reto por generar una sinergia convergente que amalgame la propuesta organizativa para la revolución por y para los trabajadores, desde el movimiento real, resulta algo particularmente difícil pero también trascendentalmente obligatorio.

La experiencia acumulada nos indica que la posibilidad real para ofrecer una versión re-significada del tipo de revolución anticapitalista que México precisa,  no será la obra ni de una vía exclusiva (violenta o pacífica), ni de un tipo de organización específico (sindical, consejista, partidario, frentista, guerrillero, etc.), valiéndonos de los mismos métodos de antaño; sino de todas estas expresiones reformuladas al calor de la lucha general en su virtuosa síntesis potenciadora y de coordinación articulada horizontal ente ellas, capaz de correlacionar los esfuerzos ante lo que se viene y frente a lo cual, sin duda, tenemos que enfrentar el reto de buscar y encontrar las alternativas que tanto se requieren. Si la exclusiva vía pacífica (por señalar algunas expresiones suyas: la electoral, la gremialista o los muchos movimientos resistentes), parece contenida frente a sus motivaciones últimas, la vía violenta (por ejemplo, la inscrita en el ciclo histórico recurrente de las guerrillas, incapaces hasta hoy de arribar a la conformación de un Ejército Popular de los Trabajadores) también se revela como susceptible de revisión, en un momento de replanteárselo todo hacia una síntesis de trabajo superior y conjunto para nuestro inmediato presente. Nuestra perspectiva se orienta a la consideración, con fundamento en un actualizado Análisis de la Realidad Nacional (ARN), que es correcta la definición alguna vez planteada por el EZLN, en favor de «todas las formas de lucha en un solo movimiento general», a  construirse en forma mancomunada, con apertura de criterio en el coordinado accionar de todos. Esto significa Articulación de Tácticas, en el esfuerzo constructivo de una “Organización-Enjambre”, la cual funcione como Coordinación Horizontal de Núcleos y Sectores Insurgentes en todo el país, al modo en que se adicionaron los integrantes de la APPO, por ejemplo, pero haciendo trascender su ideario en el diseño de una estrategia para la revolución —y que supone, no sólo una estrategia para destruir el capitalismo mexicano desde una visión internacionalista que también lo proponga en la dimensión mundial ampliada, sino, asimismo, construir una formulación resignificada a favor de la construcción de un socialismo revolucionario verdaderamente alternativo en los planos económico, político, social, étnico, cultural, ecológico, etc.

La lucha pacífica en todos sus carriles extra electorales; la violenta y armada no-terrorista, pero sí de autodefensa social-popular frente al Estado y, en su momento, de ofensiva plena contra los poderes de sus gobiernos, con el recurso de la Huelga General, en sus síntesis coordinada plena, contienen en germen la posibilidad de darle realidad a una revolución socialista de poder popular autónomo y de autogestión social generalizada, ante la catadura criminal del capital, el Estado y sus decadentes instituciones sistémico-reproductoras. Éste debiera ser un objetivo para el conjunto de los revolucionarios mexicanos y, en esa dirección de obligado consenso, tendríamos que trabajar, desde hoy, todos los insumisos anticapitalistas contrarios al brutal neoliberalismo económico, pero también contra todo capitalismo de corte estatal a lo largo de su ya conocida historia, emplazada en todas partes.

 

III. Naturaleza y tipo de socialismo vigente para destruir el capitalismo

Estamos claros de lo importante que resulta la creación de un polo aglutinador de los socialistas conscientes y consecuentes para la acción política conjunta, así como de las luchas que la gente misma libra desde sus organizaciones sociales, civiles y populares, desde el abajo-social contra el común enemigo de clase capitalista maduro. Postular la alternativa socialista libertaria como la única genuinamente valedera para transformar la sociedad, más allá del capitalismo, implica definir esencialmente la naturaleza real del tipo de socialismo que todavía es vigente hoy, para aspirar a destruir con éxito al capitalismo y confinarlo al basurero de la historia. Y ese socialismo es un socialismo nuevo con fundamento en la autogestión social generalizada. Tal afirmación, sin duda, ha de sustentarse en un ejercicio nutricio de la perspectiva programática tendiente a la constitución de una República de Trabajadores, con fundamento en la construcción de un contrapoder autónomamente horizontal, con ideas renovadas para repensar la propuesta socialista del futuro y sustentado en el balance —crítico y autocrítico— respecto de los regímenes autoritarios de economía estatal centralmente planificada del pasado y siempre mal llamados “socialistas” —que se colapsaron en la ex URSS, Europa del Este y China, sólo para retrotransitar a la lamentable restauración capitalista tan contraproducente como ha resultado ser, con su culto irresponsable por la economía de mercado.

