LENGUAJE Y MUERTE EN CIUDAD JUÁREZ

Yeyetzi Cardiel

De acuerdo con Walter Benjamin, la filosofía es lenguaje y, en tanto que el lenguaje es una forma de experiencia, la crítica también lo es. El lenguaje no es un medio que nos permita expresar neutralmente hechos o ideas, sino uno que depende en buena parte de la selección de palabras y del modo en que las articulamos entre sí. La forma en que construimos nuestras experiencias a través del lenguaje tiene efectos no sólo en la comunicación, sino en la configuración misma de la subjetividad; no sólo en el ámbito ético o estético, sino en el político.

Los muertos no pueden hablar por sí mismos

Los efectos del lenguaje adquieren mayor relevancia cuando lo que estamos tratando de criticar es un asunto de orden público. Tal es el caso de los crímenes cometidos contra mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua, así como en otros estados de México. Sin embargo, nuestra aproximación crítica a estos crímenes se ve obstaculizada por, al menos, dos factores: en primer lugar, que no hay testimonios; debido a que las víctimas ya han muerto, lo más que podemos acercarnos a sus experiencias es a través de sus madres, parientes y amigos. En segundo lugar, que los medios informativos parecen «haberse puesto de acuerdo» en llamar a las víctimas «las muertas de Juárez»; con este eufemismo, se da a entender que las mujeres sólo murieron, mientras que se oculta el hecho de que fueron violadas y asesinadas. Hablar de estas mujeres como si sólo hubieran muerto hace imposible toda crítica ulterior.

Como respuesta a ello, se ha venido generando un lenguaje que trata de hacer visible lo que los medios de comunicación invisibilizan. Marcela Lagarde, antropóloga y diputada del Congreso de la Unión de México entre 2003 y 2006,[1] insiste en que la palabra femicidio es sólo una versión femenina del término homicidio; sin embargo, en tanto que se trata de crímenes motivados por la misoginia, Lagarde propuso el término feminicidio, pues en él se hace más explícita la violencia de género presente en los mismos.[2]

Martínez de la Escalera, filósofa y académica, apunta que el término femicidio (e, incluso, feminicidio, entendido como el asesinato de mujeres por el simple hecho de ser mujeres) no tiene un referente social claro, pues «es definido por instituciones que deciden el significado y el valor de la palabra y su uso».[3] Asimismo, pone énfasis en que la palabra feminicidio no nos remite de forma clara al hecho de que se está cometiendo violencia contra las mujeres.

La violencia de género, «la cual divide a la sociedad civil en dos géneros heterosexuales y jerárquicos»[4], reproduce dos formas excluyentes de construir la subjetividad, como si fuera inevitable que uno de los dos géneros dominara al otro. En tanto el género se piensa como natural y no social, la violencia se entiende consecuentemente como un hecho natural y no socialmente construido. Por ello, Escalera opina que las implicaciones del término género deben ser cuestionadas si es que queremos desnaturalizar los crímenes contra mujeres.

Nuestras Hijas de Regreso a Casa

Otra forma de hacer visibles los feminicidios es mediante el activismo de los parientes (principalmente las madres) y los amigos de las víctimas. Éste ha consistido principalmente en pintar de rosa grandes cruces de madera, cada una con el nombre de una mujer asesinada, y en ponerlas en los lugares donde los cuerpos han sido localizados. A partir de este movimiento se ha generado una organización, Nuestras Hijas de Regreso a Casa,[5] que constituye una forma de pedir justicia.

No obstante, dicha organización se ha enfrentado no sólo a la injusticia sino a las amenazas y a la muerte. Marisela Escobedo, por ejemplo, fue asesinada el 6 de diciembre de 2010, y la mamá de Rubí en 2008. El blog Nuestras hijas de regreso a casa apunta que Marisela fue «asesinada dos veces: por su asesino y por el Estado, quien la traicionó en su búsqueda por la justicia».

Los protestantes suelen igualmente pintar de rosa cruces con la leyenda Ni una más. Algunos otros dibujan siluetas de las mujeres torturadas y asesinadas, las pintan de rosa y les ponen una cruz negra sobre el pecho; otros más hacen pósters, flyers, etc. La artista mexicana Elina Chauvet y el periodista español Javier Juárez diseñaron una instalación itinerante que consistía en llenar las plazas públicas con cientos de zapatos rojos.

Combatiendo la violencia institucionalizada

A pesar del hecho de que madres, parientes y amigos, ciudadanos comunes, artistas, académicos, periodistas, feministas y organizaciones nacionales e internacionales se han organizado para exigir justicia, los crímenes no han sido resueltos y los feminicidios siguen ocurriendo.

La violencia estructural y jerarquizada en contra de las mujeres, así como la naturalización de estos crímenes, no son sólo un problema que le concierna a toda la sociedad, sino uno creado por el Estado —ya que sus instituciones reproducen la violencia de género, sus autoridades son negligentes y están en colusión parcial o total con los asesinos.

Por ello, es una obligación del Estado no sólo clarificar y castigar estos crímenes, sino detener a aquéllos que son responsables por la monopolización de la violencia. La creación de un nuevo vocabulario que haga evidente y critique dichos crímenes debe tomar en cuenta las expresiones de la memoria colectiva creada por los activistas.

 



[1]  Lagarde aprovechó esta oportunidad para promover una ley contra la violencia de género, la cual fue aprobada en 2006 y entró en vigencia en 2007. Asimismo, contribuyó a la modificación del Código Penal, de modo que el feminicidio pudiera ser considerado como un crimen. A la fecha se mantiene trabajando en la imposición de un código penal semejante en otros estados del país. Sostiene que los asesinatos de mujeres son crímenes de Estado, ya que el Estado no ha hecho gran cosa para detenerlos.

[2]  Cf. Marcela Lagarde, Antropología, feminismo y política: violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres,” en Margaret Bullen y Carmen Diez Mintegui, (coords.), Retos teóricos y nuevas prácticas, Donostia: Ankulegi Antropologia Elkartea, 2008, pp. 209-239.

[3]  Ana María Martínez de la Escalera, “Transcripción de la participación de Ana María Martínez de la Escalera en la presentación del libro Feminicidio: actas de denuncia y con­troversia, México: unam, 2010, p. 2.

[4]  Ibid., p. 3.

[5]  El blog de esta asociación civil es http://nuestrashijasderegresoacasa.blogspot.mx