CRÓNICAS DE LAS ESTACIONES DE LA FABULA DE LA MUERTE O FIEL AL RETORNO POR CARMEN VÁSCONES

(ACERCA DE LA OBRA POETICA COMPLETA DE SHEYLA BRAVO)

 

 I PARTE

Nace en 1953, fallece el 2011. Un camino hizo, trazó un contrasentido, su adolescencia estampó una provocación. Su libro “Yo mujer”, publicado en 1971, produjo un temblor a las emociones constreñidas o contenidas bajo las faldas de la línea imaginaria. La adolescencia es rebelde quiérase o no, ella desalma los patrones, descara la inocencia, descubre un cuerpo que no quiere estar mudo. Desata el nudo de los géneros. Las dos caras del mundo, la vida y la muerte, antesala de la palabra, de los sueños y de toda apuesta que conjugamos en el azar del tiempo. Y desde 2006 al 2009, tuvo una vorágine imparable. Esto es: la culminación de su resurgir. Su aparición.

La calma no iba con ella. “Por 10 años como si no hiciese nada como muerta”, así lo graficó en una entrevista, pasó bajo el velo de ser ignorada por los verdugos de la “libre expresión”. A esa crítica “depredadora” la santera, como ella se autodenominaba la ignoró con el silencio por un momento largo.

El enigma del vacío nos envía a un deseo que carecemos o nos provoca citas fallidas con los placeres: el dolor y el goce de existir de una vez por todas en ese chullo cuerpo irremplazable y testigo de las crónicas del acto.

Sheyla, el personaje de su obra: autoexcluida e incluida, rompió el cerco a la regla menstrual con la tinta de sus fantasmas que ni la inmutan ni siquiera en la letra; su psique: acertijos y sonajas de espejos jugando contra el cielo y el delirio quemante. Lloró, rió y cercó el firmamento bajo sus danzas chamanes. Fecundó al fuego en su útero, doblegó al agua en sus lagrimales. El mar se acostó en la roca mientras ella bañaba de flores a las olas. Digna de su sueño y de su voz atrapó al viento en móviles. Le hizo trenzas a las estrellas mientras sus sandalias se gastaban en la pasión del barro.

La red de su memoria un lugar para la nada y el festín de las fantasías. Ella la dadora de un amor que se da y no se da, que se queda y se va. La vida imperfecta cabe en la de/función del verbo: el acta del acto. La fiesta del mito en la huella que te sigue.

La palabra: la cueva para acampar el testimonio del ser que es la red o la celada del deseo. La escritora, es la mujer que jugó con el escándalo, que se burló e ironizó de sí misma. Su estilo: ritos de ayuno en vasijas de serpientes dejando ver la panza de la memoria. El eslabón de su enigma es su poesía. Escribió sin ocultarse de sí. Desnudó a la vida del silencio. La destapó de la represión. Amamantó a Edipo y lo consoló de su desgracia. Le dijo -juega mientras puedas con la inocencia, lo demás será accidente de un eros contrariado en el oráculo. Diluyó la “efímera felicidad” en sal. Coció al tiempo en tinajas de té amargo.

Se hizo objeto y sujeto de la mira. La mirada se empapa pero calla. Ella hacía hablar al fisgón. La moral es ojo del solapado, el tocador devuelve la avería de la culpa. Retorna la censura del mirón. La boca de la ideología echa los dados en el perverso humor muy ligado con la melancolía: la horca de la palabra.

Ella salió invicta en la lucha con la canallada.

Nada es al azar. La avería de lo femenino y masculino tiembla en la coartada del placer. El displacer hace regresar al cuerpo para que nadie se abandone en espejismos de satisfacciones dentro de la cárcel de la tierra: los cuerpos enrejados y enredados en el no sé del tótem y tabú que somete desafían siempre. Saber no es suficiente para abordar los límites con la materia mortal. Vivir demanda contrariar a la muerte, provocarla hasta dejarla sin pudor. Estigma, restricción y acato o desacato según…

Incluida y excluida de sí misma se autodetermina en su propia huella: mitad cubierta, mitad descubierta. Mitad dolor, mitad frenesí. Mitad luna, mitad sol. Mitad silencio, mitad escándalo. Mitad ella, mitad una. Mitad nada, mitad toda. Mitad mía, mitad yo. Mitad voz, mitad vocal. Mitad poesía, mitad verbo. Mitad principio, mitad final. Mitad soledad, mitad maya. Mitad divina, mitad mortal del tú.

Mitad de mí para quién en la esencia de su poética.

