La Segunda Internacional, de 1889 a 1914*

 

Raya Dunayevskaya

 

Lo que en Kant es un resultado, sirve como comienzo inmediato de este filosofar y con eso se corta a sí mismo anticipadamente el camino que lleva a la elaboración previa, de la que deriva aquel resultado, y que es un conocimiento filosófico. La filosofía kantiana sirve así como almohada para la pereza del pensamiento, que se tranquiliza, afirmando que ya todo ha sido demostrado y arreglado.

Hegel[1]

 

La muerte de la Primera Internacional ocurrió poco después de la derrota de la Comuna de París. Los años subsiguientes a la “Gran Depresión” parecían amenazar la existencia de las organizaciones de la clase obrera. En Norteamérica, por ejemplo, la severa crisis de 1873 significó el colapso de las Ligas por las Ocho Horas. Sin embargo, en la década de 1880, la clase obrera en Europa y Norteamérica comenzó a actuar de manera organizada tanto en el frente económico como en el político. La Federación Norteamericana de Obreros [American Federation of Labor], en su congreso de diciembre de 1888, en San Luis, decidió lanzar el 1 de mayo de 1890 una campaña de huelgas simultáneas en todo el país. El plan era concentrarse en una sola industria con el apoyo financiero de los obreros de todas las demás fábricas, hasta que se ganara la batalla. A cada industria le llegaría su turno hasta que se lograra la jornada de ocho horas para todos. También salieron delegaciones al extranjero para tratar de convertirla en una lucha internacional.

Aquellos comienzos de la formación de la Segunda Internacional en Norteamérica se han olvidado[2] —y no sólo porque la Federación Norteamericana de Obreros se convirtió después en defensora del “sindicalismo de los negocios”, más que de la lucha de clases internacional. En 1905, cuando surgió la muy militante organización Obreros Industriales del Mundo, apenas tuvo atención de la Segunda Internacional. Esto sucedió no solamente en Norteamérica, donde no había ningún partido marxista establecido; también la socialdemocracia rusa, que se adhería completamente al programa de la Internacional, jugó un papel absolutamente insignificante, pues era pequeña y, cuando estalló la gran Revolución de 1905, incorporando a cientos de miles de personas, el hecho no figuró en la agenda como un punto especial, sucedido entre congresos. En una palabra, la Segunda Internacional fue, de principio a fin, una organización de la Europa occidental, encabezada por la socialdemocracia alemana, que era la organización política de masas de obreros más grande del mundo —y la grandeza en términos de números se hacía valer.

La Segunda Internacional fue establecida el 14 de julio de 1889, en ocasión del centenario de la toma de la Bastilla que abrió las puertas de la gran Revolución francesa. Durante un cuarto de siglo, la Segunda Internacional habría de experimentar un crecimiento sin precedentes, ganarse el respeto de una organización poderosa y representar al marxismo establecido. Súbitamente, y contra el fundamento de su propia existencia como opositora al capitalismo, colapsó ante el desplome de la civilización occidental en el caos de la Primera Guerra Mundial.

Su voto a favor de la obtención de créditos para la guerra significó un cambio total en su postura antimilitarista previa y sus manifiestos antibélicos. Sin embargo, el derrumbe de la Segunda Internacional fue como el desenlace lógico de poderosas fuerzas objetivas.

Con espíritu retrospectivo y un estudio sistemático profundo de la nueva etapa del desarrollo capitalista, Lenin siguió la doble transformación en sus opuestos: 1) de la competencia al monopolio, y 2) de un estrato de la clase obrera a una aristocracia obrera, beneficiada por el exceso de ganancias del imperialismo[3], de lo cual nos ocuparemos en la parte IV [de Marxismo y libertad], intitulada: La gran división en el marxismo. Aquí la clave está en que la lenta contaminación del marxismo, mucho antes del colapso, ha sido ignorada por personas que se llaman a sí mismas marxistas. Las obras de Karl Kautsky, escritas cuando era un “buen teórico revolucionario”, son usadas, hasta el día de hoy, como libros de texto por los llamados teóricos revolucionarios, así como [también] por los reformistas. La metodología de presentar los resultados de los estudios de Marx como si fueran algo que se aprendiera de memoria y desatendiendo el proceso, la relación de la teoría con la historia, pasada y presente, en el desarrollo del marxismo, sigue caracterizando a lo que queda del movimiento marxista[4]. Sin embargo, sin la relación de la teoría con la realidad, el marxismo pierde su significado. El aprender de memoria se convierte, utilizando una expresión hegeliana, en “una almohada para la pereza del pensamiento”. En ninguna parte esa pereza del pensamiento está más enraizada que entre los que se autodenominan teóricos marxistas. La verdad es que lo que ocurrió con la Segunda Internacional fue sólo el primer eslabón de una larga cadena que de ninguna manera se limita a reformistas o a traidores. Es tiempo entonces de comenzar por el principio, a pesar de que “el interludio organizativo” [este capítulo de Marxismo y libertad] deba, por necesidad, ser esquemático.

