INVITACIÓN A LA AUTOGESTIÓN:

EN BUSCA DE UNA ALTERNATIVA SOCIAL 

 

Alfredo Velarde

 

La autogestión: palabra mágica, palabra  perversa,  estrella resplandeciente o flauta mágica de Hamelin.

                          Paul Harvois[1]

 

I)         Introducción

 

El motivo reflexivo de este documento, consiste en la búsqueda teórica y práctica, vale decir revolucionaria y colectiva, de una genuina alternativa de liberación social en un momento que nos enfrenta a la profunda crisis de civilización que padecen todas las sociedades contemporáneas y, particularmente, la sociedad mexicana actual —precisamente cuando el nuevo siglo XXI, atravesado perniciosamente por la globalización capitalista impuesta, apenas despunta en su compleja proyección hacia el futuro. Por medio del presente texto, deseo someter al debate colectivo, con nuestros compañeros de ruta —socialistas libertarios todos—, la formulación convencida de que no hay futuro para la causa emancipadora en la lucha de los trabajadores de la ciudad y el campo, sin una revolución social de corte socialista resignificado que debe dotarse de un contenido preciso —el cual, para devenir en opción genuina de extendida liberación social, es preciso que incorpore en su ideario y praxis de lucha anticapitalista, así como en su programa político, la urgente definición a favor de la autogestión social generalizada[2].

En estos tiempos de extendida confusión política, en que lo único claro consiste en el profundo convencimiento de que no hay ni existen verdades absolutas o acabadas, la presente reflexión propone, en medio de la así llamada “crisis de los paradigmas sociales” de antaño, voltear los ojos y centrar el entendimiento en una noción —vieja y nueva, como se verá aquí—, precisamente la autogestión, que resulta ser una categoría en acto que resume e integra de manera esencial la articulación conjugada de los múltiples sueños y las, por desgracia, todavía escasas realizaciones existentes aún hoy a favor de la libertad, la justicia, la democracia radical, la igualdad colectiva e individual para todos. Esto vale, tanto en el plano de los objetivos materiales, como de los espirituales de la especie humana considerada en su conjunto. Para nosotros, la búsqueda de esa alternativa social está por el sendero que conduce a la autogestión. Pero el momento en el que nos encontramos es, apenas, el del inicio del camino y no el del arribo a ese buen puerto buscado. Vemos en la autogestión a que invitamos desde la presente reflexión crítica, así como en los actos revolucionarios de cambio contrasistémicos, una profunda alternativa de emancipación social. Pero no la concebimos ni la vemos como una suerte totalitaria de verdades absolutas o acabadas, omnicomprensivas, infalibles o todopoderosas, sino como la posibilidad prefigurativa de un proyecto de íntegra emancipación general; como el atisbo, la sospecha y la intuición de por dónde creemos que habría de recomenzar la rehabilitación de un concepto que, como el socialismo en su acepción libertaria, se hermana y complementa en la lucha por gestar un nuevo modelo societal capaz de portar en sus alforjas la propuesta en favor de una autodeterminación emancipada para todos.

La categoría de autogestión resulta ser, así, una noción que resume y sintetiza una estrategia práctica y articulada para desmontar y destruir (a favor de la autonomía y la soberanía plenas de los colectivos productores) todo principio de autoridad coactivo que de manera transversal atraviesa al conjunto de las relaciones sociales, y se inclina a favor de la liberación de los trabajadores contra el despotismo del capital; de los gobernados contra los gobernantes; del trabajo manual que, al seno de la esclavizadora subordinación de los individuos a la división capitalista del trabajo, acata y ejecuta —subsumido— la orden de un trabajo intelectual que gestiona y manda a los productores con fines de garantizar la extracción social de la inmensa plusvalía para el beneficio privado patronal —plusvalía implicada en la lógica-ilógica que caracteriza al sistema de trabajo asalariado.

