EL SIGNIFICADO DE LAS PROTESTAS EN HONG KONG

 

Bob McGuire

 

Cientos de personas en Hong Kong marcharon a las oficinas de gobierno de la República Popular de China el 9 de noviembre pasado para exigir negociaciones directas con el gobierno —quien estaba planeando una “farsa democrática” para 2017. Los protestantes habían partido de los campamentos multitudinarios instalados desde hacía más de seis semanas en las vías públicas más importantes del país.

Pero, ¿por qué esta acampada? El 31 de agosto, el poder legislativo de China había anunciado que las elecciones prometidas para 2017 se realizarían únicamente con la participación de candidatos seleccionados por el Consejo Legislativo. Poco antes, el movimiento Ocupa Hong Kong con Paz y Amor había organizado ya protestas para dejar en claro que, ante cualquier intento de ponerle límites a los procesos democráticos, ofrecería resistencia. De igual forma, los estudiantes en Hong Kong habían llevado a cabo, entre el 22 y el 27 de septiembre, boicots promovidos por la Federación de Estudiantes de Hong Kong —entre otras organizaciones.

Luego del anuncio del Consejo Legislativo, los manifestantes comenzaron a bloquear vías públicas y plazas en Mong Kok, Causeway Bay y el Centro Cívico: su protesta ha llegado ya al segundo mes. En este tiempo, han sufrido repetidos ataques de la policía —e, incluso, arrestos. Por otro lado, es el uso de sombrillas para protegerse del gas lacrimógeno el que le ha valido a este movimiento el nombre de Revolución de los Paraguas. Cada vez que la policía ha desalojado a la gente de algún sitio, ésta ha vuelto a montar barricadas en el mismo punto —una vez que la policía se hubiera marchado.

La dominación de clase en Hong Kong —contra la cual cientos de miles se han manifestado— está sostenida por un grupo de oligarcas financieros protegidos por China —en tanto inversionistas estratégicos en esa metrópolis. De hecho, para mostrarle su oposición a la Revolución de los Paraguas, los grandes empresarios organizaron una contra-protesta —con tenderos y taxistas como carne de cañón. No obstante, se vieron en una situación muy embarazosa cuando se descubrió que, los supuestos “ciudadanos” que habían agredido físicamente a los protestantes, eran en realidad matones de la Sociedad Triad contratados por ellos.

Por su parte, el gobierno de Xi Jinping en Beijing ha declarado que las protestas en Hong Kong son parte de una “oleada revolucionaria”; asimismo, ha culpado al imperialismo británico y norteamericano por fomentar desde el exterior estas revueltas. A su vez, la condena implícita a los movimientos revolucionarios —desde Irán hasta Ucrania y de Túnez a Siria— evidencia claramente el temor del gobierno chino (justificado, por lo demás) ante la posibilidad de una revolución al interior del país.

Más aún: las huelgas se han duplicado en China desde el año anterior, cuando una oleada de paros detuvo la producción en las fábricas de autos y de aparatos electrónicos. Los trabajadores han hecho huelgas para exigir mejores salarios y prestaciones, para oponerse al outsourcing, para protestar por cierres de plantas y por su derecho a formar sindicatos independientes a los de la Federación Nacional de Sindicatos de China—naturalmente, controlada por el aparato estatal. En respuesta, la policía arrestó ominosamente a siete líderes de una huelga en una fábrica de zapatos —lo que auguraba más actos represivos—; al mismo tiempo, el gobierno contrató matones —los cuales han sido normalmente usados para sabotear los paros de trabajadores en China.

En 1984 —mucho antes de que China se hubiera convertido en una de las mecas de mano de obra barata, así como en la segunda economía de capital privado a nivel mundial; mucho antes, también, de que los billonarios empezaran a ser reclutados por el Comité Central del Partido Comunista—; en 1984, decíamos, Deng Xiaoping pudo negociar con Margaret Thatcher el regreso de Hong Kong a manos chinas —lo que no ocurrió sino hasta 1997. Ambos funcionarios acordaron una política denominada “un mismo país, dos sistemas”, la cual incluía garantizarle ciertos derechos a los ciudadanos —pero, sobre todo, al capital invertido en Hong Kong, ya que Deng estaba empeñado en crear más “zonas económicas especiales”, erigidas exclusivamente con capital extranjero.

Sin embargo, la frontera que separa a Hong Kong del resto de China —desde que el imperialismo británico se apoderó de Hong Kong en 1842— no ha podido impedir el cruce de ideas libertarias. En 1925-26, por ejemplo, el proletariado chino sostuvo una huelga general de más de un año —como parte de una campaña anti-británica llevada a cabo por todo el este de China—; hasta el día de hoy, dicha huelga es recordada en Hong Kong. Más tarde, en mayo de 1967, el asesinato de un huelguista por parte del gobierno de Hong Kong suscitó una gran revuelta entre los jóvenes desempleados que habían huido de la China de Mao. Esta rebelión, de hecho, es comparable a la que la juventud afroamericana en Estados Unidos estaba llevando a cabo en ciudades como Watts y Detroit en ese mismo momento. Por otra parte, los líderes locales del Partido Comunista —que, hasta entonces, habían “dirigido” la huelga general— no lograron ejercer ninguna influencia sobre los jóvenes rebeldes —ya que, dos días antes de la explosión de dicho movimiento, habían tratado de disuadirlo.

Sí, “un mismo país, dos sistemas” —pero esto también abrió la posibilidad de que los habitantes de Hong Kong se hayan solidarizado con China este 4 de junio, cuando cerca de 180,000 personas conmemoraron las masacres del 4 de junio de 1989 en la Plaza de Tiananmén y Chengdu. El miedo que puede sentirse en Beijing, donde los capitalistas y el Partido forman parte de una misma unidad, se debe naturalmente a que las protestas contra la dominación de clase en Hong Kong podrían cruzar la frontera y, así, impulsar la ya de por sí existente rebeldía entre los trabajadores y los campesinos chinos.

 

Trad. Héctor M. Sánchez