Engels aun vivía cuando fue fundada la Segunda Internacional y, desde su nacimiento, predijo su fin: “Usted (Karl Kautsky) presenta las cuestiones políticas abstractas en el primer plano y de ese modo oculta las cuestiones más concretas e inmediatas, aquéllas que los primeros grandes acontecimientos, las primeras crisis políticas sitúan en el orden del día”[5]. Esto fue cierto no sólo en lo político, sino en lo teórico del Programa de Erfurt. En su correspondencia con Kautsky, en relación con sus libros Las doctrinas económicas de Karl Marx y el Programa de Erfurt, Engels puso su [el] dedo en la llaga. En su crítica a Kautsky por identificar la falta de planificación con el capitalismo, escribe: “Cuando acudimos a los trusts que monopolizan y controlan ramas completas de la industria, entonces no sólo la producción privada, sino la falta de planificación cesa”. Ahí está resumida, como en una cáscara de nuez, la teoría que dominó a la Segunda Internacional a lo largo de su existencia, tanto a revolucionarios como reformistas. Engels no podía hacer más que criticar y esperar a que los acontecimientos le dieran [la] razón a su crítica; mientras tanto, lo que estaba a la orden del día era la organización sindical y política de la clase obrera. En este aspecto, la socialdemocracia alemana podía mostrar logros suficientes como para impresionar a Engels en sus últimos días.

 

1) Logros de la Segunda Internacional: organización sindical y política del proletariado.

La socialdemocracia alemana era el partido más grande de la Segunda Internacional, tanto en términos numéricos como en estatura teórica. Fue la primera organización de masas del mundo moderno, fundada en 1875 y dirigida por Wilhelm Liebknecht y August Bebel en una especie de fusión entre lassalleanos y marxistas[6]. Karl Kautsky fue su teórico más sobresaliente. En 1887, dos años antes de la formación de la Segunda Internacional, Kautsky publicó Las doctrinas económicas de Karl Marx, [el cual] se convirtió en la versión popular del marxismo. Si bien la reducción de los “principios económicos” de Marx a un catequismo fue hecha sin ninguno de los conceptos filosóficos que los sustentan, compensó esta falta con suficiente locuacidad en lo referente a “la dialéctica”. La Segunda Internacional se convirtió en el heredero oficial de los escritos de Marx y Engels. Nunca publicaron los Manuscritos económico-filosóficos, pero la burda estandarización que hizo Kautsky del marxismo llegó a ser el fundamento para todo tipo de “estudios concretos”: sobre los barrios bajos, la delincuencia juvenil y otros “crímenes del capitalismo”. En 1892, Kautsky escribió el Programa de Erfurt, que también se convirtió en el modelo para todos los partidos socialdemócratas en el frente programático y político.

La palabra clave en la teoría y en la práctica era: organización, organización, organización. Se desarrollaba enteramente en el reino de la diferencia entre las demandas inmediatas y las metas últimas del socialismo. Las metas últimas del socialismo podían esperar; mientras tanto  existía la lucha “práctica”, y en ese campo podían exhibir logros fenomenales.

Durante los doce años de su existencia, la socialdemocracia alemana tuvo que trabajar en condiciones de desventaja bajo las leyes antisocialistas de Bismarck. Sus reuniones y publicaciones estaban prohibidas, sus líderes [eran] perseguidos y muchas veces encarcelados. Las publicaciones se editaban en el exterior y eran introducidas a Alemania de contrabando. Bismarck trató de ganarse a los obreros y alejarlos del socialismo con medidas de bienestar social, tales como seguros de enfermedad y de vejez. Por otro lado, los obreros estaban decididos a construir sus propias organizaciones con sus propios métodos y objetivos; [así,] lucharon por una jornada de trabajo más corta y por mejores salarios, por la educación popular y la libertad de prensa. Seguían multiplicándose a pesar de las persecuciones. Para 1890, cuando expiraron las leyes antisocialistas, fue el Canciller de Hierro el que tuvo que renunciar. En las primeras elecciones libres, la socialdemocracia alemana recibió 1,427,000 votos, o sea el 20% de la totalidad de los mismos. Para 1903, el 25% de la población alemana votó por los socialistas, ganando 81 diputados socialdemócratas para el parlamento (Reichstag). Para 1914, el partido tenía un millón de miembros y otros tres millones de sindicalistas bajo su control.