En tal sentido, o se inventa lo nuevo, o corremos el riesgo de equivocarnos definitivamente. Se trataría, por ejemplo en el terreno económico, de un socialismo superador de la anacrónica antinomia “planificación centralizada versus mercado incontrolado” —y que, una vez superado el estatismo, siempre parte del problema y nunca de solución alguna, así como abre espacios a la imaginación creadora de las multitudes insurrectas y conscientes, desde las propias comunidades étnicas de autonomía indígena, hasta los propios sectores estratégicos y vitales de la producción fabril en las industrias (y, por supuesto, en el campo y los servicios), merced al poder obrero y popular de fábrica, consejista y autogestionario.

IV.  La autogestión social generalizada: alternativa para la lucha y la construcción de un mundo nuevo

El socialismo libertario y contra-estatal sólo adquiere su verdadero contenido con una lucha revolucionaria perfectamente esclarecida de la obligatoriedad por abolir todo poder estatal-gubernamental y la propiedad privada misma, en beneficio de la autogestión por parte de los productores directos, desde las propias esferas económicas y culturales en donde están radicados los medios de la producción material e intelectual. Socialismo de autogestión, por ello, implica no sólo la socialización de los medios de producción y cambio, sino también socialización del poder y el hacer para la toma consciente de las decisiones colectivas; ello, en la búsqueda de nuevos dispositivos de control popular de los procesos económico-políticos dotados de la flexibilidad suficiente, con fundamento en las propias instancias de poder soberano en que la gente vive y trabaja, estudia y produce, crea y recrea su vida misma, al margen de presuntas “dirigencias esclarecidas” —que, como sabemos, luego se sustantivan y secuestran al poder popular, desnaturalizándolo de su soberanía directa. Todo ello sólo es posible evitando la burocratización de los liderazgos y liquidando a la clase capitalista, sus agentes instrumentales y toda fuente productora de subalternidad y control social disciplinario por encima de la gente y los trabajadores.

Y, en esa tarea biopolítica revolucionaria radical, principios organizativos revolucionarios como la autogestión, la autonomía, el autogobierno, el federalismo, el municipio libre, la autodefensa armada, la propaganda por la acción, el apoyo mutuo, la democracia radical participativa, pueden servir para constituir el piso mínimo de nuestro ideario de lucha transformadora para el México del presente —y hacia un porvenir de emancipación económica, política, social, étnica, cultural, sexual, ecológica, geográfica, así como en todos los planos e intersticios de la existencia material y espiritual de la clase trabajadora y de la gente toda.

 

De manera que, a este proyecto de integral emancipación social del socialismo revolucionario para México, apenas insinuado aquí, no cabe sino definirlo como el de un socialismo de autogestión, autónomo, de poder social para la  emancipación del conjunto mismo de la gente; es decir, como un proceso que, si aspira a destruir la sociabilidad capitalista, que nos limita y destruye, es porque nos abre emancipadamente la posibilidad de creación de una sociabilidad nueva y alternativa, con fundamento en la autodeterminación colectiva —primero, de la revolución que tanto se precisa y, después, de la edificación de un mundo nuevo y mejor para todos.

Así vista, nuestra naciente confluencia en libertad nos ha de ratificar que, si sólo “se hace camino al andar”, parece muy claro que el tiempo apremia y de que es ya la hora histórica de darnos a la tarea.

 

Fraternalmente

¡Salud y Revolución!

 

Julio de 2014