MAESTRO COMBATIENTE

Al México dolido

 

Francotirador

 

Compañeras y compañeros:

 

Les hablo desde mi más profunda indignación, les hablo desde nuestra resistencia en contra del neoliberalismo.

Agradecemos a las hermanas y hermanos de Ayotzinapa por permitir que nuestra palabra llegue a todos los rincones donde hermanos y hermanas están desaparecidos, o se encuentran presos —y a nuestros muertos, que murieron por luchar por un mundo mejor.

Hoy no hablaremos de las carencias de nuestras escuelas, de nuestra lucha en contra de la reforma educativa, de nuestros malos salarios, de nuestros sueños convertidos en pesadillas —o de nuestras pesadillas convertidas en esperanzas. Después de todo, estos hermanos, compañeros desaparecidos en su lucha, han iluminado los cielos de todo el mundo —y nuestra lucha sigue siendo una pequeña luz, lejana y débil.  

Hoy nuestra palabra es de saludo, homenaje y unión para los desaparecidos de Ayotzinapa; para todos los desempleados de México; para las amas de casa olvidadas en el último rincón de su hogar; para el pueblos yaqui, que ha sufrido un genocidio sanguinariamente preparado y diestramente disfrazado; para las sexo servidoras asesinadas en un callejón oscuro; para las mujeres ultimadas por el hecho de ser mujer; para los jóvenes campesinos que aspiran a una vida digna y en libertad; para los estudiantes que luchan; para todas las universidades que están en paro. Hoy nuestro saludo es para los de abajo; hoy nuestro saludo es para la América Latina, que duele —y en donde el poderoso pone en nuestras manos tierras y agua envenenada y nos dice: es la tierra que te queda de tu patria vendida.

Porque hoy el poderoso nos enseña sus normas y reglas:

Donde había estudiantes, hoy hay desaparecidos y fosas.

Donde había tierras, hoy hay un futuro aeropuerto.

Donde había mujeres trabajando, hoy muertas y desaparecidas.

Donde había campesinos trabajando sus tierras, hoy migrantes y pueblos fantasmas.

 

El poderoso impuso su ley:

En lugar de trabajo, desempleo.

En vez de casas dignas, cárceles para los miserables.

En vez de libros, balas.

En vez de democracia, reality shows.

En vez de futuro, subordinación a las leyes del mercado.

Y el poderoso, desde arriba, nos dice: no luches, no vale la pena; no marches; no grites; mejor compra en El Buen Fin.

Pero, hoy como ayer, es el mismo que nos oprime, nos explota.

Pero, hoy como ayer, es el mismo que nos pretende callar de la única manera que sabe —es decir: asesinando. Ayer, Acteal; hoy, Ayotzinapa; mañana, ¿quién?

Pero, hoy como ayer, quien desaparece, quien mata, quien entierra, encarcela, traiciona, vende la patria, es el mismo.

Pero, hoy como ayer, a los olvidados, a los que no tienen nada, a los que somos mayoría, pretenden comprarnos con monederos electrónicos y falsas promesas electorales —y nuestro pueblo sigue cargando su historia, su miseria, sus muertos. Y le preguntamos a todas y todos: ¿por qué?; ¿por qué es necesario que exista la muerte para poder vivir?

Pero, hoy como ayer, hay hombres y mujeres que luchan: no importando que mueran para que otros luchen; no importando que sean desaparecidos para que otros sean su voz, su camino rebelde, su rostro.

Hay quienes dicen que el doloroso mes de septiembre abrió el camino para protestar, de unión, de lucha, de esperanza, de rebeldía.

Porque, me pregunto: ¿por qué tuvo que desaparecer Abel García Hernández —que se armó, no con un fusil, sino con su dignidad para exigir sus derechos: no sólo para él, sino de todos, y fue golpeado, torturado y desaparecido, sólo por exigir un futuro mejor?

¿Por qué tuvo que desaparecer Jhosivani Guerrero de la Cruz, que levantó la mano, no para golpear, sino para decir mi escuela tiene carencia, mi comunidad tiene hambre y no tiene tierras donde trabajar, y sólo recibió fuego su corazón?

¿Por qué tuvo que desaparecer Saúl Bruno García, que soñó ser maestro rural para enseñar que se puede construir un mejor mundo, y sólo por soñar no sabemos dónde está? 

Ha sido larga la noche de resurrecciones y, como un volcán, el pueblo está por despertar; ahora más que nunca debemos luchar por nuestra libertad, que es nuestro derecho; por una democracia construida por los de abajo y por una justicia que no tenga precio. 

Para nuestros hermanos de Ayotzinapa, nuestra voz y rostro, nuestros pasos; para su muerte, nuestra vida. Para su palabra, nuestra voz; para su mirada, nuestros ojos, porque ¡vivos se los llevaron, vivos los queremos!

 

Ayotzinapa vive,

la lucha sigue…