Mitad de sí misma. Mitad ayuno del silencio. Mitad naciente de la palabra que te nombra. En medio de la memoria desemboca la historia sin mitad. Ella lo dice, “nunca hice nada ni fui nada, porque lo que siempre quise es ser poeta”. Contra sí mismo, se la conoció antes y después de la muerte. Su palabra desde el inicio fue polémica. Expulsada, huída. Se refugió y se habitó dentro y fuera del caos. Su pensamiento un desenfado maldito.

La maternidad la acogió. Entre maya y soledad tejió la voz en el telar.

Redescubre poco a poco la ilusión de otra vez retomarse en esa pasión: la creación. Según ella cuenta, “escribía mal a propósito, para que no la tomen en cuenta, que no esperen nada bueno de ella, quería avanzar”. Salir “y poder borrar la imagen en que me había atascado, y quedarme en cero”. “Y al fin ser libre. Y me liberé de la imagen pero no de la poesía: esa tirana me martirizaba día y noche, seduciéndome, acosándome, sin dejarse poseer por mí como yo quería”…

La vida hace explorar la otra cara del no ser. Hizo muñecas de espejos, de hilos, de papel. Tejió vientres donde depositaba la realidad con su magia y pesadillas, los colgaba en su hombro y salía a pasear por los parques sin que nadie note que contenían sus secretos. Sus momentos oníricos los ponía en lienzo, bordaba su imaginación en tapices fosforescentes. En el intento de ser la trama de su vida enganchó al verbo con todos sus defectos y virtudes. He ahí, la que hubiese sido la que es en su soy que se impuso pese a todo. Su deseo genuino la hizo engendrarse en la letra vivificante.

II PARTE

El arte de salir y entrar al cuerpo creador es la obra que completa a Sheyla. La mujer que se impuso y no se amputó de la realidad. Guste o disguste su poética, ella la trascendió, la dejo en un lugar donde la muerte no se atreve con la vida. La existencia espiral del tiempo de la sangre “de la vida a la vida y a mi vida”.

La reescritura y la corrección del verbo imperativo, sea el retorno de la palabra cada vez que no se es. La poeta invoca a la imaginación, carne de su proyección del “yo que seré”. Asume su destino como un mandato del pasado y del futuro. Se mete al interior del presente de la única otra: ella misma es y no es.

Nutricia mujer, engendras una madre: la poesía en ti crea una identidad, un nombre, una inicial. Dejas convocar el sonido del agua fuente: la primera música de la infancia. Su bella voz poética lo dice así: “Oigo tu voz suavísima nombrándome/ regalándome un sonido, una música que me convoque/ en este paraíso dulce/ que es tu cuerpo embarazado de mí/ escuchando estoy tu canción de madre/ la música de mi nombre que me llama a la vida”.

Diosa una: mitad Eva y mitad Lílith: una sola Sheyla, entre árboles, ríos acoderas cofrecillos de enigmas, embarras a la esfinge del génesis, cambias la versión del oráculo, sacas a la bestia de la sombra y la embadurnas con brebajes de purificación. Cantas a la luna dormida en tu cuerpo mientras la niebla se esconde en la montaña.

En La fuente de la matriz nace el arco iris.

Meces al ser en tu canto de “cuna inmensa/mi cuerpo para ti”, cual origen irreverente te sinceras con el fuego, de dejas quemar la figurita que endureces en tu vientre, moldeas el vacío en la angustia de la semilla.

Pisoteas la nada en el parpadeo de la duda. El entendimiento es incompatible con la ideología de la imagen y de la máscara. El ser refuta al yo en ese no soy, tal vez sea, no sea que yo sea, yo no sé. Y así se pasa de aturdido y ofuscado a un instante a refrescarse con la felicidad sin torturas mentales o reales. Toma su tiempo la escritura que desarma toda adaptación al reglamento que se cumple o se coima. Ella: el epicentro del interdicto juega y se cita con la vida para constatarla.

La suerte está en sus manos traviesas que desafiaron desnudar todo enigma. Te desarma la infancia con su vulnerabilidad, te hace descender como estrella fugaz en el vértigo de la noche, enfrentar la soledad del primer aliento, suspiro y soplo mortal. Suavizas con cascabeles, agua con pétalos, inciensos y túnica la espera del momento. Alumbras a la pequeña según tú “desconocida en tu vientre”. Te hablas, le conversas, “y aunque nueve meses convivimos/en profunda intimidad/ ya no estando tú en mí/ eres un misterio casi indescifrado/ que diariamente causa mi estupor”.

Siempre la incógnita, eso de nacer, para qué, por qué, del cómo se dará la ejecución del tiempo. El sueño no es el acto aunque el germen de toda ilusión está allí, en un punto donde cerramos y abrimos los ojos y fijamos recuerdos, olvidos y espantos. Ahí es donde llamas, me llamas, te llamo, me llamo. Y sin dejar de nombrarte allí te expresas con un rotundo “te espiaste en mis espejos infantiles/ y en una remotísima memoria yo me miro/ y está en mi rostro tu gesto desdibujado”.