Pero los alcances emancipadores de la autogestión no sólo se contentan con el ataque teórico y la lucha empírica contra las macroinstituciones que oxigenan y le otorgan vida y animación al ilegítimo poder instituido del capital, el Estado, las Iglesias y el saber autoritarios. Por el contrario y además, la autogestión se interesa por la ruptura y la subversión transformadora del conjunto adicional de instituciones coactivas que complementan al poder general de las instituciones referidas, con las “microfísicas” —diría con puntería crítica alguna vez Michel Foucault[3]—, y que cumplen también con un papel enajenante y opresivo contra los individuos y sus colectividades: las prisiones siempre superpobladas de pobres e inocentes; los manicomios, asilos de confinamiento o resumideros de disidentes; la escuela deseducadora capitalista; la familia sexista patriarcal, que explica y documenta el torpe y vergonzoso poder machista de los hombres sobre las mujeres, así como el propio carácter enajenado que adoptan las relaciones afectivo-sexuales entre los géneros, y cuyas expresiones más visibles radican en la extendida represión sexual, la anorgasmia y neurosis a ella vinculadas, así como la intolerancia frente a la diversidad (legítima) de las distintas preferencias sexuales.

El enfrentar todo este sumum de subalternidades explotadoras y opresivas, requiere de la revolución socialista autogestionaria y federalista, de carácter integral y con miras de proyección ecológica. Esta revolución socialista y autogestionaria ha de hacer estallar en mil pedazos todas las opresiones existentes, en un proceso de permanente e ininterrumpida liberación general, o no será, y la emancipación quedará confinada al sueño imposible que los opresores desearían que fueran los persistentes y recurrentes esfuerzos históricos por rehabilitar la perspectiva socialista re-significada y el propio aliento de cambio autogestionario. Por eso, para nosotros, la utopía no es sinónimo de lo imposible sino que es, en todo caso, el límite de aquello que resulta posible realizar. Como propuesta general de cambio, la autogestión será vigente, mientras la esclavización enajenada de todos persista como hoy, en medio del riesgo de vivir en un mundo sin futuro, condenado a la devastación depredadora del entorno ecológico y, con ella, al finiquito —como riesgo claro— de la propia especie humana.

Es de estas preocupaciones, como se ve, de amplias y multilaterales ambiciones, de donde surge la iniciativa por delimitar los diferentes caminos, y al mismo tiempo uno solo y general, que emprenderemos con el inicio renovado de nuestras viejas reflexiones vigentes y enriquecidas con las nuevas de hoy. Invitamos a la autogestión, porque aspiramos a ella y pretendemos ser autogestionarios: no de dientes-afuera, sino en los hechos de nuestra inserción en las luchas de la sociedad contemporánea que habitamos. Autogestionarios, en fin, no fallidos sino exitosos en la lucha revolucionaria para el amplio beneficio emancipado de la más amplia colectividad social. De estas preocupaciones es que surge el presente documento de reflexión en favor de la autogestión social generalizada, que busca no sólo su incorporación al ideario principista y las definiciones programáticas de la lucha revolucionaria anticapitalista, sino que constituye, también, una propuesta de divulgación de sus propuestas en el amplio océano del movimiento opositor de los inconformes que somos el abajo-social que lucha contra el injusto sistema social imperante. Sobre todo, en estos tiempos de confusión masiva, de un lamentable recular que suele “refugiarse” en el escepticismo que baja los brazos justo en los momentos que más se requiere de la inteligencia, de la voluntad en acto y la esperanza creativa que sólo es posible —como lo dijera alguna vez Jean Paul Sartreen la acción.

