JUSTICIA POLITIZADA, POLÍTICA JUDICIALIZADA

 

No impera en Colombia una democracia. Si este sistema de organización social consiste en la separación de poderes, los tres poderes que se constituyen en la definición de un sistema democrático, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, cada uno independiente del otro, que ninguno invada los terrenos que a cada cual le corresponden, que respeten las decisiones que a cada cual les compete, se puede afirmar que en Colombia nunca ha habido una democracia.

 

Habría que elaborar un tratado de nuestra   historia democrática desde la existencia de esta mal llamada república independiente para demostrarlo, pero no es indispensable. Démonos un punto de partida reciente. El año de 1.930, el relevo en el poder de los partidos después de una larga dictadura conservadora, y constataremos por los hechos más protuberantes que la democracia ha sido un remedo de democracia, una dictadura en su esencia. La violencia del estado ha sido utilizada para fortalecerse en el poder, para mantenerse en él, para aniquilar  la oposición, para cerrar el congreso, para impedir la acción de la justicia por lo que la impunidad ha hecho posible que los más graves crímenes políticos, asesinatos de candidatos presidenciales, de dirigentes populares, masacres colectivas como los 300 mil muertos de La Violencia en Colombia que tomó fuerza a partir del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, que trató de contenerse con el más antidemocrático Pacto del Frente Nacional, hagámonos pasito como terminó calificándolo la sabiduría popular, alianza entre los dirigentes que desataron la violencia, un perdón y un olvido entre ellos, que se anticipó al perdón y al olvido que se impuso en América Latina para dejar libres a  los dictadores militares, institucionalizando la alternación presidencial, la paridad política, por cada portero conservador, un portero liberal, gabinetes, gobernaciones y alcaldías paritarios, cierres del congreso, declaraciones de estado de sitio que conllevaron la militarización de campos y ciudades, un poder político asentado en las bayonetas, épocas de dirigentes y presidentes que se aliaban con las dictaduras europeas que desataron las dos guerras mundiales, ministros de gobierno que se comprometían con hacer invivible la república a sangre y fuego para contener el comunismo, el fantasma que recorrió a Europa y que los conservadores lo consideraban encarnado en el liberalismo que suponían ateo, anticlerical y masón, balaceras en el congreso, caminos veredales que se volvían senderos de la muerte de los campesinos que regresaban a sus parcelas al final de las tardes después del mercado dominical. La masacre de la casa liberal de Cali es un crimen colectivo olvidado que alejó al partido liberal de las urnas para poder elegir en la más completa impunidad electoral a Laureano Gómez en 1950. Al pueblo liberal se le retenían sus cédulas para que no pudieran votar, un remedo de democracia para poder elegir al más representativo dirigente del fascismo en Colombia.

 

Esto es apenas una síntesis histórica de la dictadura que ha gobernado siempre en Colombia y de la impunidad generalizada que es el origen de la descomposición del estado y de la degeneración de los ciudadanos que depositan su voto por intereses personales y mezquinos, ciudadanos sin brújula que continúan eligiendo a sus enemigos y es el caldo de cultivo que hizo posible que llegara al poder el más connotado heredero de Laureano Gómez, el presidente Álvaro Uribe Vélez en el 2010 con propósitos de prolongar indefinidamente su poder presidencial. Aquella violencia tuvo sus desarrollos y sus consecuencias. Los campesinos dejaron de matarse entre ellos por instigación de los políticos liberales y conservadores, surgieron ejércitos guerrilleros de origen liberal para oponerse a la dictadura conservadora, la guerrilla liberal de los llanos orientales dirigida por Eduardo Franco Isaza, ejércitos guerrilleros de origen popular influidos por la Revolución Cubana, ejércitos contrarrevolucionarios financiados por el imperialismo, el paramilitarismo inspirado por empresarios y terratenientes para contener los levantamientos armados populares, al estilo de Los Contras de Nicaragua que pudieron contener por un tiempo los alcances de la Revolución Sandinista.

 

Con Álvaro Uribe Vélez se hizo más notoria la pretensión de las clases dominantes de implantar una dictadura en Colombia con el ropaje de una democracia. El recuerdo del pasado de los últimos casi 100 años, para ser más precisos 82, parece necesario para empalmar con los años recientes impregnados por el alvarismo, que no debería ser necesario reseñar pues todavía sigue vigente dentro de un insensato sector de la sociedad y continúa actuando. Sigue impulsando la intervención del ejecutivo en la aplicación de la justicia, la participación de la clase política en la conformación de los aparatos armados del paramilitarismo con los cuales  elige  senadores y representantes, que aprueban las leyes que le sirven a los planes de una dictadura.

 

Rematemos estos recuerdos históricos y este llamado a no olvidar lo qué le ha sucedido a Colombia en estos 10 años de Uribismo para que por lo menos nos preguntemos quien está detrás de la sanción a Alonso Salazar Jaramillo, alcalde que fue de la segunda ciudad el país, que no es poca cosa, y del frenazo que le dieron a la Fiscalía General de la Nación dirigida con suficientes reconocimientos por Vivian Morales Hoyos.

 

Eduardo Sertanejo 

Medellín, marzo 03 de 2012