El tumba carnaval de los afrochilenos[1]

 

 

Por: Lorena Ardito[2]

 

En Chile predomina la difusa imagen de un “nosotros” construido sobre la base de una identidad mestiza (euro-indígena), que sólo en un segundo nivel habría ido confluyendo con otras tradiciones étnico-sociales, careciendo desde temprano de una presencia africana determinante. La escasez de estimaciones estadísticas y de registros histórico-documentales sobre afrodescendencia, desde el proceso de chilenización que siguió a la Guerra del Pacífico hasta nuestros días, ha permitido sostener esta versión de “lo chileno” exento de tintes afros, más allá del aporte de inmigrantes y musicalidades foráneas.

No obstante, hace algunos años, desde el Norte Grande, viene sonando una expresión afro auténticamente chilena, festiva, lúdica y carnavalera. Desarrollada por organizaciones afrodescendientes de Arica y Azapa, recuperada oralmente a través de relatos de los abuelos morenos[3] y que a punta de caderazos reafirma la huella que África dejara por estas tierras: el tumba carnaval.    

 

 

¿Afrochilenos?

 

Los registros bibliográficos de la presencia africana en territorio chileno suelen ceñirse al período colonial, pues el proceso que le siguió - de constitución de la República oligárquica - se caracterizó por la tentativa de edificar un imaginario nacional blanqueado al estilo europeo. Según tales registros, entre 1550 y 1615 habrían sido traídos a Chile unos 3 000 africanos para el trabajo esclavo en plantaciones y servicios domésticos, y hacia finales del siglo XVIII, sólo en Santiago, se estima que la presencia afro superaba los 20 000 habitantes entre negros, mulatos y zambos, quienes paleaban sus condiciones de explotación, exclusión y discriminación social mediante la práctica de expresiones musicales que los evidenciaban y constituían. En tales expresiones, habría resaltado tempranamente su carácter festivo, lúdico, erótico, satírico y humorístico, al tiempo que el indisoluble vínculo con su expresión corporal danzada. Como señala Maximiliano Salinas, “su concepción musical no reside en el oído sino en el movimiento”, naturaleza que dota de vitalidad a las musicalidades afro y las constituye en espacios fundamentales de participación y construcción de sentido colectivo de pertenencia. Sin embargo, en el otro extremo, el de las elites de la época, estas particularidades serán objetos de desprecio y proscripción hacia todo aquello reconocido como africano, desencadenando un proceso de blanqueamiento que progresivamente marginará e invisibilizará a los africanos y afrodescendientes de la emergente República.

Por otra parte, resulta relevante la consideración de la Arica colonial, puerto peruano natural que exportaba metálico e importaba mano de obra negra esclava para el trabajo en cañaverales y plantaciones de algodón en Azapa y Lluta. Durante los siglos XVIII y XIX, con el proceso de abolición de la esclavitud, los africanos y afrodescendientes de la zona van asentándose en la ciudad de Arica, donde crean sus propios barrios – Lumbanga[4] y el sector de La Chimba – desempeñando diversos oficios y festejando con músicas danzadas la vida, así como también en el valle de Azapa, donde cultivan pequeñas porciones de tierra adquiridas en forma de pago, alcanzado a representar cerca de un 60% de la población local. Pero hacia finales del siglo XIX, el advenimiento de la Guerra del Pacífico y la disputa territorial de Tacna y Arica con que concluye, desencadenarán un proceso de reterritorialización, cuyos hitos fundamentales son: el tratado de Ancón de 1883, a través del cual los territorios en disputa quedan bajo administración chilena por 10 años hasta la realización de un plebiscito en el que la población local expresaría a qué gobierno pertenecer; el proceso de chilenización que siguió al tratado, capítulo negro, pocas veces contado, de persecución y exilio a afrodescendientes e indígenas, así como de prohibición de sus manifestaciones culturales, por considerarse expresivas de lo peruano; y el Tratado de Lima de 1929, acuerdo de anexión de Tacna a Perú y de Arica al territorio nacional. El plebiscito nunca se realizó, y desde entonces, no hay registro de la presencia afro en Chile… hasta ahora.

