El trabajo y la organización: Reflexiones en torno a la filosofía organizativa de los trabajadores.

 

Brenda Porras Rodríguez y Fernando Alan López Bonifacio.

 

La búsqueda por la emancipación de la humanidad debe orientar nuestros pensamientos en dirección a una filosofía que contemple la profunda y urgente reflexión emancipadora del trabajo en la doble dirección filosófica y organizativa[1] que va de la práctica a la teoría y de la teoría a la práctica[2].

Adrián Sotelo, en un debate profundo contra “los ideólogos del fin del trabajo”, nos explica que la fase actual del capitalismo en el mundo entero se desarrolla a partir de la intensificación del trabajo, lo cual responde a las formas internacionales de la producción capitalista en crisis[3] —condición que inició con lo que el marxista brasileño Ruy Mauro Marini llamó la superexplotación del trabajo[4], un mecanismo de extracción de la fuerza de trabajo que se ha desarrollado históricamente en América Latina, en donde el trabajador está en la situación más precaria percibiendo un salario que está por debajo del valor de su fuerza de trabajo, lo cual le permite apenas sobrevivir.

En este nublado panorama, la organización ha sido de algún modo el único modo de sobrevivir estas condiciones laborales infrahumanas para los trabajadores de la ciudad y el campo, a quienes se les impone el orden de la producción y, con ello, el orden general de su comportamiento, de su convivir en sociedad y en sus espacios de trabajo. La supresión de la libertad y de la independencia de pensamiento se han vuelto cotidianas en esta realidad de dominio del capital; y, con ello los explotadores han intentado erigir barreras reales y simbólicas entre los seres humanos que necesariamente tienen que romperse abruptamente para continuar.

Huelgas, bloqueos, marchas, mítines, tomas de tierras, el uso de las armas, distribución de información en medios impresos, sonoros, más recientemente digitales y video-auditivos, han sido algunos instrumentos necesarios en la histórica organización de los trabajadores; en muchos casos, la sangre ha sido el precio pagado por estas luchas que, consciente o inconscientemente, reformista o revolucionariamente, se mueven hacia la libertad —y, en específico, hacia la emancipación del trabajo humano.

Aunque históricamente se observa siempre una fuerte represión contra la organización de los trabajadores que buscan vivir mejor y tener un trabajo justo, los que “vivimos del trabajo”, como dice Ricardo Antunes[5], no hemos hecho a un lado la posibilidad de seguirnos organizando con independencia de clase, anticapitalistamente, revolucionariamente —ya sea desde un sindicato, un comité, una brigada, un colectivo, una colonia, un barrio, una comunidad, un frente, una federación, una coalición, una asociación, una cooperativa o en alguna organización de izquierda.

Son muchas las limitantes que tenemos los trabajadores (sobre todo ahora en la fase neoliberal del capitalismo) para organizarnos, y se presentan grandes retrocesos en lo que respecta a nuestros derechos laborales, como lo es el derecho a un contrato colectivo (o a la contratación siquiera), a tener un salario mínimo, a hacer estallar la huelga, a la vivienda o a la tierra, a la salud, a la educación. Como mencionamos antes, estas pérdidas implican el malbaratamiento de la mano de obra y la exclusión cada vez más agresiva de la misma tanto en  el ámbito urbano como en el rural. Los anteriores ya son derechos perdidos en la mayoría de los países del mundo donde se implementa la flexibilidad laboral, pues tales derechos han pasado a ser una mercancía por medio de la puesta en marcha de la ley del valor.

Múltiples fracasos hemos tenido los trabajadores en la forma de organizarnos y de enfrentar este sistema que se vuelve contra los seres humanos —de los que, paradójicamente, depende para mantenerse en pie. El problema radica, a nuestro parecer, en el abandono de una forma de organización que contemple la unidad de la teoría y la práctica en un sentido histórico; es decir, como un movimiento dialéctico que, emanado desde abajo y hacia la izquierda, logre romper con el proceso de generación de valor y plusvalor que implica este perverso sistema —el cual mantiene al trabajo humano alienado, volviéndolo contra la humanidad misma.

Plantear la organización en estos términos (filosófica e históricamente existente), implica superar la concepción primitiva de plantear la movilización en abstracto, es decir, sin objetivo, con falta de claridad sobre el problema de fondo; porque, ¿cuántas veces los movimientos que se pretenden anticapitalistas vociferan consignas contra el capital sin saber el problema del tipo de trabajo que genera valor y plusvalor? ¿Cuántas veces han sido engañados los trabajadores por seguir a líderes traidores y carentes de visión? ¿Cuántas veces se manipula al trabajador para que salga a asolearse un tantito y hacerle creer que está luchando?

El problema de nuestro tiempo es el problema de todas las revoluciones habidas y por haber: si los trabajadores no nos organizamos con nuestros compañeros y desarrollamos nuestras propias capacidades organizativas —tanto en ideas, como en acciones—; si no nos apropiamos de la filosofía y si no logramos la síntesis dialéctica que une al trabajo manual con el intelectual, difícilmente podremos emanciparnos.