Éste era sin duda el movimiento socialista más elaboradamente organizado que el mundo había conocido, no sólo en su partido político de masas y en su organización sindical, sino en forma de cooperativas, entre la juventud y las mujeres. Publicaban un impresionante conjunto de diarios, revistas, libros y panfletos. Constituían un mundo en sí mismos: tenían rituales “socialistas” para nacimientos, casamientos, funerales; también patrocinaban el deporte organizado de los viajes y la recreación. Empezaban a creer que su fuerza organizada en, y por sí misma, haría imposible la guerra capitalista y le aseguraría el poder a la socialdemocracia. Cuando el capitalismo “inevitable y automáticamente” cayera, ellos esperaban plenamente tener sus cuadros gobernantes listos para reemplazar a los gerentes capitalistas que estaban haciendo “mal manejo” de las fuerzas productivas, embarcándose en el colonialismo e imponiéndole a la población la carga de los gastos militares.

Esta creencia en la fuerza organizativa, que “automáticamente” aseguraría al mundo contra la guerra, se convirtió en la característica no sólo de la socialdemocracia alemana, sino de toda la Internacional. Por ejemplo, el izquierdista Keir Hardie, fundador del Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña, declaraba en todas las sesiones en donde se discutía el militarismo, que “una huelga de los mineros del carbón en Inglaterra, bastaría para detener las actividades bélicas”. Adler, el austriaco, hablaba de cómo el “crimen de la guerra” podía automáticamente provocar la caída del capitalismo. No había palabras más populares en el léxico de la Segunda Internacional que “inevitable” y “automático”, y todo esto era posible debido a la organización, organización, organización.

Ninguna palabra se usaba con mayor desprecio que “desorganización”. Como fue expresado en un estudio alemán[7], “el trabajador desorganizado se convertía en una especie humana inferior”.

El monopolio era “el capitalismo organizado” y se le consideraba como “la etapa necesaria hacia el socialismo”. Despreciaban no sólo a los pequeños empresarios sino a las grandes masas campesinas —y no sólo a los artesanos, sino también a las grandes masas de obreros no organizados. Ni siquiera “el colonialismo” contra el cual se luchaba era considerado con tanta repulsión como aquello que no estuviera “organizado”. El razonamiento parecía ser el siguiente: los sindicatos organizarían al proletariado en el campo económico, el partido lo organizaría en el campo político y la juventud se organizaría sobre una base antimilitarista[8]. Entonces, cuando hubieran ganado suficientes votos, el mundo sería de ellos.

En la cúspide del desarrollo de la Internacional, en 1907, el Congreso votó por la enmienda antibélica de Luxemburgo y Lenin. No obstante, en este punto [que] es culminante se puede prever el principio del fin de la Internacional. Este Congreso de 1907 fue el primero en efectuarse después de la Revolución Rusa de 1905; sin embargo, ese gran evento no aparecía en su agenda y mucho menos constituía un punto de partida para la teoría.

Los revolucionarios de izquierda (Lenin, R. Luxemburgo, Trotsky) que sí tomaron este suceso como un punto de partida nuevo para su teoría, no le pidieron al congreso que hiciera lo mismo. Ninguno desafió el carácter europeo-occidental de la reunión internacional en los días en que la clase obrera rusa había “tomado al cielo por sorpresa”; ninguno pidió que el punto se incluyera en la agenda; ninguno desafió el predominio del liderazgo alemán en la teoría tanto como en la práctica. R. Luxemburgo, Lenin y Trotsky[9] tenían diferencias fundamentales entre sí. El fracaso de no haber trazado una línea clara entre ellos y las otras tendencias políticas no se debió, sin embargo, a esas diferencias. Todos ellos tenían más conciencia de la afinidad de concepciones con los de la Internacional que de sus diferencias.