 

 

Sus procesos de valorización cultural

 

 

“… entramos como negros y salimos como afrodescendientes”[5].

 

Hacia fines del año 2000, en el marco de la Conferencia Internacional Sobre la Discriminación y el Racismo, realizada en Santiago, comienza a visualizarse la relevante y silenciada presencia afro en el norte del país, gracias a la participación de un grupo de afrodescendientes. A partir de este hito, darán origen a la primera organización afro de Chile, Oro Negro, desencadenando diversos procesos de valorización como la creación de otras organizaciones – Lumbanga, Arica Negro, Luanda - y el desarrollo de una serie de pesquisas históricas, orales y literatas sobre su origen y cultura.

Pero aquello los conduce a una terrible constatación: el proceso de chilenización que siguió a la Guerra del Pacífico y concluyó con la anexión de Arica al territorio nacional, desencadenó migraciones masivas a Perú y Bolivia, mestizajes y otras estrategias de camuflaje identitario, que desembocaron en un profundo quiebre familiar, comunitario y sociocultural.

Los actuales procesos de puesta en valor son un intento por reconstruir ese pasado, dotarlo de sentido presente y proyectarlo hacia el futuro, a partir de la propia constitución de lo afrochileno, en base a los siguientes ejes fundamentales:

-      Organizacional: proceso a partir del cual los afrodescendientes se han agrupado.

-      Identitario: procesos de construcción/reconstrucción de lo afrochileno. Opera a su vez en tres niveles: a) simbólico, donde cabe ampliamente el reconocimiento colectivo de la afrodescendencia; b) histórico, referido a pesquisas tales como las mesas de conversación con los abuelos, y la generación y difusión de material bibliográfico; y c) estadístico, donde destaca su demanda por incluir una pregunta sobre afrodescendencia en el Censo Nacional 2012.

-      Patrimonial: referido al rescate de prácticas sociales, rituales, festivas y en general tradicionales, como la recuperación de la artesanía en totora, del patrimonio gastronómico, y de la celebración musical danzada de festividades paganas y religiosas, destacando también la elaboración del recorrido turístico-educativo “La Ruta del Esclavo”, hoy parte de las Rutas Patrimoniales de Chile.

 

Estos procesos, han permitido constatar peculiaridades notables de la presencia afrodescendiente en el Norte Grande, como el hecho de que las organizaciones se encuentran predominantemente lideradas por mujeres, la diversidad socioeconómica y territorial de los afrochilenos y su constante contacto con criollos, mestizos, indígenas e inmigrantes de diversas nacionalidades, teniendo como resultado una afrodescendencia profundamente zamba, incluso a veces blanca en sus últimas generaciones. Pero, ¿cómo es posible entonces concebir lo afrochileno en la actualidad?

 

 

Tuuuuuuumba

 

            Tal como en el resto de América Latina, la práctica de manifestaciones culturales adaptadas a diversos contextos histórico-sociales, ha sido una de las estrategias más determinantes en la constitución simbólica de lo afrodescendiente, siendo la situación festiva articuladora por excelencia de prácticas culturales diversas, como el canto, el baile, la música, la religiosidad, la sociabilidad, el vestuario, la comida y la bebida, así como la instancia fundamental de construcción de lazos comunitarios y sentimientos de pertenencia, dado su carácter siempre espontáneo y participativo. Su relevancia no sólo se ciñe entonces a la mera expresión de peculiaridades culturales, sino que tiene además un rol esencial en la actualización de las mismas, tanto en su práctica como en su significado.

Esta inquietud comienza a emerger en el rescate oral de antiguas prácticas, a través de Mesas Redondas de conversación con sus abuelos ¿Cómo celebraban los antiguos afros la vida?, ¿cuáles eran sus bailes, sus sonidos? El problema era que el proceso de chilenización se había iniciado en la infancia de los abuelos morenos vivos. Ellos tenían imágenes, tras la rendija, de los mayores festejando a escondidas en sus casas, pero no era suficiente para reconstruir tales prácticas. De pronto, una abuela recuerda. Se daban caderazos, tocaban cueros con manos y palos, sonaba así “tum, tum, tum, tum”. Se trataba del tumba[6] carnaval, un juego musical, festivo y coreográfico que tenía por objeto desplazar al compañero con un choque de caderas, gritando tuuuuuumba, luego de versos como el que sigue:

 

Estos carnavales,

quién lo inventaría,

un negro borracho,

negro porquería…

 

Este juego carnavalero ha sido rescatado por los afrochilenos del nuevo milenio, transformándolo en un espacio de encuentro y participación intergeneracional fundamental, que se articula además con otras expresiones festivas y musicales afrolatinoamericanas, al tiempo que se transforma en un instrumento político de reivindicación y autoafirmación ante los no-afros, haciendo protagonista a la tumba carnaval de sus ritos y conmemoraciones más relevantes, como la Pascua de los Negros, la Cruz de Mayo y la Fiesta Carnaval – adecuada a los ciclos agrícolas y a la cuaresma cristiana, donde además se han rescatado personajes tradicionales como el carnavalón[7], y antiguos recorridos de las comparsas morenas, como la Bajada Afrodescendiente por el tradicional Paseo 21 de Mayo, hoy peatonal comercial de la ciudad de Arica – entre otras, generalmente entremezcladas con manifestaciones criollas e indígenas de la zona, conformando un peculiar crisol multicultural en el que los afrochilenos han ido conquistando paso a paso (o caderazo a caderazo), un espacio propio.

 

 

¿Nación multicultural?

 

Los sectores conservadores de la intelectualidad y de la política nacional, que tienen a Chile en la retaguardia subcontinental del reconocimiento constitucional a los pueblos indígenas, aun no han dado crédito a la autenticidad y relevancia de estos procesos. Parece que hacerlo nos deja demasiado cerca del resto de los países latinoamericanos, también pluriétnicos y mestizados, demasiado lejos de los ideales primermundistas tras las conmemoraciones del renombrado bicentenario.

 

Concientes de estas limitaciones, los afrochilenos siguen tozudamente avanzando, sensibilizando a sus pares, a diversos agentes locales, nacionales e internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, gestionando su reconocimiento, recuperando su patrimonio inmaterial y haciendo de expresiones como el tumba carnaval un espacio de reivindicación y dignificación de la diversidad humana.

 

 



[1]
            [1]
Realizado en base a entrevistas, observaciones y registros fotográficos de experiencias de valorización desarrolladas por afrodescendientes de Arica y Azapa, durante el mes de Febrero del presente año. Asimismo, se reconocen como fuentes relevantes: el artículo “Toquen flautas y tambores!: una historia social de la música desde las culturas populares en Chile, siglos XVI – XX, de Maximiliano Salinas Campos, la publicación “Afronoticias”, del diario Estrella de Arica, el texto “Oro Negro. Una aproximación a la presencia de comunidades afrodescendientes en la ciudad de Arica y el Valle de Azapa”, de Gustavo del Canto Larios, el texto próximamente a ser publicado “Investigación sobre la historia oral de los afrodescendientes en Arica, sus costumbres y tradiciones”, del investigador vivencial Cristian Báez Lazcano, y el encuentro “Avances y Desafíos de Los Afrodescendientes en Chile”, realizado el 25 de Agosto del presente año en la sede educacional de la UNESCO, Providencia, Santiago.

 

[2]
            [2]
Socióloga, integrante del Colectivo de Investigación “Tiesos pero cumbiancheros” (CITCh; www.tiesosperocumbiancheros.cl), y estudiante de la Maestría en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

 

[3]
            [3] Nombre que generalmente se da en Arica y Azapa a los afrodescendientes.

 

[4]
            [4] Palabra de origen bantú que significa caserío.

 

[5]
            [5] Marta Salgado, actual presidenta de la agrupación Oro Negro, en relación a la Conferencia Internacional Sobre la Discriminación y el Racismo.

 

[6]
            [6]
Palabra de origen bantú utilizada para nombrar al tambor, al baile y al vientre, en clara alusión a la articulación festiva de tales nociones.

 

[7]
            [7]
Muñeco de trapo que hace las veces de esposo borracho, tradicionalmente acompañado por la figura de la viuda que llora su partida, interpretada por un hombre disfrazado de mujer.