JULIETA PAREDES Y EL FEMINISMO COMUNITARIO

 

Raquel Vázquez

 

El día 28 de septiembre de este año, se llevó a cabo en la sede del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana (SITUAM) una charla con Julieta Paredes, indígena aymara de Bolivia e integrante del movimiento Feminismo Comunitario.  Encuentro muy significativo que la charla haya comenzado remontándose al año 1789 en Occidente, año de la Revolución Francesa, cuyo documento Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano recoge el espíritu liberal que se opone a la monarquía y marca a su vez el tránsito a la edad contemporánea. Posteriormente,  el surgimiento de la Comuna de París no podría haber iniciado sin la participación decidida de las mujeres en el año 1871[1]1; este proceso revolucionario nutre las ideas de pensadoras como Olympe de Gouges, las cuales quedaron plasmadas en el documento Los derechos de la mujer y de la ciudadana. Con estos antecedentes, no es raro que, para algunos sectores de la academia y el feminismo institucional o burgués, la idea de la liberación de la mujer como movimiento sea de cuño occidental. Para situarnos desde una perspectiva concreta, como es el caso de Bolivia, los aportes del feminismo comunitario van en ese sentido: el situarnos desde nuestra realidad como mujeres latinoamericanas. Visto así, entonces, enfrentamos distintos desafíos en relación con el contexto social e histórico de Occidente; por lo tanto, para las feministas comunitarias justamente el acto de descolonizar el feminismo es un acto que creen necesario, como ruptura epistemológica[2]: reconocer que las feministas en todas partes del mundo están llenando de su propio contenido y de sus propias historias y memorias la lucha de las mujeres, considerando que Occidente no inventó la lucha feminista, sino que lo han hecho de manera simultánea mujeres de diversas culturas a lo largo y ancho del mundo en distintas épocas.

Para las mujeres bolivianas que son parte del feminismo comunitario, la construcción de este movimiento es resultado de un diálogo, sobre todo filosófico, porque el feminismo no se reduce a ideas simples que puedan caer en el dogmatismo o la incomprensión; por eso consideran que la construcción de un feminismo comunitario es una tarea en la cual participan también los hombres. Julieta Paredes contesta a la pregunta que seguramente se hacen muchos, ¿para qué nos sirve el feminismo comunitario?, señalando que las mujeres no son un objeto, no son teoría, y añade a continuación (citamos textualmente): “son una acción revolucionaria que se nombra, y es esta acción revolucionaria  que aspira, como reflexión, a convertirse en práctica tanto de hombres como de mujeres. Julieta Paredes hace énfasis al afirmar que el feminismo comunitario no es teoría, afirmación con la que no estoy de acuerdo: ¿cómo entonces explicar el trabajo en relación a las ideas que han expresado las mujeres del feminismo comunitario en un diálogo que considero filosófico y que están expresadas en el libro escrito por Paredes: Hilando fino desde el feminismo comunitario? Para el movimiento de liberación femenina, la importancia de las ideas que hemos ido recuperando a través del tiempo, para que el feminismo sea un movimiento revolucionario en transformación permanente,  desde que el feminismo pasó de ser idea a movimiento, ha sido crucial y representa en los mejores casos un feminismo real y no academicista. Considero que toda idea escrita y hablada (presente a través de un diálogo), que recupera el conocimiento y rompe la barrera del tiempo y del espacio (pero además es compartida) con respecto a una determinada geografía y territorio, es una forma de teoría; habrá que considerar, entonces, qué forma de teoría es, qué ruta epistemológica ha seguido y el lugar desde el cuál se genera.

Julieta habla también sobre lo que las mujeres bolivianas han ubicado en su contexto histórico como el entronque patriarcal: en Bolivia, previo a la colonización de 1492, ya existía un patriarcado, a pesar de la concepción que se tenía del par complementario[3] o chacha-warmi[4] (hombre-mujer) —ya que, consideran ellas, era una concepción jerárquica y machista, que colocaba a las mujeres en un estrato inferior, social y cultural con respecto al lugar y privilegios que tenían los hombres, lo cual se agudiza a partir de 1492 con la colonización de América. Este entronque y fusión del patriarcado occidental con el que ya existía afectó y sigue afectando profundamente la situación de las mujeres, pues es éste el que hegemoniza la participación social y la organización política, volviéndose un limitante para los propios retos que enfrentan los pueblos en lucha.

Es muy importante recalcar la manera en como las feministas comunitarias se piensan a sí mismas en relación con los hombres y sus comunidades. Uno de los hilos conductores es la memoria: han reflexionado sobre su historia de explotación y opresión; han determinado su lugar con respecto a un espacio social, geográfico y de pensamiento: el lugar desde el cuál se genera el pensamiento, las ideas y el conocimiento es desde los pueblos —ya que juntos, tanto hombres como mujeres, sufren el exterminio de un sistema racista, patriarcal y neoliberal: no sólo somos las mujeres, ya que la imposición sobre los roles de género afecta a todas y todos por igual. Posicionarse desde los pueblos implica el reconocimiento de una memoria de resistencias comunitarias.

Julieta Paredes lleva el diálogo al tema del género: para las feministas comunitarias, el género es una cárcel, ya que la relación que se establece con nuestro cuerpo en relación al género es una relación carcelaria que nos oprime y que no permite a los cuerpos existir en plenitud conforme a sus propias identidades afectivas, erotismos y convivencias cotidianas. Por eso, consideran que la lucha feminista no es una lucha de género, ni su tesis principal el “ser iguales a los hombres”, o equipararse en derechos a ellos. La lucha feminista comunitaria va más allá de todo esto: se nombran como feministas comunitarias porque desde la comunidad, tanto hombres como mujeres, unidos, confrontan al machismo como sistema patriarcal.