El espíritu de 1905 penetró en el congreso sólo en la medida en que resultaba una extensión de la guerra ruso-japonesa. R. Luxemburgo y Lenin propusieron una enmienda a la resolución antibélica a efecto de que: 1) se comprometían a hacer todo lo posible por evitar la guerra por todos los medios, y 2) en caso de guerra, “intervenir con el fin de ponerle término rápidamente y, con todas sus fuerzas, utilizar la crisis económica y política creada por la guerra para remover los estratos más profundos de la gente, con el fin de precipitar la caída de la dominación capitalista”. [Esta enmienda] fue lo suficientemente general como para obtener una aceptación unánime. No hay nada que vincule la etapa específica de la sublevación de los obreros con la etapa específica del desarrollo capitalista como lo hace la teoría marxista. La Revolución de 1905 dio a luz una nueva forma desconocida de organización obrera llamada los soviets (consejos). El hecho de que semejante fenómeno novedoso ni siquiera fuera incluido en la agenda, sólo podía significar una cosa: los teóricos no estaban recibiendo los estímulos de las capas más profundas del proletariado revolucionario. Toda la concepción de teoría, tal y como Marx la vivió, fluía del proletariado como su fuente original. Las luchas concretas de los obreros, en su tiempo, ocasionaron una ruptura en el concepto de Marx [sobre] la teoría —pues no se trata de que los intelectuales deban elaborar “ideas”, sino que, como lo vimos, fueron las acciones de los obreros las que crearon las condiciones para que Marx elaborara la teoría. Nada semejante sucedió como resultado de la Revolución de 1905. Ésta no causó en los teóricos de la Segunda Internacional lo que la de 1861-1871 causó en la teoría de Marx. En ese punto podía advertirse el hecho de que la Segunda Internacional, como organización, estaba comenzando a salirse de los cauces marxistas. A pesar de su adhesión al “lenguaje” marxista, no había ninguna organización de pensamiento marxista.

 

2) El principio del fin de la Segunda Internacional: el soviet, una nueva forma de organización obrera

El primer soviet en Rusia parece haber surgido en mayo durante una huelga general en Ivanovo-Voznesensk, el gran centro textil, doscientas millas al sur de Moscú, y estaba compuesto por delegados obreros de fábricas y grupos informales similares provenientes de todo tipo de industrias. Ninguno de los grupos socialistas clandestinos le prestó mucha atención y, Trotsky, quien pronto habría de encabezar el más famoso de estos soviets, el de San Petersburgo, se encontraba en Finlandia en ese momento. Estaba ocupado escribiendo sobre el posible desarrollo de la revolución rusa, y su teoría de la revolución permanente, elaborada entonces, pavimentó sin duda el camino para su incansable actividad posterior. Pero el soviet, como la forma específica de gobierno de los obreros que era tan absolutamente nueva, no fructificó en dicha teoría.

En junio, después que los cosacos dispararon contra una manifestación obrera en Lodz, Polonia, y aplastaron un intento de insurrección, las grandes huelgas se extendieron a Odesa y los marineros a bordo del acorazado Potemkin se amotinaron. En agosto, hubo una huelga general en Varsovia y se proclamó la ley marcial. En ese mismo mes, hubo una huelga de impresores en Moscú que se extendió a los obreros ferroviarios y postales. En octubre, antes de que el movimiento de las huelgas se extendiera hasta San Petersburgo, se formó un soviet de representantes de obreros para dirigir y coordinar las huelgas. Éste fue el soviet que Trotsky encabezó, al cual se unió, pero que no creó. Lo crearon los obreros y fueron ellos los que buscaron formas socialistas de organización con las cuales colaborar.

La huelga comenzó por los impresores, quienes demandaron una jornada más corta y salarios más altos; luego se extendió. El núcleo del soviet estaba formado por cincuenta imprentas, [las cuales] eligieron a sus delegados y los instruyeron para formar un consejo, uniéndoseles después otros gremios. Éste fue el primer cuerpo electivo de la hasta entonces despojada clase obrera rusa e inmediatamente asumió una autoridad que ensombreció al secular régimen autocrático zarista —hasta el punto que el zar consideró seriamente escapar. El poder, la autoridad y el carácter político de este nuevo consejo se derivaba del hecho de que los delegados representaban a no menos de doscientos mil obreros; es decir: el cincuenta por ciento de todos los obreros de la capital habían tomado parte en las elecciones. Después de otras elecciones subsecuentes, el número de diputados creció hasta quinientos sesenta y el soviet decidió publicar su propio periódico, dado a conocer como Izvestia.

Los obreros exigieron libertad constitucional, mejores salarios y menos horas de trabajo. Era evidente que el soviet de representantes de los obreros era algo nunca antes visto en la historia de Rusia, estando en una escala histórica más alta que la Comuna de París. Nadie sabía entonces que se trataba del ensayo general para 1917; fue considerado como una forma de federación sindical.