Se mira, contempla a ella, su yo, su tú, se habla a sí misma, escuchémosla, “aturdida la joven madre/ no sabe qué hacer con su juguete nuevo/ y como a un juguete lo trata/ la niña le enseña/ llorando o sonriendo”. La imagen pura del ser se la devuelve a ese cuerpecillo que no sabe de la intranquilidad del caos, del desorden del vacío en la lujuria, aniquilación y la fuerza de la gravedad en el cuerpo. Atenta a la trama conjuga el nosotros con el ser y sentir. La poesía se deja leer, su creadora se deja saber, la mujer no sabe qué hacer con el escondite. Un cuerpo desnudo se mira en sus propios ojos. La poeta pacta con sus palabras. Forcejea con los pensamientos que parecen pinzas en cordeles rotos. Ella cuelga los pensamientos en la naturaleza, deletrea un canto más o menos así, “deja que la nada te arrulle hija del viento y del humo heredera como la madre/ del misterio y de la libertad”.

Acoge la Soledad y la Maya de todo ser en el nido de su corazón por siempre. Hace esperar al verbo entre malabares, juegos y travesuras “qué será, qué será”. Ronda la pregunta, la horma se rompe, la infancia no es un juguete de trapo. La infancia tiene boca, origen, un cuerpo a veces intratable, desconocido. Exige sin saber qué, acaso que la vida se adueñe de él…

La poesía como la infancia son contactos con los juegos aprobados y prohibidos. Quien encuentra busca, quien busca se desencuentra. Quien se desencuentra se atreve a revolverse en el sinsentido. Flecha su lengua apunta a la actuante, “hoy tú en cambio deshechizas mis recuerdos/ insistiéndome en que nos compremos los boletos para ir juntos a visitarla”, a quién más si no a la propia creación, por qué no a la luna misma, abrase visto, no se deja comer al cuento, toda reflexiva, inquisitiva la poeta, la mujer, la maga, la madre, la amante en falta, en duda y comprometida se alía con los personajes que habita.

Se confronta consigo, se siente, se describe como “una mamá que no es como son todas las demás”, que a veces el tiempo y la realidad la raptaban “en esa confusión/ demencia/ miedo/ tal vez olvido/ sólo espanto de ti misma/ solo olvido”. Ser tú sin ser yo. En el hastío de hurgarse, desencontrarse, deshabitarse, se agota de perseguir ese algo inubicable, casi inatrapable, así lo sitia, “y yo ya no puedo esconderme de su acoso / (se refiere al destino) que es lo peor que esconderme de mí misma/ yo ya no puedo huirte/ porque me están tragando sin remedio/ los más oscuros laberinto de mi propia identidad”.

La poeta se mira, se agota, se desenamora, quiere derrotar y domesticar a la bestia. Sabe para siempre que “el rito de morir es una acción de solitarios”. Anhela desintegrarse. Lo refiere así, “dejar esta forma ya tan mísera/ esta cáscara fracturada/ sus mitos, sus apegos y sus repeticiones/ y volver a encontrarme reconocida en un acto de fe/ y en un espacio donde tú no alcanzas…no puedo contaminarte con mi último alarido”. Despelleja la piel turbulenta y extenuada. Anhela: “y esté libre al fin/ de esta inmensa tortura de ser y no ser… este perpetuo deambular en un mundo estéril/ donde de tanto no tenerme/ solo soy reflejo de un reflejo sentido alguna vez/ cuando la vida apenas me empezaba”. En esas vivencias que la construían y destruían, allí el drama o la comedia de su hilvanarse en su yo: “en mi infatigable decisión de experimentarlo todo/ o de evolucionar…” “en esta vorágine apenas comprensible que es mi vida”. Lo femenino y masculino bohemia de la desconocida o conocida en la duda luego qué.