 

II)      Crisis de civilización y autogestión

¿Qué fue del siglo XX, a cuyo cierre histórico asistimos apenas hace casi tres lustros? ¿Cómo definir de manera concluyente —desde el análisis crítico— un periodo histórico tan denso en acontecimientos, transformaciones, guerras, revoluciones derrotadas y también traicionadas? Si en algo resulta posible ponerse de acuerdo, desde la alternativa social de izquierda revolucionaria, en el bizarro panorama propio del siglo XXI que recién inicia, es en un hecho claro: el siglo XX —visto de conjunto— adoptó la forma plena de la catástrofe. Las ilusiones del supuesto “progreso, que con el desarrollo de la modernidad capitalista irrumpiría, mostraron no ser otra cosa que eso: vanas ilusiones esgrimidas desde una evidente postura reaccionaria. En los hechos, la sociedad contemporánea vive una crisis de civilización. Crisis que, en el terreno de las ideas, resulta comparable —aunque la de hoy sea, con mucho, bastante más grave— con aquella crisis ya historiada de Occidente acaecida durante el siglo XV, cuando los europeos descubren la insospechada masa continental que, por Vespucio se la bautizaría como “América, y aparece el concepto de Galileo de ciencia experimental, quebrándose la dogmática precedente. Nosotros, hoy, estamos siendo testigos del fin y del agotamiento pleno de las grandes ideologías modernas, que han terminado por configurar el delirante mundo actual que se derrumba en medio de su aparente fortaleza, pero que en el fondo es frágil: crisis y fin del siempre mal llamado “socialismo real” (realmente inexistente); pero crisis, al tiempo —¡y de qué modo!— del capitalismo y la democracia formal del liberalismo, que nunca acabará por comprender el despropósito de su, en cierto modo, totalitaria pretensión por imponer la universalización de sus impertinentes propuestas de clase[4].

Lo que está agotándose no son tanto o sólo las ideologías, sino que caduca el “humus cultural” y la propia razón técnico-instrumental que las sustenta, en el obsoleto marco de la sociedad industrial —en los términos planteados en su momento y de manera muy interesante por la Escuela de Frankfurt. Adicionalmente, se agota el cada vez más excluyente, asimétrico, injusto y desigual proyecto material de la “civilización occidental” de corte capitalista-industrial, dominado por la producción material que puja por emerger, sólo para ser sustituido por la potencialidad posmoderna del trabajo inmaterial, como una nueva hegemonía totalitaria, en los términos en que tal proceso ha sido documentado por Antonio Negri y Michael Hardt en la trilogía de volúmenes representada por Imperio, Multitud y Commonwealth. Pero está periclitando, también, la economía de mercado, término eufemista para describir al mismo capitalismo inviable con nueva careta, como antes caducó de forma por demás estrepitosa el modelo de economía estatal centralmente planificado y de vertical y autoritaria gestión burocrático-tecnocrática en la extinta URSS y sus satélites, que vieron frustrados sus propósitos por constituir la vía no capitalista hacia la sociedad industrial, la cual ensayaron de una forma que refuncionalizó la explotación sobre el trabajo social de manera diferenciada a la modalidad específicamente capitalista demo-liberal.

Hasta ahora, la dialéctica de la Ilustración creía encontrar en la constante vuelta a las fuentes la fuerza para superar las inevitables crisis de todo tipo en conjugación. La confianza ilimitada en la “razón” empieza a flaquear ante la persistencia reiterada de los males ya por todos conocidos y las injusticias que las teorías —interesadamente subjetivas— del “progreso” creían superar, pero que sólo potenciaron ad nauseam. La búsqueda de una alternativa social, entonces, debe acudir —nos parece— a una recuperación creativa de las mejores tradiciones de lucha crítica y libertaria contra un capitalismo que no puede ya ser maquillado. Se debe recuperar el papel ético que debe cumplir toda función crítica de un pensamiento que se precie de tal objetivo; esto es, criticar todo lo existente para su transformación activa y crítica. Y esto quiere decir: emprender o reemprender la tarea que permita construir nuestra propia experiencia de cambio revolucionario en sentido socialista re-significado, aquí y ahora, justo cuando un país como México tanto lo requiere en un sentido democrático-radical, de, por y para los de abajo.