Dicho de otra manera: no se trata sólo de destruir lo que nos molesta, porque nuestra actitud sería exactamente igual a la de los compañeros europeos que destruían máquinas en el siglo XIX, o a los compañeros afroamericanos esclavizados que rompían la maquinaria de las plantaciones de algodón como forma de protesta en Estados Unidos; el problema no es destruir a un individuo, sino al sistema que mantiene en pie las relaciones de explotación y dominación que todos y todas sufrimos. Pero las cosas no se acaban ahí: el reto es la construcción de un mundo nuevo con nuevas relaciones sociales de producción; o, como dicen los zapatistas, de un mundo donde quepan muchos mundos: un mundo donde el acto de trabajar sea en beneficio de la humanidad —no sólo de sus necesidades materiales, sino de las capacidades creativas de su intelecto. Sin embargo, esa posibilidad no se encuentra en el pasado o en el futuro, sino en el ahora, como la expresión dialéctica que une lo antiguo con lo nuevo; nuestra oposición al capitalismo y a su ley del valor, que todo lo convierte en mercancía, debe ser en el sentido de abolir la explotación, liberando al trabajo y otorgándole su papel fundamental en la construcción de una historia realmente humana, donde el modo de producción no controle a los humanos, sino que éstos sean libres individual y colectivamente.

Esta posibilidad viene desde abajo —porque, para la resolución de los grandes problemas, no existe una única solución estática, sino miles de soluciones que vienen desde la creatividad de las masas trabajadoras: de la sabiduría ancestral alimenticia, medicinal y de trabajo armonioso con la naturaleza de las comunidades indígenas en el mundo, a las formas de organización en las ciudades para sobrevivir al hambre, a la violencia, a la pobreza, al desprecio, a la explotación, al exterminio y a la miseria general, pasando por la forma en que un trabajador capacita a otro dentro del centro de trabajo.

Existe un tremendo potencial revolucionario en los trabajadores al que las burguesías del mundo temen: si esta monstruosa capacidad despierta (lo cual puede pasar de un momento a otro), estaremos viendo nuevos procesos revolucionarios, intentos que pueden ya apreciarse en las luchas indígenas, en las luchas de las mujeres y la juventud, en las luchas por la ciudad y la seguridad, en las luchas por la aceptación de las libertades sexuales, laborales y de pensamiento.

Esta labor titánica implica definirse filosóficamente sobre la cuestión del poder —pues, contrario a lo que muchos pregonan, no todo el poder corrompe. El poder que tiene el capitalista le viene del control que tiene sobre el trabajo humano; en este sentido, es la ausencia de poder que el trabajador tiene sobre sí mismo lo que permite que opere la ley del valor del trabajo, pues el poder de compra del capitalista somete a todos y a todo. Desde esta perspectiva, la conquista del poder político cobra vital importancia en cuanto nos referimos a la conquista de un nuevo ser.

Estamos hablando aquí no del poder actualmente existente (el concentrado en manos burguesas), sino de la construcción de un poder diferente: de un poder colectivo emanado de las masas trabajadoras. Esto implica el doble movimiento que destruya el viejo poder para abrirle paso a uno nuevo. Sí, construir un nuevo y muy diferente poder, un poder que nunca ha sido visto en esta prehistoria humana que vivimos. Esto significaría que las nuevas relaciones sociales de producción le permitan a cada individuo tener la capacidad de ser dueño de sí mismo, de apropiarse de sí mismo; un poder que, al mismo tiempo, le impida a cualquiera adueñarse del trabajo ajeno. Y, en ese nuevo ser colectivo en que cada individuo se refleje, poder ser parte de los demás: no por obligación condicionada de un modo de producción, sino por la libertad que cada uno tiene de asociarse con sus iguales —o, como lo expresan sencillamente los zapatistas: que podamos hablar de nosotros y nosotras, respetando a cada quien en sus formas y sus modos.

Los trabajadores tenemos que enfrentar un futuro difícil —y, sólo a través de una organización que luche por el trabajo asociado libremente, podríamos re-encontrarnos en el comienzo de la historia como nuevos seres emancipados, socializados y humanizados.

 

México, 4 de julio de 2014.

 

 



[1] Entendiendo, como Marx, que la libertad se conseguirá a través de un trabajo libre: “El reino de la libertad sólo comienza allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuación a finalidades exteriores; con arreglo a la naturaleza de las cosas, por consiguiente, está más allá de la esfera de la producción material propiamente dicha [...] La libertad en este terreno sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como un poder ciego; que lo lleven a cabo con el mínimo empeño de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana... Pero éste siempre sigue siendo un reino de la necesidad. Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo: el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica” (Marx, El capital, tomo III).

[2] Para una profundización de estos temas recomendamos consultar los libros Filosofía y revolución, de Raya Dunayevskaya; Dialéctica de lo concreto, de Karel Kosik; Dialéctica de la conciencia, de José Revueltas, y, de más recienten publicación y de gran relevancia Hacia una dialéctica de la filosofía y la organización, de Eugene Gogol.

[3] Para este tema, se recomienda analizar La reestructuración del mundo del trabajo. Superexplotación y nuevos paradigmas de la organización del trabajo, de Adrián Sotelo.

[4] Indispensable para el lector conocer Dialéctica de la dependencia, de Ruy Mauro Marini; afortunadamente, este texto que puede ser consultado en: <http://www.marini-escritos.unam.mx/>.

 

[5] Es recomendable leer su libro Los sentidos del trabajo. Ensayo sobre la afirmación y la negación del trabajo.