Consumó eros en el teatro de sus sentidos. La crónica de su edén y peregrinaje se alejó de la seducción de la nada, ya que eso era como jugar a la ruleta rusa, ¿quién se dispara a quién en ese placer suicida? O como ella lo descifra “orgasmo suicida”. En la carne del enamoramiento y del espanto la poeta se devela, se desvela, se vela, se ve, se autodefine, “quizás soy como una sirena/ sin órganos adecuados para el amor”, perteneció al mar, al fluctuante movimiento de las aguas. Y al cautiverio de un eros voraz que se flecharía consigo, que le lanzaba el dardo hasta dar con ella para rendirla. La poesía la recogía y la salvaba, la alejaba del horror, la hacía mirarse en sus pupilas, y las dos se decían en una voz, “ayer fui enamorada por mí mismo”. Su doble papel la arrincona a la fascinación, vence a la muerte con ironía, le crea ilusión a la muerte, la hace creer que la vida la encanta…

Habla desde la voz poética a la vida que la inscribió en su nombre, le dice -“nada te he ocultado/ conoces mis vicios/ mis límites y mis fantasmas”. En la encrucijada del dolor la luz se hizo en su poder femenino, se dio la vida sin desquite ni quítese de ahí. Se dejo caer encima la gotita de rocío en la raíz de lo amoroso auténtico aún. Ella no se inventó. Eran dos en una mitad de su otra mitad, dentro de sí la carencia de la presencia y la ausencia. Diría fue tres con su palabra que la conllevó a desafiar el destino sin reserva con un basta de seguirte, con un ahora tú me sigues y vas a saber de mí. Con su radical: no renuncio a mí, en lo único que tiene, su fidelidad al retorno.

La poética de su vida, dilemas y propuesta escritural.

III PARTE

El vacío no se llena. La poeta se plantea “la cura de la esclavitud de los deseos”, cómo, volviéndose a parir en su única oportunidad, como una perla preñada de sí misma pare otra igual y desemejante, va “descaminando los desfiladeros de la memoria”. La pasión que habitó fue “como una espada adherida a mi ser”. Sentencia, “viuda es mi alma”, el amor es ciego en los amantes, es huérfano del tiempo, “es un desgarre del ser” que deambula “como ánima resentida/que aborrece la paz de su tumba” “en esta quimera que es el vivir”. La poesía la escribió a Sheyla, ella no se opuso, se dejo ser la vida para esa palabra, se dio todo el tiempo, dispuso una escritura lenta, no se apuró.

En la soledad de su cuerpo descendió al caos, la red de maya amortiguó no caiga al abismo, se ofrendó al vacío para llenarlo de poesía, quedó desnuda de nada para no quedar presa en el dolor inservible de un presagio sin paz para nadie. Sheyla se descubre, se cubre, se amanece viendo a la luna dormir, quiere saldar cuentas. Se amparó en la soledad acompañante para aprender a escucharse. La escritura no la abandonó nunca, la reescribe, la crea, ella la anota en silencio, a mano, teje su nombre, hace dibujos, pinta, cose, teje, no se maquilla, destapa la olla de barro y ve en el fondo “una vida enviciada en el error”. Se enfrenta. Entre lápiz, pluma y borradores estaba la guardiana que observaba y atrapaba los impases de la vida y la muerte irreconciliables. La lucidez de esta mujer destapó los desvaríos del vacío en el cuerpo de un espejo donde ya no hay nada que mirar. Melancolía de papel la fábula del despertar y eso de salir de amores que no son tal en el “litigio con la dama muerte”.

Quiere un vientre redentor, la poesía se hace útero, la pare para siempre para que se vuelva a nombrar, para que salga de la prisión del cuerpo. Quiere un encuentro con la ternura, quiere una boda de ayuno, quiere un abrazo de pura compañía donde reviva su piel otro momento de peregrinación y estación con su alma inhabitada ¿acaso retornar a la raíz sin tentación?, según ella, al encuentro con el “andrógino original” sin culpa, sin expulsión, sin éxodo sin condena “de no estar en mí”. Se debe a la poesía, la poesía la completa, le habla, la devuelve a sí misma. Clama “absuélveme de las consecuencias de mi ignorancia”. Ella luz y oscuridad del fantasma en su “quién soy”.

La fascinante Sheyla nos deja su poética, sus fábulas, sus cuentos; la estela de su ternura y algo más: nos deja su mismidad en lo que quiso ser siempre, en definitiva la voz de ella.

 

 

BREVE FICHA BIOGRAFICA: Yo mujer. Poesía. Quito, 1971; La voz de Eros. Dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas. Trama ediciones. Quito , 2006; Crónica no autorizadas del edén. Picaresca casi apóstata. Editorial El Conejo. Quito, 2006;Un muchacho llamado Bruno. Trama ediciones. Quito, 2006; ¿Existen las hadas? Eskeletra Editorial. Quito , 2009; Obra poética Completa (contiene seis libros: ‘Crónica de un idilio -  litigio con la Dama Muerte’, la primera y segunda parte de ‘Estaciones en el peregrinaje de un alma’, ‘Fábula de eros y pasiones’, ‘Fábula de amores’ y ‘Fiel retorno’). Manthraeditores, 2009; La voz de Eros, Poesía erótica de 110 mujeres ecuatorianas. Segunda edición corregida y aumentada. Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana. Quito, 2010.