La huelga general había alcanzado su clímax en octubre. La consigna principal era la demanda de la jornada de ocho horas y la proclamación de una asamblea constituyente. Los marineros se unieron a los obreros. El Kronstadt se amotinó y, el 17 de octubre, el zar estaba lo suficientemente conmocionado como para acceder a emitir un manifiesto que prometía una constitución, libertades civiles y sufragio universal. Pero, mientras el primer ministro liberal, el conde Witte, preparaba dicho manifiesto, el general Trepov daba órdenes a la policía de “no economizar balas”. Fue entonces que Trotsky se dirigió a las masas: “Ciudadanos, ahora que hemos puesto nuestro pie sobre el cuello de la camarilla gobernante, nos prometen libertad… ¿Es acaso una promesa de libertad lo mismo que la libertad? Nuestra fuerza está en nosotros mismos”.

Los obreros, a través del soviet, habían instituido ciertamente la libertad de prensa al requisar las imprentas para imprimir sus propios periódicos, los de los partidos y grupos socialistas, actuando como si efectivamente fueran un gobierno alternativo. Emitieron permisos para que se hicieran las tareas indispensables; refrendaban las órdenes municipales y mantenían su disciplina propia. El soviet pidió a los obreros imponer la jornada de ocho horas en sus barcos y tuv[o] la fuerza suficiente como para impedir la ejecución sumaria de los líderes del amotinamiento del Kronstadt y, anteriormente, [para] asegurar la amnistía para muchos presos políticos que fueron dejados en libertad. Sólo a mediados de diciembre se atrevió la autocracia a contraatacar y arrestar a los dirigentes del soviet de San Petersburgo.

El soviet de San Petersburgo duró cincuenta días. Durante ese tiempo: 1) se hizo cargo de la huelga política general; 2) proclamó la libertad de prensa; 3) proclamó la jornada de ocho horas e hizo un llamado a los obreros para instituirla, negándose a trabajar más tiempo; 4) organizó la huelga de noviembre en defensa de los marineros arrestados del Kronstadt y de la Polonia revolucionaria, en donde se había declarado la ley marcial; 5) colaboró en la creación de sindicatos y tomó la iniciativa de organizar y apoyar a los desempleados; 6) emitió el Manifiesto de finanzas, en el cual hacía un llamado a la población para que se negara a pagar impuestos; 7) hizo un llamamiento para una asamblea constituyente y para la autonomía de las minorías nacionales, así como para una milicia del pueblo —en vez del ejército permanente. En el curso general de la revolución se le unieron olas de movimientos de liberación de nacionalidades oprimidas.

Ésta fue la única democracia y civilización que Rusia alguna vez había conocido y la brutalidad y la ferocidad con que fue aplastada se debió a que, en tan corto tiempo, había logrado minar considerablemente el odiado régimen zarista. De hecho, cuando los miembros del soviet de San Petersburgo fueron arrestados a mediados de diciembre, el soviet de Moscú llegó a su clímax. Llamaron a una huelga general y los socialistas[10] estaban decididos a hacer de esto el inicio real de una insurrección. Se construyeron barricadas y hubo batallas campales en las calles. La ciudad de Moscú entera estuvo en manos de los revolucionarios por varios días antes de ser sumergida en sangre.

Hoy día, hay filisteos que se ocupan de explicar la definición de la palabra soviet o consejo, [y] tratan de concluir que “si” los obreros rusos hubieran tenido sindicatos (y, por ende, un Consejo de Trabajo y de Gremios), a la palabra soviet nunca se le habrían imputado las connotaciones políticas y revolucionarias que tuvo, olvidando sólo una cosa: los hechos mismos: 1) Ninguna de las “agrupaciones de vanguardia” “invent[ó]” esos consejos, ni los adornaron con fraseología revolucionaria, sino todo lo contrario. Los socialistas en la clandestinidad fueron tomados por sorpresa completamente; [por otra parte,] los bolcheviques tenían sospechas [sobre] estas nuevas formas de organización, [pues temían] que se constituyeran en rivales de su partido marxista; 2) estos consejos fueron la expresión espontánea de las masas populares. Nadie había pedido a los obreros constituir tales organizaciones; nadie había previsto el rol que habrían de jugar. Los mencheviques se unieron a ellos antes que los bolcheviques, pero se unían a lo que ya había sido creado espontáneamente por el proletariado; 3) soviets de representantes de los obreros no era sólo un “nombre” para un Consejo del Trabajo y de Gremios —aunque [éstos] habían surgido de la necesidad de coordinar las huelgas que se extendían [por] toda Rusia a fines de la guerra ruso-japonesa. Las “connotaciones” revolucionarias expresaban el contenido revolucionario natural que se atrevió no sólo a desafiar a la autocracia zarista, sino a actuar como si fuera efectivamente un gobierno alternativo. Años más tarde Lenin resumió el significado de los soviets del siguiente modo:

Estos órganos fueron creados exclusivamente por los estratos revolucionarios de la población, sin leyes ni normas, en una forma absolutamente revolucionaria, como el producto de la creatividad innata del pueblo que se había liberado o se estaba liberando de los grilletes de la policía. Eran precisamente órganos de poder a pesar de su carácter embrionario, espontáneo, informal y difuso en cuanto a la composición y métodos de funcionamiento[11] […]

Ellos (los filisteos) vociferan acerca de la desaparición del sentido y la razón, cuando el examen minucioso de actas parlamentarias llevada a cabo por todo tipo de burócratas y liberales pagados por cuartilla, abre el paso al periodo de actividad política directa de la “gente común”, quienes en su forma simple y directa destruyen inmediatamente los órganos de opresión del pueblo, toman el poder, se apropian de todo lo que se consideraba propiedad de los saqueadores del pueblo —en una palabra, es precisamente cuando el sentido y la razón de millones de despojados está despertando, no sólo a la lectura, sino a la acción, a la viva acción humana, a la creatividad histórica[12].

 

Pero este “sentido y razón de millones de despojados” no sólo no tenía ningún lugar en la teoría de los filisteos: tampoco tenía lugar en la teoría de la socialdemocracia alemana.

La Revolución de 1905 tuvo la “desgracia” de haberse llevado a cabo entre un congreso y otro; “por lo tanto”, no fue incluida en la agenda de 1907. Nadie consideró seriamente el fenómeno del soviet. Rosa Luxemburgo habló de la huelga general y trató de construir su teoría en torno a ese fenómeno. Lenin no hizo nada más que unirse a R. Luxemburgo en una enmienda a la resolución contra la guerra.

La teoría revolucionaria es una tarea difícil: no surge sólo de la buena voluntad, no tiene otra fuente que el proletariado sublevado —las capas profundas y bajas del proletariado que permanecen fieles a su ser revolucionario. “El proletariado, o es revolucionario o no es nada”, dijo Marx a Lassalle. El teórico que no esté impregnado de este concepto hasta el tuétano de sus huesos, estará fatalmente inducido a aceptar la “solución” planteada por los intelectuales radicales —que es, en esencia, una solución burguesa. Lassalle no fue el primero ni el único de los marxistas dispuesto a conformarse con mucho menos que este concepto. La Segunda Internacional, al no compenetrarse con los nuevos impulsos de la sublevación de la clase obrera rusa, necesariamente dejó la puerta abierta a impulsos de las fuerzas opuestas: la producción capitalista. Esto sucedió en 1907; también fue así en 1914 y, ciertamente, la prueba no se limita al fenómeno de traición, sino que incluye al revolucionario Bujarin, [quien buscó] culpar de esta traición a la clase obrera, como clase, a modo de anticipo de la siguiente etapa de desarrollo: el auge de la burocracia después de la Revolución de 1917-1923. En el periodo que siguió a la muerte de Lenin, el trotskismo es un fenómeno a observar. Trotsky se vio obligado a crear una identificación forzada entre el Estado de los obreros y la propiedad estatizada, lo cual violentaba al concepto mismo de socialismo. Las abstracciones han sido siempre el refugio de los ultraizquierdistas y de los idealistas y, como resultado, no pueden llevar la dialéctica a la acción, ni tampoco al pensamiento. En su lugar, estos teóricos crean “nuevos conceptos” [a partir] de sus propias vibraciones cerebrales, distanciadas de la dialéctica del movimiento objetivo y de las aspiraciones subjetivas del proletariado. (Regresaremos a este tema más adelante).

 

3) El fin de la Segunda Internacional: la nueva etapa de la producción capitalista y la estratificación del proletariado

El siglo XX se inauguró con el primer trust de mil millones de dólares: [la Corporación Norteamericana del Acero, United States Steel]. La era del acero siguió a la del vapor. La industria pesada tuvo preponderancia sobre la industria ligera. La producción a gran escala comenzó a tomar nuevas formas: las coaliciones de empresas y los trusts o consorcios; la libre competencia se estaba transformando en su contrario: el monopolio. Con las coaliciones de empresas y los trusts llegó el imperialismo y, con las exorbitantes ganancias imperialistas, tuvo lugar una estratificación de la clase obrera misma entre los aristócratas del trabajo (los obreros cualificados) y la gran masa de obreros mal pagados y no organizados.

Una vez que la Segunda Internacional se aisló de los nuevos impulsos surgidos del año 1905 —no solamente de la Revolución Rusa, sino de la IWW [Obreros Industriales del Mundo; Industrial Workers of The World]; [no sólo] de los países “desarrollados”, sino de la atrasada África y la Rebelión Zulú—, ¿con qué impulsos podían ellos estar en sintonía que no fueran [con] los de los aristócratas del trabajo?

