La escuelita zapatista: una escuela como ninguna otra

Eugene Gogol

 

San Cristóbal de las Casas, Chiapas – Ciudad de México. El final de 2013 y el inicio de 2014 marcó el 30° aniversario de la creación del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), así como el 20 aniversario del levantamiento del 1 de enero de 1994, cuando los zapatistas entraron en la escena pública. Esta doble celebración no implicó meramente una retrospectiva, sino que constituyó un nuevo momento dentro de la lucha zapatista por la liberación: la Escuelita zapatista. Pues, ¿cuándo antes algún otro movimiento que se enfrentara al «mal gobierno» en sus niveles federal, estatal y local, y que además tuviera que sufrir la continua amenaza de grupos paramilitares y de otra índole, había decidido abrir sus puertas a miles de activistas de todo México y de otros países del mundo para que vinieran y aprendieran con las comunidades indígenas en resistencia acerca de «La libertad según los zapatistas»?

La Escuelita es una escuela como ninguna otra. Entre 1,000 y 2,000 estudiantes (nosotros, los activistas que habíamos venido a Chiapas para participar) viajamos desde San Cristóbal a una de las cinco regiones del territorio zapatista. Dependiendo de cuál de éstas nos tocara, nos tomó entre dos y diez horas llegar. Yo llegué a la región Morelia (Caracol 4) en un convoy de autobuses en el que viajábamos cientos de personas. Aunque ya había oscurecido, nos recibieron cientos de indígenas zapatistas procedentes de las comunidades circunvecinas. Cada uno de nosotros fue recibido por un guardián, quien sería nuestro guía, tutor y maestro durante los próximos cinco días. A la mañana siguiente, estuvimos en una larga asamblea escuchando a más de una docena de maestros zapatistas que nos explicaba los conceptos centrales de autonomía dentro de las comunidades indígenas. Entre ellos, podemos citar los siguientes: 1) la existencia de Juntas de Buen Gobierno, a nivel regional, así como de otros cuerpos de gobierno a nivel municipal y local, todos ellos independientes del gobierno mexicano; 2) la construcción de un sistema educativo autónomo, lo cual incluye la construcción de una escuela primaria y secundaria, así como la existencia de un conjunto de maestros (promotores educativos) que enseña tanto en las distintas lenguas indígenas de la región como en español; 3) el desarrollo de un sistema de salud que incluye diversos centros de salud y clínicas dentro de las comunidades y que están operados por miembros de las mismas que han tomado talleres sobre distintos aspectos de la salud (promotores de salud); 4) la participación de las mujeres, quienes constituyen el 50% tanto de los cuerpos de gobierno como de las diferentes comisiones educativas y de salud. De hecho, hay una gran insistencia en la participación de las mujeres en las funciones públicas, todo ello derivado de la Ley Revolucionaria de las Mujeres, escrita antes del levantamiento de 1994, y 5) la implementación de trabajo colectivo en las tierras recuperadas con el movimiento de 1994.

Después de la asamblea, vino lo más importante de la experiencia de la Escuelita: fuimos llevados en camionetas pick-up (e incluso en otras más grandes) a las comunidades circunvecinas para vivir con las familias indígenas. Cada estudiante, junto con su guardián o guardiana, vivió durante tres días con una de dichas familias. Nuestra escuela, por tanto, fue una experiencia de vida y trabajo con las familias de la comunidad y con nuestros guardianes. La comunidad donde yo viví, San Miguel, era una comunidad tzotzil. Los miembros más jóvenes de la misma era bilingües, mientras que los más grandes por lo regular no habían tenido la oportunidad de aprender español sino de adultos (en el mejor de los casos); por tanto, hablaban sólo tzotzil. Varias docenas de estudiantes de la Escuelita vivieron con otras familias en San Miguel. Nuestra llegada, ya casi acabado el día, fue presidida por la comunidad entera, que había salido a recibirnos. Éste fue un momento sumamente emotivo para todos. Después de una taza de café y una pieza de pan, nos fuimos a cada una de las casas donde habríamos de hospedarnos, al lado de nuestro guardián.