Para las feministas comunitarias, el cuerpo tiene también un significado histórico y político. Como lo dice Julieta: desde este cuerpo las mujeres se posicionan ante las tareas revolucionarias; es por esto que ella separa de manera muy concreta palabras que se relacionan pero que no significan lo mismo: cuerpo, género, sexo y genitalidad. Algunas  preguntas que me inquietan y me surgen ante esta reflexión son las siguientes: ¿qué estamos entendiendo a través de estos conceptos?; ¿qué hay más allá de estos cuerpos que se han construido con las directrices hegemónicas, pero nunca de acuerdo a sus propias necesidades?; ¿son una imposición que podemos destruir —pero, al mismo tiempo, podemos construir un nuevo cuerpo histórico y político que represente una nueva forma de relaciones y que sea un abierto desafío a un sistema hegemónico, neoliberal y patriarcal?; ¿qué relación tienen estos conceptos (cuerpo, género, sexo y genitalidad ) con la violencia como acto de poder, con los feminicidios que dejan de ser un foco en Ciudad Juárez y que ahora se extienden a diversas partes del territorio nacional mexicano? Estas preguntas van en el sentido de vislumbrar y concebir, como Julieta dice, un movimiento —es decir, todo aquello que genere un cambio.

Para las feministas comunitarias, el feminismo se ve representado de manera general y abierta en la lucha de cualquier mujer en cualquier parte del mundo, y éste representa un camino de conocimiento que nos puede convocar, que puede crear comunidad. No cabe duda que hay un reconocimiento de los movimientos desde abajo que se niegan a ser suplantados por organizaciones no gubernamentales (ONG), por intereses de clase o de partidos políticos. En la experiencia boliviana, las mujeres llegaron a la conclusión de que las organizaciones no gubernamentales, desde una visión clasista y racial (además de usurpar una representatividad que no tenían ante organismos internacionales), gestionaron apoyos, programas y leyes de segunda[5] para mujeres de segunda —pues es en esa categoría donde las ONG ubican a las mujeres indígenas y a las mujeres pobres.

Julieta nos comenta sobre el tema de la institucionalidad (cualquiera), en este momento concreto en Bolivia, que, al menos por parte de las mujeres, es un lugar que se reconoce sólo para transitar a las utopías; para ellas, las instituciones son transitorias y el fin posterior es que se autodestruyan como resultado del diálogo, la reflexión, la organización y la movilización de los pueblos. Considero que es el tiempo de un nuevo feminismo fuertemente marcado por intereses de clase, una categoría donde nos reconocemos de manera firme; sin embargo, no es lo principal: lo principal es el surgimiento de nuevos caminos hacia la liberación, en un diálogo abierto y filosófico que nos impida caer en el reduccionismo de ideas. La liberación de la mujer, la razón de las luchas feministas descansan en una filosofía: es decir, más allá del cuerpo, del género, el sexo y la genitalidad, como lo señalaba Julieta Paredes. Considero que es necesaria esta filosofía para volver la mirada hacia una nueva dimensión de la lucha feminista, como lo han hecho diversos movimientos en América Latina (por ejemplo, el zapatismo).

En diversas geografías, las mujeres se oponen a seguir siendo pobres, explotadas o vistas como objeto de estudio por parte de la academia; las mujeres se reconocen a sí mismas, como diría Raya Dunayeskaya, en tanto pensadoras, como fuerza y razón[6] de los movimientos políticos y sociales. Así nos lo muestra esta propuesta política de feminismo desde Bolivia, resultado de una serie de reuniones entre comunidades indígenas y rurales, así como de las comunidades que se encuentran en la ciudad —tanto indígenas que han migrado a las ciudades, como mujeres que consideran importante dialogar sobre el tema del feminismo, pero abordado desde su espacio (que, aunque es urbano, lo asumen también como una comunidad). La actitud de los movimientos de liberación femenina desde hace muchísimo tiempo no es de espera, ni de obtener el reconocimiento por parte de las instituciones oficiales, ni de que los cambios lleguen finalmente como acto de voluntad y condescendencia de los propios compañeros de lucha, sino que están creando una nueva forma de relaciones humanas; están creando comunidad: una comunidad que no excluye la individualidad, sino que más bien se reafirma como parte de ella. Necesitamos crear comunidad para romper el aislamiento de nuestras opresiones.

Por último, no me queda más que recomendar ampliamente la lectura del libro Hilando fino desde el feminismo comunitario, escrito por Julieta Paredes, ya que ahí se encuentra la razón filosófica de ser de la propuesta del feminismo comunitario. En el libro se profundiza sobre el contexto boliviano: cómo es y cómo ha sido su relación con las instituciones y cómo se miran desde su historia, así como la idea del tiempo que finalmente llega para ser, pero siempre en relación a la comunidad. De manera muy clara describe los conceptos teórico-prácticos y cómo han llegado a ser categorizados para determinar un campo de acción —de manera que se articulen entre sí y esto las lleve a un movimiento dialéctico que se construya desde los pueblos.



[1] Dunayevskaya, Raya, Marxismo y libertad. Fontamara, México, 2007, p. 126.

[2] Paredes, Julieta. Hilando fino desde el feminismo comunitario. Cooperativa El Rebozo / Zapatéandole / Lente Flotante / En Cortito que’s pa Largo / Alifem, México, 2014.

[3] Idem.

[4] Idem.

[5] Idem.

[6] Dunayevskaya, Raya. Liberación femenina y dialéctica de la revolución. Fontamara, México, 2003, p. 27.