MAESTRO COMBATIENTE. LA EDUCACIÓN ROMPE CUALQUIER YUGO

 

Francotirador

 

Mientras yo esté vivo los indios serán dueños de sus tierras; si me matan, dile a los muchachos que, con sus armas en las manos, defiendan sus ejidos…

Emiliano Zapata

 

¿Qué es lo que queda de una vida humana?, me pregunto mientras camino en la marcha contra la reforma educativa. Poco o mucho, respondo. Conforme  avanzo, miro rostros que me responden con su desilusión, con desesperanza, con molestia, con puños apretados.

Pero estos rostros y miradas defraudadas son el resultado de su pobreza —porque estas miradas y rostros cansados gritan en silencio sus desalientos reflejados en la escuela secundaria de sus hijos, Felipe Ángeles Ramírez, la cual no cuenta con la infraestructura para darle a la mayoría de los alumnos una educación adecuada.

Esta secundaria ofrece educación con su mayor esfuerzo: con grupos de 70 alumnos cada uno; con sillas insuficientes para que el alumno se siente a dialogar con su maestro; sin agua para los baños; en ocasiones, sin luz en los salones. Todos los maestros combatientes de esta escuela improvisan laboratorios de química y física para que los alumnos aprendan los conceptos de velocidad, distancia y tiempo de una manera práctica.

Y, en ese seguir mirando rostros y miradas cansadas, se dibuja su perfil como algo extraño, como misterio, como víctima, como acusando a todas y todos por su silencio, que es cómplice de su muerte y olvido —esa muerte que se ha convertido en sombra, en su abrigadora cuando el hambre y el frío tocan en sus casas; ese silencio que los ha encadenado al olvido en el último rincón del Estado de México.

Si no aprendemos a mirar y mirarnos, a entender y entendernos, ¿qué caso tiene?, ¿qué sentido tiene preguntarnos…?

¿Por qué luchar?

¿Dónde luchar?

¿Para qué organizarnos?

 

¿Por qué gritar al silencio convertido en olvido, muerte y traición?

Lo importante de mirar esos rostros y miradas cansadas es no perder de vista su dignidad, su valor y su coraje, su miseria convertida en un fusil y su palabra transformada en balas que rompen las vallas impuestas por el poderoso —ese poderoso que responde con su indiferencia, diciendo no valen, qué importa que sean muchos.

Pero los dignos también contestamos con nuestros corazones llenos de lucha, de furia, de esperanza que no tiene precio en el mercado.

Aunque, para el poderoso, el trabajador que lucha sólo es un ladrón, un flojo, una epidemia que hay que erradicar… con mano dura.

Pero esos luchadores nos han enseñado que nuestra lucha se cimienta desde abajo; nos han enseñado a ser  rebeldes, a ser desobedientes, a no rendirnos, a morir para que otros sigan luchando, por la dignidad, por la salud, por la vivienda, por la educación… porque una educación revolucionaria es verdadera siempre y cuando se cumplan los derechos de cada niña, niño, joven a estudiar de una manera laica y gratuita, en una escuela que cuente con todos los servicios.

Sin educación, no se puede construir la concientización, y es urgente edificar una gran revolución educacional; sin embargo, el maestro que lucha ha sido satanizado por luchar y es convertido en criminal —porque, ahora, educar por la dignidad es sinónimo de “delincuencia”—; y este maestro enseña luchando y combatiendo no sólo por sus derechos, sino también por los derechos de todos y todas… también lucha por una educación que transforme la conciencia.

La reforma educativa es de orden diabólica y caótica; ha vendido a la educación y ha convertido al maestro en agente de ventas y, a la alumna, alumno, en un comprador —pero no todos pueden comprar… y ésos que no podremos comprar seremos condenados al último escalón de este México de varios pisos.

Nuestra primera enseñanza como profesores es marcar el camino para una revolución educativa, la cual genere y garantice a las niñas, niños, todas las oportunidades de estudio.

Porque este mundo capitalista nos ha sometido a una dictadura invisible, donde el pobre es un criminal y, el desempleado, un fantasma; en donde el homosexual y la lesbiana son una epidemia y, la niña y niño de la calle, una carga; los y las jóvenes son futuros guerrilleros que hay que asesinar y, la injusticia, el justo castigo que merece la ineficiencia.

 

¡Educación o muerte!