Nadie se equivocó en lo absoluto acerca de la rápida transformación de la Federación [Nortea]mericana del Trabajo, de una organización combativa y militante, a un diluido “sindicalismo de negocios”. Todos, incluyendo a Lenin, fueron confundidos cuando lo mismo ocurrió con los sindicatos alemanes “bajo la influencia socialista” —porque los manifiestos y pronunciamientos seguían apareciendo con toda fuerza y en el lenguaje “tradicional”. En verdad, no fue la socialdemocracia alemana la que “fijó la línea” que los infiltró de cabo a rabo, sino la aristocracia obrera. No podía haber sido de otra manera, ya que sólo esta última tenía una base objetiva y las capas altas de la clase obrera empezaron a tener una participación en las ganancias excesivas del imperialismo alemán.

Mientras Marx hablaba del “aburguesamiento” de una parte del proletariado británico y de la necesidad de ir a las capas “más bajas y profundas” de la clase obrera, los líderes de la Segunda Internacional dijeron: “dado que” sólo hay un proletariado, “por lo tanto” debe haber sólo una socialdemocracia en cada país. Mientras Marx escribía: “el proletariado, o es revolucionario o no es nada”, Bernstein escribió que, para él, “el movimiento” (es decir, el Partido Socialista) lo era todo y “el socialismo nada”.

Esa declaración fue burda y “revisionista”, y no sólo caracterizó a los revisionistas, que eran una minoría, sino a los marxistas “ortodoxos” que constituían la mayoría. En efecto, la socialdemocracia alemana nunca fue capaz de establecer una línea tan clara en contra de la derecha como lo hizo en contra de la ultraizquierda. Los anarquistas fueron expulsados en 1896 —mientras que los revisionistas no sólo no fueron expulsados, sino que no se les censuró y se les permitió seguir siendo dirigentes con autoridad, corrompiendo [así] a todo el partido[13]. Cuando Bernstein criticó y revisó el análisis de Marx de la ley del movimiento de la sociedad capitalista, estaba siendo sólo el ejemplo más visible de aquello que estaba corrompiendo el corazón mismo de la socialdemocracia alemana en su proceso de adaptación al medio capitalista.

No sólo Berstein, sino los teóricos ortodoxos —desde Kautsky, que escribía teoría “pura”, hasta Hilferding, quien realizó el estudio concreto titulado El capital financiero— , dieron expresión precisamente a esta nueva estratificación de la clase obrera. Esto pasaba por ser “teoría marxista”; sin embargo, El capital financiero, de Rudolf Hilferding, difícilmente se distingue del estudio liberal El imperialismo, de Hobson. Ambos son igualmente pedantes y [están] llenos de estadísticas. El libro de Hobson, escrito en 1902, es una obra pionera en su rama. El de Hilferding, escrito en 1910, es una continuación de aquél con “conclusiones socialistas”. Hilferding se pronuncia “a favor de” la dictadura del proletariado, pero el proletariado en ambos estudios es sólo una masa inerte. En efecto, el libro de Hilferding describe el control monopolista como si superara a la anarquía, en vez de profundizar [en] las contradicciones del “control” y la “anarquía del mercado”. Sus concepciones teóricas presentan un suave y bien engrasado mecanismo de los acontecimientos. La contradicción ha sido eliminada. Así como el capitalismo monopolista impuso el “orden” al mercado nacional, del mismo modo, arguye él, los obreros “tomarán las riendas” y traerán el orden a la anarquía del mercado internacional.

Todo se organizaría. Los sindicatos manejarían la industria mientras que el partido político tomaría a su cargo el aparato estatal. Ya no tiene ningún sentido romper las cadenas de la omnipresente maquinaria capitalista, ni tampoco existe la más leve idea de que “la dictadura del proletariado” o “los obreros organizados como clase gobernante” significa la reorganización total de las relaciones de los hombres en el momento de la producción por los hombres mismos. La suposición fundamental parecía ser que un cuadro de dirección (los organizadores del trabajo) reemplazaría a la oligarquía financiera y haría, en el plano internacional, lo que la burguesía había hecho sólo a nivel nacional.

Lo único que les faltaba en su esquema de capitalismo organizado sin “grandes guerras” era la dialéctica de los “incidentes” menores, desde la división imperialista de África hasta la gran fusión balcánica. Estaban ciegos ante la necesidad interna y el impulso expansionista del imperialismo, [así como] ante el colapso irreconciliable de la civilización occidental. No podía ser de otra manera, ya que lo que faltaba [en] el concepto “monopolizado” de la “socialización de la producción” era la fragmentación del trabajador, [la cual lo convierte] en [el] engranaje de una máquina: la realidad del progreso capitalista como una deshumanización. La socialdemocracia alemana había llegado a ser parte del organismo mismo del “capitalismo progresivo” y estaba destinada a caer junto con él.