La autogestión persigue cambiar al mundo radicalmente. El problema de la autogestión es, entonces, fundar en los hechos de la vida cotidiana, la autonomía de lo político en la organización y en la lucha histórica que sigue significando el impulso revolucionario por una profunda transformación societal. Pero fundar la autonomía de lo político, no donde lo político se emancipa de lo social, sino donde lo político resume en sí mismo lo social, de manera independiente y por entero. La reconstrucción radical de la sociedad debe buscar las nuevas vías que conviertan en algo posible la liberación material y espiritual para todos. Y con ellas, hay que decirlo, la liberación del impulso creador y el instinto que evite el establecimiento de nuevas formas de autoridad explotadoras y opresivas, como las de hoy. La civilización industrial, se ha demostrado, no ha conducido a otro lado que a la concentración de los poderes y al ocaso rotundo de las libertades. La mejor manera de acabar con el poder es distribuyéndolo de forma socializada, lo que supone la  más amplia democratización y descentralización de base de los colectivos productores, así como la más inteligente autogestión, precisamente cuando es justo lo opuesto lo que hace el capitalismo de todo tipo —concentrando esos poderes, que, una vez logrados, ejerce con prepotencia desde el Estado (por cierto, en este sistema, también propiedad privada suya[5]).

La crítica del capitalismo es, entonces, sobre todo si se la traslada a sus implicaciones últimas, la crítica de toda la cultura y la civilización material, filosófica y sociológica de este sistema, como fenómeno histórico y económico. Por eso mismo, el capitalismo salvaje de credo neoliberal al inicio del siglo XXI que recién comienza, resulta indefendible. No puede defenderse sin incoherentemente caer presa de la ideología, dado que se trata de un sistema que asegura el mantenimiento perpetuado de la explotación del hombre por el hombre, y, al mismo tiempo, resulta incapaz de revertir esa especie de dialéctica negativa expresada en la relación destructiva que el modo de producción capitalista establece con una naturaleza a la que agota y deja exhausta.

¿Qué ha sido de las utopías, de los luminosos proyectos de liberación, de las pretensiones por gestar un proyecto integralmente emancipador? Tenemos que reconocerlo: han fracasado. Pero señalar su fracaso, no debe entenderse como una condición irreversible que condene a las esperanzas liberadoras y a la capacidad concreta de los hombres para recuperar —rehumanizadamente— su herencia libertaria por el cambio revolucionario indispensable. La conciencia de la propia situación histórica es un principio indispensable para el nuevo proyecto de liberación social-humana de las servidumbres tan propias de la “razón actual”, así como de las justificaciones antropológicas del orden existente —que postula, ciego, que el orden burgués no va a fracasar, justo cuando ya lo hizo. Todo lo que el individuo es, lo es en su esencia concreta dentro del proceso histórico-social, del cual es a la vez soporte y producto. Los individuos son inteligentes en la medida en que sea inteligente el proceso social que contribuya, colectivamente, a troquelar, a desarrollarlo en todas sus potencialidades, y en el cual desenvuelve su existencia. De ahí que el homo sapiens de hoy, el homo faber contemporáneo que fabrica sofisticados instrumentos con el auxilio de una compleja tecnología, el zoon politikon que lo revela como el auténtico animal político que es, parezca estar más cercano (no de una luminosa claridad emancipadora, evidenciada en su proyecto de producción y reproducción), sino de la estupidez impuesta por el desorden establecido y el capitalismo, que globaliza de manera paralela a los mercados la cultura de imbecilidad que promueve con su telecracia, o el despilfarro y la apropiación de los recursos naturales —en su proceso de privatización absoluta.

Cuanto más diáfana y racional sea la sociedad, más diáfana, libre y consciente será la existencia individual y colectiva de la especie. Si éste es el empeño de toda teoría crítica, la autogestión será —en la medida en que surja y se desarrolle— el corpus de la alternativa buscada por y para un mundo de emancipación para el trabajo colectivo y social. Proponer la autogestión, sugerirla como genuina alternativa de liberación general e invitar a su conocimiento y promoción activa al seno de movimientos y organizaciones sociales y populares, significa la construcción colectiva de las grandes líneas estratégicas capaces de enfrentar el envilecimiento general de nuestras existencias debido al capitalismo[6].

