MI EXPERIENCIA LABORAL EN CINEMEX

 

Pau

 

Terminaba mi último año de preparatoria y llegaban las vacaciones; mi amigo y yo decidimos que no queríamos estar en nuestras casas sin hacer nada, como en las vacaciones pasadas —aparte de que queríamos ganar un dinero extra para poder salir y, como ya teníamos los 18 años cumplidos, fuimos a buscar trabajo.

Mi primera opción era una tienda de ropa en un centro comercial, pero me dijeron que ya tenían mucho personal y era poco probable que me contrataran; en una tienda de zapatos, de plano me dijeron que no era lo que buscaban para trabajar ahí, y sólo por verme joven me dijeron que querían a gente responsable.

Se me ocurrió que el cine era una buena opción, porque allí hay un ambiente juvenil.

Al preguntar en el Cinépolis de Universidad, me dijeron que sólo tenían lugar en el horario de la noche y que saldría muy tarde de ahí; me pagarían $21.00 M.N. la hora y me podía tocar en cualquier área de concesiones. Era una opción, pero no me convencía, y fui a preguntar también al Cinemex de Pabellón del Valle. Ahí me dieron una solicitud de empleo y me dieron cita para una entrevista; me dijeron que me pagarían $18.00 M.N. la hora y que los horarios serían mixtos y cambiarían cada semana: era obligatorio tener por lo menos dos cierres a la semana. Yo no tenía problema con los horarios mixtos porque estaba de vacaciones y, aparte, pensaba ahorrar dinero para los materiales de la carrera de la universidad, así que decidí firmar el contrato, en el cual decía que me contrataban por 3 meses de prueba (los cuales  tenía pensado trabajar, pues tenía 3 meses de vacaciones); días festivos, me pagarían como doble; las horas extras y después de las 10:00 p.m., me las pagarían a $21.00 M.N. Se supone que, al ser nuevo, te ponen en áreas fáciles; es decir, en áreas donde no manejes dinero y donde no haya mucho rush (mucha gente que atender) —pero, como contaban con poco personal, te podía tocar en cualquier área, incluso en dulcería.

Estaba nerviosa y muy emocionada por tratarse de mi primer trabajo. Siempre he sido muy tímida y pensé que este trabajo sería una buena opción para poder perder ese miedo de hablar con la gente. Recuerdo que conmigo entraron 13 personas más, contando a mi amigo, y a todos nos tocó en distintas áreas; a mí me tocó en taquilla y tuve dos días de entrenamiento, donde me enseñaron cómo saludar a los invitados, cómo atenderlos, cobrarles y despedirlos. A todos los chicos que manejaban dinero, al comenzar su jornada de trabajo les daban una charola con cambio, el cual tenían que contar para verificar que estuviera correcto; a los de taquilla y dulcería les correspondían $2000; a los de Café Central, Alavista y Premium les daban $1000. Al principio se me hizo muy complicado porque me daba pena hablarle a la gente y tenía que cuidar el dinero que recibía y el que devolvía —ya que, cuando terminaba tu turno, los chicos de tesorería te hacían tu cuadre; es decir, verificaban en la computadora lo que vendiste y cobraste.

Estuve una semana en taquilla y después me cambiaron a piso, donde estuve más relajada —porque no tenía dinero que cuidar. En piso, solamente tenías que estar parado en las salas para recibir los boletos de los invitados y, al terminar la película, recoger las charolas y hablarles a los de over para que limpiaran la sala y ésta estuviera lista para la siguiente función.

Después de dos semanas, me cambiaron a Café Central; fue el área que más me gustó, pero la que me costó más trabajo. Había bebidas calientes y frías, cada una con sus recetas y trucos; también se vendían cinco pasteles diferentes —y, esto, sin mencionar las promociones, que te tenías que aprender a la perfección porque cada mes iba un mistery shoper (una persona que iba disfrazada y calificaba el servicio que brindabas).

El ambiente de trabajo era muy bueno, por lo mismo de que todos los que trabajaban ahí eran jóvenes —incluso los gerentes—, pero siempre se escuchaban los malos tratos de los coordinadores o gerentes cuando se presentaban problemas y faltaba producto o dinero.

En una ocasión, cuando llevaba una semana en Café Central, mis compañeros se fueron a comer y se confiaron en que ya era la hora de que nadie se acercaba a comprar café, así que me quedé sola y, aunque ya sabía preparar casi todas las bebidas, me fallaba marcar en la máquina al momento de cobrar.