A partir de la mañana siguiente, nuestros días consistieron en: 1) estar con la familia, comer con ella, ver/experimentar su forma de vida, y en ocasiones colaborar con sus miembros en alguna de las actividades que tenían que llevarse a cabo. Enero no es un mes de plantación, siembra o cosecha, por lo que casi no estuvimos en el campo. Sin embargo, sí debimos realizar muchas otras actividades, como cuidar a los animales, colectar madera y agua, limpiar los frijoles de la cosecha anterior, preparar semillas para la siguiente siembra, moler maíz, etc.

Como ya lo mencionamos, los zapatistas han hecho un gran esfuerzo por lograr la igualdad en todas las labores administrativas de las comunidades. No obstante, dentro de cada familia todavía hay un significativo remanente de la división sexual del trabajo. En la casa en la que yo me hospedé, las mujeres eran las primeras en levantarse: molían el maíz, encendían el fuego, preparaban el desayuno, etc. Después empezaba para ellas un día en el que debían cuidar a los hijos mientras limpiaban la casa, recoger madera e ir por agua, lavar la ropa en el río aledaño, preparar el almuerzo y luego la comida —la cual implicaba moler maíz, cocer frijoles y preparar tortillas. Sería muy interesante conocer qué tipo de discusiones se llevan a cabo entre los zapatistas a propósito de la división sexual del trabajo en el hogar.

2) Asimismo, teníamos sesiones individuales de estudio con nuestros guardianes. Éstas consistían, sobre todo, en leer y discutir los cuatro fabulosos libros escritos por los zapatistas, La libertad según los zapatistas: dos de ellos acerca de sus formas autónomas de gobierno, uno acerca de la participación de las mujeres en el gobierno autónomo y uno acerca de la resistencia autónoma. Llamo a estos libros fabulosos por la forma en que fueron concebidos. De hecho, la escritura de estos libros significó un paso crucial dentro de la lucha por la autonomía. Pues, ¿cuándo habíamos visto a aquéllos que luchan por ella discutiendo y criticando sus experiencias, así como compartiendo su pensamiento con otros? Cada una de las cinco regiones zapatistas tuvo reuniones en las que los indígenas hablaron de su experiencia en la construcción de la autonomía. Por tanto, estos libros no fueron escritos por ningún intelectual, sea el Subcomandante Marcos o cualquier otro, sino que son producto de la propia experiencia y pensamiento de los indígenas. Dicho material se encuentra disponible en español en la siguiente página de internet:

www.proyectoambulante.org/index.php/noticias/nacionales/item/2612-cuadernos-del-curso-la-libertad-segun-l-s-zapatistas

 

Estudiar estos libros con mi guardián fue muy importante, pues él ha vivido en carne propia este proceso de autonomización y, por ello, pudo redondear con su experiencia personal lo que está presentado en los libros. De hecho, al estar viviendo con una familia indígena y tener la oportunidad de escuchar al padre hablando de su abuela y de las condiciones de esclavitud vividas por los indígenas hace más de cien años en esta comunidad, así como de su propia experiencia al haber crecido sin oportunidades de educación, tuve una visión bastante clara de lo que significa luchar por y vivir la autonomía hoy en día en las comunidades zapatistas.

Antes de terminar, quiero destacar tres elementos que llamaron poderosamente mi atención durante mi corta estancia entre los zapatistas: 1) la increíble autoorganización y autodisciplina de los indígenas zapatistas para vivir y resistir en sus comunidades —e incluso, ahora, para organizar y llevar a cabo el proyecto de La Escuelita con miles de participantes—; 2) la creatividad, tanto en la práctica como en el pensamiento, plasmada en los cuatro libros de la Escuelita: las voces desde debajo de la rebelión, y 3) algo que no es fácilmente expresable en palabras, pero que puede sentirse en nuestro interior: la experiencia de los zapatistas construyendo un nuevo mundo, su libertad y su dignidad —todo ello, haciéndose presente ante nosotros durante el breve tiempo que pasamos en sus comunidades.