EL NUEVO AEROPUERTO INTERNACIONAL DE LA CIUDAD DE MÉXICO: LA GUERRA EN CONTRA DE UN PROYECTO AUTOGESTIVO DE NACIÓN

 

Héctor M. Sánchez

 

Pero vuela, pero vuela,

vuela, vuela, sin parar:

la tierra es un paraíso

que nadie sabe cuidar.

 

La guacamaya, son jarocho

 

El 3 de septiembre de 2014, el gobierno mexicano le dio oficialmente el banderazo a la construcción del nuevo aeropuerto internacional de la ciudad de México, un proyecto que habría sido iniciado en 2006 —pero que, gracias a la resistencia, sobre todo, de los pobladores de San Salvador Atenco, unidos en el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), fue echado para atrás. Hoy, ocho años después, el proyecto ha sido retomado —en la misma ubicación y con las mismas dimensiones (si no es que mayores) en que pensaba realizarse la vez anterior. ¿Qué ha sucedido, entonces? ¿Qué significa este nuevo embate del Estado y del capital? ¿Cómo, a partir de las condiciones objetivas (sus estructuras económico-materiales) y subjetivas (la represión política y cultural) del capital, se genera su opuesto: las tendencias democráticas de las masas y su voluntad y capacidad para dar origen a un nuevo modo de producción y de relaciones humanas? ¿Cuál es el sentido que este nuevo mundo habría de tener? En el siguiente texto, planteamos ciertas directrices que permiten “abrir un poco de luz” sobre estos distintos cuestionamientos.

 

Algunos datos

El nuevo aeropuerto de la ciudad de México sería construido a las afueras de la zona oriente de la ciudad, entre los municipios de Atenco, Ecatepec y Texcoco (ya en el estado de México), justo sobre los sedimentos del lago que le ha dado nombre a este último municipio. Tendría una extensión de cerca de 4,430 hectáreas, lo que equivale a siete veces el tamaño del Bosque de Chapultepec (incluyendo el espacio ocupado por el Museo Nacional de Antropología e Historia). Su construcción está pensada en dos fases: la primera, por realizarse entre 2015 y 2020, incluiría la habilitación de tres pistas (para despegues y aterrizajes simultáneos) y 118 plataformas, así como la puesta en marcha de cerca de medio millón de operaciones anuales, destinadas a cincuenta millones de usuarios; la segunda, todavía de periodo y duración indefinidos, prácticamente duplicaría los alcances de la primera. Por otro lado, la primera fase requeriría una inversión de 170,000 millones de pesos —de los cuales, 100,000 (o sea, el 58%) serían extraídos del tesoro público, mientras que los otros 70,000 (o sea, el 42%) provendrían de la inversión privada. Según las comunicaciones oficiales, este proyecto generará, al estar concluido totalmente (es decir, en diez años o más), 100,000 empleos directos y 500,000 indirectos[1]. Su justificación: la insuficiencia del actual aeropuerto (el cual, hipotéticamente, sería transformado en 2020 en una reserva ecológica), así como la necesidad de promover el “crecimiento económico” y acercar a México un paso más hacia “la modernidad”. Todo esto podría sonar espléndido; sin embargo, ¿es ésta toda la verdad?

 

Proyecto neoliberal vs. proyecto autogestivo de nación

En primer lugar, hay que poner en claro que la construcción del nuevo aeropuerto está muy lejos de solucionar los problemas fundamentales del país —ya que se trata de un proyecto neoliberal más, y no de la edificación desde abajo de un nuevo mundo. Detengámonos entonces, para empezar, en estos dos hechos:

1) se estima que, en México, sólo el 10% de la población (o sea, alrededor de 10 millones de personas) tiene o ha tenido la posibilidad de viajar en avión: ¿cómo, entonces, podría justificarse la existencia de un aeropuerto diciendo que beneficiará al grueso de la población? Más bien, sólo seguirá siendo un valor de uso para las clases medias y altas, con lo cual se acentuará todavía más la brecha económica y cultural entre éstas y la clase trabajadora;

2) para resolver el problema del desempleo en México, tendrían que ser creados ¡1 millón 250,000 empleos anuales! El aeropuerto, en 10 años (o más), apenas podrá generar 600,000 —y, más aún: ¿de qué características y duración serán éstos?