 

 

 



* Tomado de Raya Dunayevskaya, Marxismo y libertad. De 1776 hasta nuestros días, en Una trilogía de revolución, México: Prometeo Liberado, 2012, pp. 197-210. Excepción hecha de las modificaciones concernientes a los signos de puntuación, anoto entre corchetes algunos cambios estilísticos y agregados que facilitarán la comprensión de la lectura [N. del E.]

[1] Hegel. Ciencia de la lógica. Tomo 1. Pág. 56 Nota al pie.

[2] Véase G. D. H. Cole: “Los Congresos Internacionales anteriores que ayudaron a preparar el camino para la Segunda Internacional han sido en gran parte olvidados, y con ellos la estrecha conexión que el movimiento completo tenía en sus primes etapas con la lucha por la jornada de ocho horas y con la iniciativa norteamericana a este respecto… La resolución que de hecho se adoptó […] fue la siguiente: […] ‘En vista de que se ha decidido ya una manifestación similar el 1 de mayo de 1890, por parte de la Federación Norteamericana de Obreros en su Congreso efectuado en San Luis en diciembre de 1888, esta fecha se adopta para la manifestación internacional’” (La Segunda Internacional).

[3] Véanse especialmente El imperialismo, fase superior del capitalismo y La división en la Internacional. (Hay diversas ediciones de estas obras. Pueden verse en las Obras completas en lengua española) (N. del T.)

[4] No me refiero, por supuesto, a los comunistas que han pervertido al marxismo, convirtiéndolo en su opuesto, sino a los trotskystas y a grupos radicales parecidos.

[5] No sólo quedó la crítica de Engels, que fue escrita en 1891, sin ser publicada hasta 1901, (Neue Zeit, Jahrg. 2, vol. 1, 1901), sino que ni aun entonces hizo impresión sobre los revolucionarios de su tiempo. Fue necesario el colapso real de la Segunda Internacional para que Lenin “descubriera”' esta crítica.

[6] Marx criticaba seriamente el programa que sirvió de base a la unidad. De hecho, iba a desasociarse públicamente de la nueva organización. Mientras tanto, se satisfizo con un ataque teórico fundamental, que se conoce como Critica del Programa de Gotha. Éste no se hizo público hasta 1891, cuando Engels insistió en que se publicara, mientras que la socialdemocracia alemana se preparaba para el Congreso de Erfurt.

[7] Véase: Stalin and German Communism, de Ruth de Fischer.

[8] El último principio fue muy alterado. En cuanto Liebknecht, el líder de la juventud, escribió su folleto Militarismo y antimilitarismo, que le ganó una sentencia de dieciocho meses de cárcel, el partido repudió el folleto; Liebknecht fue reemplazado por otro líder, y la juventud quedó bajo la estricta disciplina del partido. Eso fue en 1907. Como lo veremos ahora, al tratar de la Revolución de 1905, la degeneración ya había comenzado.

[9] Trotsky estaba en la cárcel, pero habían sido publicados sus escritos sobre la historia del soviet y su teoría de la revolución permanente.

[10] Tanto en San Petersburgo como en Moscú, el soviet trabajó en colaboración muy estrecha con los partidos socialistas, aunque estos partidos habían debatido durante mucho tiempo acerca de la actitud que debían adoptar hacia el soviet. Cuatro volúmenes de documentos originales de la Revolución de 1905 se han publicado ahora en ruso. El lector [norte]americano sólo puede obtenerlos de fuentes secundarias: tanto la obra de Cole anteriormente citada sobre la Segunda Internacional, [como] la obra León Trotsky, el profeta armado, de Deutscher, incluyen resúmenes de los acontecimientos.

[11] Lenin, Obras escogidas., tomo 7, p. 251 (Se mantiene la paginación de la edición en inglés).

[12] Lenin, Obras escogidas, tomo 7, p. 261.

[13] Que el partido era, para comenzar, corruptible, podía verse hasta a partir de los chismes de pasillo, según los cuales uno de los líderes del “ala revolucionaria” le dijo a Bernstein: “Pero esas cosas de las que usted habla deberían hacerse, no decirse”. Aquéllos que insisten en buscar las “raíces” del estalinismo en el leninismo encontrarían, si fueran objetivos, todo un bosque de “raíces” para el concepto de Estado unipartidista en la tesis de la Segunda Internacional de que sólo una socialdemocracia existe en cada país.