LA GUERRA DE ISIS Y ESTADOS UNIDOS CONTRA IRAK*

 

La reciente avanzada militar del autoproclamado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) —desde Siria, y hasta el norte y centro de Irak— le ha traído a la población de este país una nueva y más aguda oleada de miseria —justo cuando ya pensaba que había pasado lo peor, incluyendo los efectos de la política imperialista norteamericana. En Irak, los asesinatos masivos, las ejecuciones por decapitación, los secuestros y la violación de mujeres (crímenes que han sido ignorados sistemáticamente por Estados Unidos y el resto del mundo) están hoy a la orden del día.

Y, así como grupos tan fuertemente armados como ISIS permanecen en Siria gracias al apoyo de los fundamentalistas saudís (entre otros), ahora cuentan con una fuerza bélica semejante a la del Estado debido a que se han hecho del arsenal iraquí (cortesía del gobierno estadounidense). En efecto: las tropas iraquíes huyeron ante la perspectiva de un pequeño grupo de ISIS ubicado a las afueras de Mosul, dejando así abandonada la ciudad y sus bases militares. Una vez en posesión de este armamento pesado, ISIS amenazó con atacar Bagdad y comenzó a invadir pequeñas ciudades iraquíes situadas en puntos estratégicos, así como a llevar a cabo una campaña de conversión forzosa al islamismo contra el pueblo yazidí.

 

¿Cuáles han sido los resultados del posicionamiento de Estados Unidos ante Siria?

Las inefectivas decisiones políticas, guiadas por el pragmatismo, que Barack Obama ha venido tomando desde el inicio de la Revolución siria en 2011, vienen a cobrarle factura ahora. En Egipto, Estados Unidos optó por ayudar a Mubarak, no a los revolucionarios de la Plaza Tahrir —al menos, hasta que Mubarak dejó de garantizar la estabilidad política. Por otra parte, mientras Estados Unidos adoptó inicialmente una postura crítica ante el régimen de Assad, ésta se tradujo en vanas palabras de apoyo y no en un soporte material significativo para los revolucionarios.

Más aún: cuando el número de muertos causado por la contrarrevolución de Assad llegó a 100,000 (y contando), incluso ese tenue “criticismo” norteamericano desapareció; en nada cambió la postura de Estados Unidos cuando, el año pasado, Assad cruzó la raya al usar armas químicas contra la población civil, particularmente contra niños, en un suburbio de Damasco.

Impelidos a responder ante estos crímenes de guerra, Estados Unidos y Rusia de hecho terminaron por “legitimar” la contrarrevolución siria —a cambio de que Assad entregara su reserva de armas químicas. Luego de ello, Assad continúo con sus asesinatos “de forma tradicional”: mediante bombas, armas de fuego y artillería pesada. Sin embargo, ninguno de los “líderes” mundiales parece poner atención a este genocidio.

Así, una vez que Obama tomó (implícitamente) partido por Assad, se tornó perfectamente lógico que no metiera las manos contra las fuerzas islamistas que nominalmente se oponen al dictador —pero que, en realidad, están atacando a los grupos revolucionarios. El día de hoy, tanto ISIS como Assad se dirigen contra las bases rebeldes en Aleppo.

 

La hipocresía norteamericana

Con el propósito de poder justificar, finalmente, ataques aéreos contra ISIS, Obama ha traído a colación un argumento “altruista”: rescatar al pueblo yazidí. Si dicha iniciativa es aprobada por el Congreso, marcará un hito en la historia de las relaciones entre Estados Unidos e Irak. En efecto: Reagan ni siquiera se inmutó cuando Saddam Hussein usó gas venenoso contra miles de kurdos en 1987; en 1991, George H. W. Bush exhortó a los árabes de la zona de los pantanos [Marsh Arabs], en el sur de Irak, a levantarse en armas —no obstante, se cruzó de brazos y vio cómo Hussein los masacraba.

Ahora, Obama le ha prometido a una nación hastiada de guerras que el ataque contra Irak podrá hacerse sin echar mano de la invasión terrestre. En su ayuda, vinieron criminales como Cheney, quien de nuevo propuso en el Congreso el retorno a una guerra total —o como el senador McCain, quien bogó por un ataque masivo contra ISIS, el grupo con el que se había reunido en Siria el año pasado.

Asimismo, el posicionamiento de Obama ante la invasión a Irak en 2003 le abrió el camino para su triunfo electoral en 2008; sin embargo, una vez en el poder, continuó con la política bélica de Bush —y, al apegarse a la arbitraria agenda de éste para salir de Irak, permitió que la sangre siguiera derramándose en ese país, por lo menos, hasta 2011. Por otro lado, Obama no le retiró su apoyo a Naury al-Maliki, el hombre que Bush había designado en 2006 para hacerse cargo de Irak —esto, a pesar de su “dudosa administración”, la cual había impedido que la ayuda y las armas enviadas por Estados Unidos llegaran a las zonas habitadas por kurdos y suníes. Sólo muy recientemente, Obama se decidió a poner a un nuevo hombre al frente de Irak: Haider al-Abadi, del Partido Islámico Dawa (al que también pertenecía al-Maliki).

Luego de que las fuerzas de ISIS hicieran retroceder a los kurdos peshmerga (equipados con armamento ligero, como en la época de Hussein), Estados Unidos y la Unión Europea acordaron enviarle armas directamente, por primera vez, a los kurdos. Esta acción cobra pleno sentido cuando recordamos las dos misiones elegidas por Obama para ser acompañadas de ataques aéreos: la recuperación de la presa de Mosul, en el Tigris, y la defensa del consulado norteamericano en Erbil. Así, se ve claramente que los pehmerga constituyen justamente la fuerza terrestre que Obama tiene pensado utilizar, en lugar de soldados norteamericanos —pues espera que su determinación de luchar por la autonomía kurda sea benéfica para los intereses de Estados Unidos.

 

Apoyemos a los revolucionarios, no a ISIS

Algunos activistas “de izquierda” parecen dispuestos a perdonarle a ISIS todas las atrocidades que ha cometido —por el hecho de que le está oponiendo resistencia al invasionismo norteamericano. Otro, en cambio, le aplauden su decisión de combatir el imperialismo occidental en Medio Oriente —iniciado hace alrededor de un siglo, cuando las potencias triunfantes se repartieron el Imperio Otomano luego de la Primera Guerra Mundial. Justamente, el proyecto del califato global, promovido por ISIS, pone en entredicho esta división del Medio Oriente entre los países occidentales.

En síntesis: ya sabemos que los movimientos contrarrevolucionarios son capaces de cruzar fronteras; lo que buscamos nosotros, entonces, es que sean las revoluciones quienes las crucen —tal como sucedió entre Túnez, Egipto, Siria y España durante la Primavera Árabe. Estos movimientos revolucionarios se opusieron claramente a sus dictadores —los cuales eran representantes de un capitalismo de Estado que siempre apela al “orden” para evitar la aparición de un mundo completamente nuevo.

 

Trad. Héctor M. Sánchez



* Originalmente publicado como “Editorial: Islamic Sate, U.S., Both Savage Irak”, en News and Letters, vol. 9, núm. 5, sept-oct. 2014, pp. 1, 10. <http://newsandletters.org/september-october-2014-nl-available-web/> [13 sep. 2014].