Veamos ahora la cuestión del despojo de tierras, problema consustancial a todo acto de expansión capitalista. Ciertamente, al igual que hace ocho años, el aeropuerto no está planeado para ser construido directamente en el pueblo de San Salvador Atenco, sino en una reserva ecológica ubicada algunos kilómetros al oeste de allí —hoy resguardada por la Comisión Nacional del Agua (Conagua)—; en ese sentido, podría parecer que “no se le va a despojar de su tierra nadie”, como suelen argüir las posiciones gubernamentales; sin embargo, las afectaciones causadas por este proyecto serían bastante profundas —aunque, ciertamente, “no visibles” para todos de manera inmediata. En primer lugar, la fauna y la flora, así como los recursos naturales de la región y sus alrededores, se verán sumamente afectados por las modificaciones que sufrirá el ecosistema—¡y la supuesta construcción de una reserva ecológica en los terrenos del actual aeropuerto no compensará en ninguna medida esta alteración ambiental! La alternativa aquí, sin embargo, no consiste en oponerse al “progreso” en abstracto, sino al tipo de “progreso” planteado por el capitalismo: uno en el que la relación orgánica entre ser humano y naturaleza está totalmente quebrantada. Ante esta situación, un viraje a la cultura y la cosmogonía de ciertos sectores rurales e indígenas, totalmente opuestas al modo de producción capitalista, nos abre la posibilidad de una nueva forma de pensar y actuar en el ámbito ecológico. Ésta se refiere sobre todo, como apuntaremos más adelante, a la cuestión de la defensa de lo común. ¿Cómo desarrollarla?

En segundo lugar: si bien el aeropuerto no estará construido exactamente en San Salvador Atenco, las actividades económicas de sus pobladores (principalmente agrícolas y ganaderas) sí se verán totalmente afectadas —a causa del impacto indirecto generado por el mismo: construcción de nuevas carreteras, centros turísticos y comerciales que bloquearán las rutas de comercio y acceso al pueblo; destrucción de las fuentes acuíferas; contaminación acústica; desestructuración de los mercados tradicionales; abaratamiento de la mano de obra rural, etc. Y, sin embargo, el proyecto quiere, a toda costa, seguir adelante: ¿qué factores objetivos y subjetivos hacen posible —o, por el contrario, se oponen a— esto?

 

Dialéctica del capital y de la lucha social

El capital, so pena de muerte, necesita reiniciar constantemente el “proceso de acumulación originaria”—que, básicamente, se compone de dos momentos: 1) anexión de nuevos territorios (antes no explotados capitalistamente), y, con ello, 2) desposesión de los antiguos propietarios de dichas tierras, los cuales quedan convertidos en mano de obra barata y permanentemente disponible para el capital—; a su vez, esto se traduce en la destrucción y abandono del campo, así como en el crecimiento desmedido de las ciudades y en la ampliación del mercado de trabajo pagado por debajo de su valor —así en el ámbito rural como en el urbano. Todo esto lo lleva a cabo el capital “por naturaleza”, en todo momento —ya valiéndose de la “pura” fuerza económica, ya auxiliado por la fuerza política del Estado. En México —al igual que en el resto del mundo—, hace más de tres décadas que se ha iniciado un proceso sumamente agresivo y sistemático de acumulación “originaria” del capital: el neoliberalismo. Con la nueva administración del Partido Revolucionario Institucional en nuestro país, comenzada en 2012, dicho proceso se ha visto todavía más acelerado: la construcción del nuevo aeropuerto se inscribe plenamente en este contexto.