Envilecimiento enajenante general que el capitalismo asegura, como lo aseguraba, también, el siempre mal llamado “socialismo real” derrumbado, que por cierto no era socialismo —pues todo socialismo verdadero y genuinamente emancipador implica a la autogestión como rasgo esencial suyo. En todo caso, el socialismo no pudo fracasar, simple y llanamente, porque no hubo socialismo. Nos preguntamos: ¿cómo podría haber fracasado un modelo de sociedad alternativo al capitalismo si éste no ha existido? Uno no puede morir antes de nacer. El proyecto de emancipación socialista, democrática radical y autogestionaria no puede haber muerto —porque no ha nacido todavía. Lo que hubo en lo que fue la URSS y sus estados “satélites”, fue más bien aquello que Rudolph Bahro denominó la vía no capitalista hacia la sociedad industrial”, merced a un modelo estatalista y burocrático-autoritario[7]. Así, lo sabemos bien por la historia de las revoluciones del siglo XX —que de manera recurrente acostumbraron “devorar a sus hijos”—: los dos modelos de sociedad industrial que conoció el siglo XX, el capitalismo concurrencial y el estatal de economía centralmente planificada, fracasaron si acudimos a sus resultados. Pero volvamos a la autogestión.

 

III)   El concepto de autogestión

 

No existe, para decirlo desde ahora, algo próximo al consenso en cuanto al uso poco frecuente de la noción de autogestión. Lo que sí es claro es que la procedencia de la noción de autogestión es de origen servo-croata. Autogestión significa, en su voz originaria, lo propio de uno. Samo-upravlje es su voz eslava, en la que samo es el equivalente del prefijo griego auto y uprevlje significa gestión. En este sentido, el término autogestión hace referencia a “lo administrativo. Pero no es esta acepción la única que implica el significado profundo de la autogestión. Si se traslada su significado al ámbito de lo político, entonces su significado se engarza de modo natural con la noción de autogobierno. Si se nos interroga, por tanto, sobre ¿qué se entiende por autogestión?, debemos reconocer lo difícil que resulta proporcionar una definición que sea tan puntualmente precisa que no signifique tantas cosas y al final resulte que, por querer significar “tanto”, termine por no significar nada.

Sabemos que múltiples son las aproximaciones que, en lo que a la autogestión se refiere, se han dado desde el pensamiento social. En especial, algunas de las formas plurales y más radicales de socialismo consecuente han tenido, en la reivindicación de la autogestión, un territorio común al anarquismo, al comunismo, al consejismo, al situacionismo, ahora al zapatismo, etc., en la defensa de su contenido para el proyecto emancipador, siempre como un principio y una parte componente esencial de su estrategia rectora a favor de la revolución anticapitalista. Unos han optado en el pasado por establecer las diferencias entre autogestión y participación, cogestión y cooperativismo.

Dos teóricos contemporáneos de la autogestión, Guillerm y Bourdet[8], por ejemplo, en su obra Autogestión, desarrollan estos conceptos. Otros, como Garaudy en La alternativa y Chauvey en su obra La autogestión, prefieren hablar de lo que la autogestión es capaz. Una breve referencia a estos dos últimos. Según Garaudy, la autogestión cuestiona la propiedad privada de los medios de producción, las formas de burocracia y de jerarquía— tanto las que derivan del capitalismo, como las que se derivan de la concepción autoritaria y centralizada del siempre mal llamado “socialismo real”—; cuestiona también el principio de “delegación del poder” característico tanto del “socialismo burocrático” como de la burocracia burguesa formal. Por su parte, para Chauvey, la autogestión permite la liberación de los trabajadores con respecto al esquema patronal capitalista y les permite asumir responsabilidades sobre los medios de producción.

A propósito de la aplicación del término autogestión, debemos agregar que no sólo se trata de una noción todavía difícil de asir, sino que —en la práctica— se ha aplicado a cosas muy diversas y con intenciones también disímiles. Señalaremos, de manera ejemplar, algunas —no todas— (de) las aplicaciones que se han dado, teniendo en cuenta sus limitaciones y contradicciones:

1) En los procesos revolucionarios, es decir, cuando un grupo social se organiza por su cuenta, establece lo que quiere y se rebela contra el poder establecido y sus instituciones, se dice que se desarrolla un proceso de “autogestión social.

