Poemas del encierro, de Hortensia Carrasco

 

Raquel Vázquez

 

El libro Poemas del encierro[1] (México, 2011), de Hortensia Carrasco, es un libro atravesado, en su temática subjetiva, por la violencia cotidiana. El ambiente que se percibe a lo largo de los 23 poemas nos hace sentir su atmósfera de angustia e incertidumbre ante una violencia que se percibe asfixiante: “Me encierro como un niño temeroso / que huye de la furia de su padre / y después la madre encuentra / transformado en una historia / de fantasmas”.

La violencia es ya un tema presente en todos los espacios públicos; vivimos en un Estado que ha legitimado el uso de la violencia hasta extremos absurdos, y los costos se dejan sentir en una sociedad que despierta a la realidad de múltiples violencias expresadas desde las formas más “sutiles” hasta las más estruendosas. No es extraño que la poesía adquiera esos rasgos: ¿de qué tema se puede hablar en este país sin tocar el tema de la violencia? Probablemente existió una época lejana en la que los poetas preferíamos hablar de otros temas que no tuvieran nada que ver con lo social y lo político, empeñados en negarnos como seres sociales. Manteníamos una miopía insana, porque el nombrar equivale ya a representar una realidad, aceptarla: preferíamos pensar que no pasaba nada, así de simple. Hemos vuelto el rostro a la violencia y ésta nos abofetea (cuando menos) el rostro. Considero que en la literatura no hablamos de la violencia para resolver, sino para denunciar un estado de cosas que no es normal. Existe el compromiso a partir de la individualidad, en la medida de nuestra propia verdad. 

Este libro, visto como testimonio de la violencia que nos circunda, evidencia un encierro psíquico como intento de evasión y sobrevivencia. Hortensia Carrasco se pregunta: “¿Qué es lo terrible? / ¿Los ojos de un infante sumergido en una zanja? /¿La cabeza inflamada que abandonan los sicarios? / ¿El único cabello de muchacha encontrado en el desierto?” Y el miedo se hace presente a lo largo de las páginas del libro, pero también se vislumbra la necesidad de una liberación a la posibilidad de otra vida: es, de alguna manera, como lo dijo José Carlos Mariátegui, una protesta del espíritu.

El arte en general, y la literatura en particular, han tenido una evolución, marcada en sus mejores momentos por mostrarse profundamente humanos. Las vanguardias de principio de siglo respondieron a ese cambio en el orden mundial que exigía otro tipo de arte, un arte que de alguna manera respondiera a las circunstancias sociales. Hispanoamérica se mostró fecunda en este sentido: no sólo mostró algo diferente en cuanto a propuestas literarias, sino también manifestó la necesidad de crear una relación distinta con su público, con sus lectores —ya que, considero, escribimos y publicamos para ir fuera de nosotros mismos. Los ismos respondieron a una búsqueda en un determinado momento de la historia, pero esta búsqueda pertenecía a una clase social determinada, en la cual la función estética (y no la social-transformadora) continuaba siendo una prioridad. Era la respuesta para sus prioridades; sin embargo, esta búsqueda no fue igual para los escritores que se encontraban al margen de esta realidad; es decir: no representó lo mismo para todos los creadores, pertenecientes a distintos estratos sociales. Hoy, a un siglo del advenimiento de los ismos y las vanguardias, ¿qué nuevo tipo de relación busca la literatura con sus lectores?; ¿tenemos necesidad o manifestamos el deseo de una colectividad a través de la literatura?; ¿de qué sociedad hablamos?; ¿por qué escribimos enunciando nuestras violencias cotidianas?

          Por ello, volviendo al libro que estoy comentando, puedo decir que me reconozco en sus páginas porque me habla de una violencia que me es común; porque me habla de la sociedad real a la que pertenezco, y no de la sociedad ficticia de la cuál hablan los medios de comunicación oficiales: una sociedad donde no ocurre nada y las vidas de las personas tienen el mismo valor de uso de las cosas. Poemas del encierro comunica, a través de sus imágenes y metáforas, la violencia sistemática y naturalizada en las relaciones sociales: “El cordón ya no era el lazo que une / se volvió la soga que ata / el pedazo de cáñamo/ que muerdes / cuando tiendes la ropa.

          Se sabe poco de lo que escribimos actualmente. Estamos más interesados en sólo escribir y ansiosos de que nos lean, pero no queremos leer lo que escriben nuestros contemporáneos; se sabe mucho del pasado, pero del presente sabemos poco. Quizá ese desdén que sentimos por la función social que representa la literatura se ve reflejado en lo que escribimos; no escribamos de lo que nos rodea porque haya temas de moda, sino porque es necesario escribir sobre este presente, sobre nosotros y nuestra relación con la sociedad. Propongo la lectura de nuestros contemporáneos. Es por esto que, en los espacios que concebimos para hablar de literatura, política y sociedad, se debe hablar de nuestros intentos y nuestras propuestas; el libro de Hortensia Carrasco, Poemas del encierro, es otra propuesta, como muchas otras que existen, de la gente que escribe en estos momentos; tal vez en él hagamos descubrimientos que nos lleven a plantearnos otro tipo de relación con el arte: el ejercicio de un arte que tenga su razón de ser en exponer y transformar de manera profunda las relaciones que el sistema capitalista nos ha hecho construir sobre la base de una profunda desigualdad y opresión. Si en el transcurso de sus páginas encontramos algo que nos lleve a hacer preguntas que, por el momento, quedarán sin respuesta, éste puede ser un comienzo para dialogar con nuestros contemporáneos: un diálogo que tienda un puente generacional y que rompa la violencia de nuestra individualidad, que se levanta como un muro alrededor de nosotros mismos.



[1] Carrasco, Hortensia. Poemas del encierro. Versodestierro. México, 2011.