La gente empezó a llegar y se me juntaron cinco pedidos, los cuales no podía ir preparando porque seguía cobrando; me empecé a poner muy nerviosa porque la gente reclamaba que era muy lenta y sus películas ya habían comenzado. En eso llegó una señora y, de forma muy grosera, me pidió un pastel; me dio un billete de $500 y, al imprimirse el ticket, me dijo que mejor me daba un billete de $200; yo tenía en mi cabeza el cambio que tenía que regresarle, pero, después de que me dijo que tenía cambio y que le regresara su billete de $500, empecé a discutir con la señora porque quería que la atendiera rápido, pero yo estaba haciendo las cuentas de todo lo que me decía. En eso llegó un coordinador y le dije que me ayudara a atender a la señora; traté de explicarle lo que sucedía pero los clientes que estaban esperando sus pedidos impidieron que le explicara con calma y no me entendió; entonces el coordinador le dio su cambio del billete de $500.00 a la señora —que ya ni siquiera pagó su pastel, porque yo ya le había regresado antes su billete de $500.

Más tarde, cuando le hicieron el cuadre al compañero que habría de relevarme en mi turno, faltaban exactamente $500.00 en su charola; yo expliqué qué fue lo que había sucedido y pensé que el coordinador me apoyaría —pero solamente me dijo que él no pagaría nada, porque no había sido su culpa. Se me hizo muy injusto y fui a hablar con un gerente, porque me parecía que tampoco había sido culpa mía; para empezar, no tenía por qué estar sola en Café si era nueva y, también, porque no había sido yo la que le había dado el cambio a la señora. Ese mismo día no se resolvió nada y recuerdo que llegué a mi casa llorando porque estaba muy enojada; se me hizo muy mala onda la postura del coordinador, pero me hizo entender que era un trabajo donde alguien tiene que perder, y obviamente ellos preferían no hacerlo.

Al principio, mis papás me habían apoyado cuando les dije que quería un dinero extra para las vacaciones; sin embargo, empezaron los problemas cuando vieron que salía a las 3:00 am los días de mis cierres —y, cuando les conté lo que sucedió con los $500, me dijeron que no tenía por qué aceptar esos tratos y que renunciara inmediatamente.

Al día siguiente me tocaba abrir y fui a hablar con el gerente; le dije que no me parecía lo que había ocurrido y, que si se trataba de aguantar esos tratos, no iría a trabajar desanimada, porque no era el caso. Pensé que se portaría de forma grosera, pero solamente me dijo que lo tomara como una experiencia y que no me descontarían nada; me dijo que no me desanimara y que cosas así suceden —no sólo en el trabajo sino también en la vida diaria—, que no me diera por vencida a la primera; también me dio la opción de elegir el área que quería atender. Decidí quedarme a trabajar pero, después de dos semanas, supe que sí me habían descontado $120 por el incidente del pastel. Fui a hablar entonces con el mismo gerente, echándole en cara lo que me había dicho antes, pero únicamente me respondió que, entre el gerente, el compañero que me relevó y yo pagaríamos los $500, porque era lo más justo; así, otra vez quedé muy enojada y en desacuerdo, pero ya no podía hacer nada.

Recibía mi dinero cada catorce días; me compré muchas cosas que quería, pero la verdad terminaba muy cansada y, cuando mis amigos salían a fiestas y a divertirse, yo andaba trabajando; además, aunque tenía un día de descanso, cuando éste llegaba, yo sólo quería descansar y dormir. Mi mamá me decía todo el tiempo que el trabajo me estaba haciendo mucho daño, que ya me veía muy delgada y, aparte, que tenía que lidiar con mucho estrés; para entonces, ya tenía también muchos problemas con mi papá, porque él iba por mí cuando salía hasta tarde y me decía que no respetaban mis horarios.

Me di cuenta que ya era más rápida y no me ponía tan nerviosa al atender a la gente —y, así como había gente grosera y prepotente, también había mucha gente que te hacía el día. Me gustaba preparar las bebidas, más que cobrar o limpiar. Sin embargo, seguía repitiéndose lo mismo: cuando hacía falta algún pastel o un vaso, la gerencia te lo cobraba, pues ellos no pensaban pagar nada.

Trabajé los tres meses completos y, aunque hubo momentos en los que ya estaba harta de estar aguantando los malos tratos, también lo tomé como una experiencia. Trabajé con mucha gente muy amable y pasé buenos momentos, pero pienso que no volvería a trabajar ahí.