2) Cuando un grupo de estudiantes organizados y conscientes decide qué quiere aprender y decide de forma independiente y autónoma cómo va a darse a la tarea, proponiendo a los maestros como coadyuvantes y técnicos de ese proceso, para que aporten lo que está en sus manos, se suele plantear que hay en marcha un proceso de “autogestión pedagógica.

3) Cuando colectividades o comunidades llegan a decidir lo que van a hacer para dar respuesta, por sí mismas, a esas necesidades, entonces se dice que se auto organizan; esto es: cuando exigen los servicios sociales mínimos, buscando su bienestar y la supervisión del cumplimiento de tales demandas, se dice que estamos ante un movimiento de “autogestión popular.

4) Se suele tomar a la autogestión, también, como modelo de trabajo: se funciona en asamblea, en comité y comisiones, tanto si es en la comunidad como en la empresa. En este nivel, es evidente que lo que se busca es la coparticipación democrática y responsable de todos en asuntos que afectan y en cuya resolución, por ello mismo, deben de intervenir todos.

5) Pero la acepción más importante de la autogestión es la que considera la gestión por parte de los productores directos de los medios de producción en una escala general en un pueblo, una comarca e, inclusive, en el conjunto de la economía social de un país. En este caso se habla de la autogestión social generalizada siempre en sintonía con las aspiraciones y necesidades de un autogobierno popular ejercido por los propios trabajadores —y sin intermediarios.

 

IV)    El contexto histórico en que surge la autogestión     

       A todo lo largo del siglo XIX, los elementos más avanzados del movimiento obrero plantearon incesantemente, como sentida reivindicación suya, la gestión de la producción por parte de los propios trabajadores. Al mismo tiempo, los teóricos del socialismo —entre otros, pero nada más y nada menos que el socialista utópico Fourier, el comunista científico Marx, el anarcocooperativista Proudhon y el mismo anarcocomunista Bakunin— expresaron, en algún lugar o en cierto momento de su producción teórica, esta compartida aspiración, esa misma reivindicación autogestionaria, y le confirieron, desde sus particulares puntos de vista, una consistente formulación teórica. El movimiento obrero, con sus luchas, con sus formas de organización, revelaba, en la práctica, el secreto de la sociedad moderna: la estructura de explotación y opresión social existente. De este modo se convertía, así, en una suerte de analizador crítico de la sociedad industrial capitalista.

       Bien sabido es que todas aquellas luchas, aquellas aspiraciones, aquellas utopías, encontraron su primera realización y verificación histórica en 1871, con la Comuna de París. Poco conocida, aunque en extremo relevante, es también la célebre expresión de Marx, cuando planteaba en su balance de la Comuna parisina lo siguiente: “La Comuna de París demostró la posibilidad del self-government, de la autogestión de los trabajadores y, por lo tanto, de una sociedad de autogestión[9]”.

La condición fundamental de ese autogobierno consiste en la destrucción del aparato burocrático del Estado. Marx recuerda los orígenes de ese Estado en forma por demás elocuente y sugestiva:

 

El poder centralizado del Estado, con sus órganos omnipresentes —ejército permanente, policía, burocracia, clero y magistratura— elaborados según un plan de división sistemática del trabajo, data de la época de la monarquía absoluta, durante la cual servía a la sociedad burguesa naciente como arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo [...] Sin embargo, su desarrollo permanecía trabado por restos medievales de todo tipo: prerrogativas de los señores feudales y de los nobles, privilegios locales, monopolios municipales y corporativos y Constituciones provinciales. El gigantesco vendaval de la Revolución francesa del siglo XVIII barrió con todos esos restos de épocas superadas, liberando, así, al mismo tiempo, al sustrato social de los últimos obstáculos que se oponían a la superestructura del edificio del Estado moderno. Éste fue edificado bajo el Primer Imperio[10].

