LAS ELECCIONES EN BRASIL: LAS DOS CARAS DEL CAPITALISMO

Eugene Gogol

 

La presidenta de Brasil, Dilma Roussef, ganó recientemente una apretada elección (para su segundo periodo presidencial) en contra de Aecio Neves, líder conservador y defensor del libre mercado. De ese modo, el Partido de los Trabajadores (PT) —primero con Lula Da Silva y, ahora, con Roussef— ha ganado su cuarta elección presidencial consecutiva. Sin embargo, si bien el primer triunfo de Lula fue recibido con gran entusiasmo —ya que significaría un cambio fundamental en la trayectoria desarrollista de Brasil—, la apretada victoria de Roussef es el claro reflejo de la gran decepción que las masas brasileñas han experimentado en tiempos recientes. Más aún: de hecho, este proceso electoral no implicó sino “optar” entre dos formas de capitalismo: el neoliberal, con su fe en el “libre mercado”, y el asistido por el aparato estatal —tendiente hacia un capitalismo de Estado.

Este último, el capitalismo desarrollista tutelado por el Estado —especialmente, por el trust de burócratas-empresarios que es el Partido de los Trabajadores, el cual actúa en coordinación con compañías privadas y, sobre todo, con estatales— es el que ha predominado en Brasil en los últimos años —y con resultados aparentemente incuestionables. En efecto: Brasil es ahora la séptima economía más grande del mundo (si tomamos en cuenta el tamaño de su PIB). Asimismo, la administración del PT se ha caracterizado por promover el incremento de la producción agrícola para el mercado global, así como la acelerada extracción y producción de petróleo —pero, también, por la explotación irresponsable de la región amazónica. Ciertamente, durante los dos periodos presidenciales de Da Silva, el índice de pobreza disminuyó radicalmente —ya que la economía brasileña creció de forma muy significativa, y una parte importante de los recursos financieros fue usada para combatir la pobreza. No obstante, todo ello ocurrió a costa de una intensificación en la acumulación del capital —necesariamente destructiva. Es verdad: el número de personas que vive en condiciones de extrema pobreza ha decrecido; sin embargo, esto no ha cambiado en esencia la situación de desigualdad que subyace a la sociedad brasileña.

Por otra parte, la relación de Brasil con su vecinos sudamericanos —desde hace décadas entendida como la posibilidad de un sub-imperialismo en desarrollo— hoy se ha convertido en un imperialismo pleno: Brasil devora los recursos naturales y construye presas para generar energía hidroeléctrica en otros países —aunque para su consumo propio—; de igual manera, los granjeros ricos de Brasil hoy laboran en la frontera paraguaya.

No obstante, es al interior del país —donde el capital, ya público o privado, tiene el control de la situación— en donde podemos apreciar claramente las contradicciones del así llamado “gobierno progresista” del PT: es dentro y no sólo fuera de Brasil donde la inconformidad y la rebeldía se hacen presentes. Las protestas masivas de junio de 2013 en contra del aumento en las tarifas del transporte público, llevadas a cabo en cientos de ciudades, constituyen un excelente indicador de la inconformidad de las masas con el gobierno[1]. Finalmente: el hecho mismo de que la administración del PT se encuentre tan cercana a las formas del capitalismo neoliberal pone en cuestión incluso la idea, defendida por muchos, de que exista una alternativa genuina para el desarrollo del capital en Brasil.

 

Trad. Héctor M. Sánchez



[1] Ver “Brazil’s uprising”, en News and Letters, <http://newsandletters.org/july-august-2013-issue-of-news-letters-is-now-online/> [1 nov. 2014].