Ahora bien: ¿qué contradicciones genera esta situación en el seno mismo de los movimientos de resistencia? Muchos de los habitantes de San Salvador Atenco, ante el abaratamiento de sus productos agrícolas y ganaderos —impuesto, a su vez, por el propio capital—, han decidido vender sus tierras (a siete pesos el metro cuadrado, que es el precio que ha ofrecido el gobierno) y emigrar a las ciudades. Como se ve, no se trata de una simple “traición” o “falta de consciencia revolucionaria” por parte de los pobladores de dicha localidad, sino de una compleja situación que está enraizada en factores tanto objetivos (la ley del valor del capital, que desestructura la economía rural y divide a la clase campesina misma) como subjetivos (la falta de un horizonte común de liberación; la represión gubernamental, etc.) A la vez, el Estado ha venido usando a su favor —potenciándolas— todas las contradicciones inherentes al desarrollo capitalista mismo; con ello, ha generado una cierta desmovilización de la resistencia social —ya mediante la compra legal de tierras que pueden ser cedidas al capital, ya mediante la represión y la persecución política directas, cuyo caso más representativo es la masacre del 3 de mayo de 2006.

No obstante, la opresión y la destrucción dan origen, a partir de sí, a su opuesto: la posibilidad de creación de un nuevo mundo. Es por ello que hay un sector muy importante de pobladores de San Salvador Atenco que se mantienen en su lucha: ésta es, en primera instancia, una batalla legal por librar los procesos penales iniciados contra algunos de ellos, así como por mostrar la inconstitucionalidad evidente en el acto de destruir áreas de reserva ecológica federal o de poner a la venta tierras que son de propiedad inalienable (los ejidos); en un segundo momento, sin embargo, tales luchas nos revelan que no se detienen allí, sino que constituyen el primer paso hacia un mundo completamente nuevo. La defensa de lo común, referida a la administración colectiva de la tierra y del trabajo, ha sido una de las banderas más importantes esgrimidas por el FPDT[2]; en ella, por tanto, podemos encontrar el germen de un proyecto autogestivo de nación —no sólo para los pobladores de Atenco, sino para el país y el continente en su totalidad. De allí la importancia de mantener y llevar más allá el vínculo entre teoría (la idea de un mundo nuevo, construido a partir de las prácticas y experiencias mismas de los movimientos de masas) y la práctica (la vida del pueblo, con todos sus deseos y reivindicaciones —que son en sí mismos una forma de teoría—); este vínculo permitirá no sólo hacer más grande en extensión y profundidad los movimientos de resistencia, sino congregar a todos los actores sociales que, desde sus distintos frentes y a sus respectivos tiempos, luchan por el mismo propósito: la destrucción del capitalismo y la construcción de nuevas formas de producción y de relaciones humanas —no clasistas, no racistas, no sexistas…

Pobrecita guacamaya,

¡ay qué lástima me da!;

¡ay qué lástima me da!,

pobrecita guacamaya.

Se acabaron las pitahayas,

¿ahora sí que comerá?;

pobrecita guacamaya,

¡ay qué lástima me da!

 

Pero vuela, vuela, vuela,

Vuela, vuela sin tardanza:

Que mientras la vida dure,

lugar tiene la esperanza.

 

México, D.F., a 15 de octubre de 2014



[1] Todos estos datos pueden consultarse en “El nuevo aeropuerto de la ciudad de México”, en El Economista (6 sep. 2014), <http://eleconomista.com.mx/infografias/2014/09/06/nuevo-aeropuerto-ciudad-mexico> [15 oct. 2014].

[2] Ver, por ejemplo, el reporte sobre el Encuentro y Jornadas Nacionales de Defensa de la Tierra, el Agua y la Vida, llevado a cabo los días 16 y 17 de agosto de 2014 en San Salvador Atenco, poco antes de que se anunciara oficialmente el reinicio del proyecto de construcción del nuevo aeropuerto, en Mauricio Vásquez Techichil, “Se reúnen más de 112 organizaciones contra el despojo nacional en Atenco”, en Desinformémonos. Periodismo de abajo, 18 ago. 2014, <http://desinformemonos.org/2014/08/se-reunen-mas-de-112-organizaciones-contra-el-despojo-nacional-en-atenco-somos-el-medio-180814/> [19 ago. 2014].