 

Sobre esto, podemos decir que el Estado moderno, centralizado y burocrático, no es otra cosa que una de las formas históricas de la organización y de la gestión. Se trata, como diría el anarquismo decimonónico con plena razón, de una forma de gestión organizativa y social autoritaria y contraria a todo principio que se oponga a los irrenunciables principios de autodeterminación. Ese poder del Estado, colocado en las antípodas de la autogestión —y que, por eso mismo, resulta correcto definirlo como un poder heterónomo—, fue edificado a partir de las estructuras políticas medievales y corresponde a un nuevo modo de producción, a la dominación de una nueva clase. Si para la clase obrera, la revolución proletaria consistía simplemente, como lo querían Marx y Engels en su programa del Manifiesto del partido comunista, en apoderarse de la maquinaria del Estado, esto no podía engendrar, tal como la historia lo ha demostrado, más que nuevas formas de dominación. La Comuna de París de 1871 demostró a Marx que se podía ir más lejos, que era preciso ir más allá y que resultaba necesario crear otras formas más avanzadas e inéditas de gestión.

En la mejor línea teórico-política que se le conozca, Marx fue madurando y radicalizando su postura en materia de gestión democrática de los de los medios de la producción económica, merced a las experiencias que se desarrollaban, como en el caso de la Comuna de los revolucionarios parisinos. De ahí el gradual y sostenido deslizamiento de Marx en su postura hacia la izquierda, así como su consistente corrección de perspectivas —hasta converger íntimamente, en ese aspecto, con Bakunin: si en 1848 se trataba, en Marx, tan sólo de apoderarse de un “instrumento”, es decir, del Estado, la revolución mostraba, ya para 1871, el sentido último de la revolución anticapitalista —aunque ello no fuera el caso en sus epígonos leninistas postreros: demoler el Estado y lo que más ampliamente se denominó la superestructura.

 

V)     Presupuestos de la autogestión

 

Para que la autogestión funcione y sea considerada como tal, tiene que reunir ciertas condiciones y presupuestos. Éstos son:

 

1)        La autogestión exige la propiedad colectiva o social de los medios de producción; es decir, lo que pretende es suprimir el poder capitalista de manera plena y total (“Los expropiadores serán expropiados, Marx dixit). Así, la autogestión supone el hundimiento integral de las relaciones sociales de producción capitalistas y de la relación capitalista existente entre despotismo y racionalidad, a fin de formar una sociedad autoadministrada por parte de la organización de los productores libremente asociados.

2)        La autogestión requiere el reconocimiento y la expresión de la vida democrática; es decir, que necesita de un modelo de sociedad pluralista; por lo tanto, es incompatible con toda forma de gobierno autocrático. La autogestión trae consigo un cambio radical en la situación de los trabajadores. Éstos no han de quedar subordinados a cualquier poder exterior que no sea el suyo propio.

3)          La autogestión ha de ser global y general. Esto significa que la autogestión, o es total, o no podría darse sino de manera temporal y aisladamente. No se puede ser autogestionario en el ámbito de la justicia conmutativa (lo que significa justicia y igualdad entre los productores de una empresa particular), si no hay también autogestión a nivel de la justicia distributiva (justicia e igualdad entre todos los ciudadanos).

4)          La autogestión, finalmente, ha de determinar un cambio real en la situación de los trabajadores en general y, especialmente, en la de los obreros. La autogestión supone la gestión de la empresa por el conjunto del personal que en ella labora. Pero la autogestión carecería de interés para los trabajadores si no resultara capaz de modificar radicalmente sus condiciones de existencia y las propias relaciones establecidas entre diferentes tipos de personal.

Desde la óptica de Markovic, por ejemplo, eminente miembro del Grupo Praxis en la ex Yugoslavia del pasado, y disidente consecuente del modelo distorsionado de pseudo autogestión titoísta, los requisitos que debe reunir la autogestión, para que ésta sea factible en su desarrollo óptimo, son: a) Nivel tecnológico adecuado; b) economía desarrollada; c) desaparición o, al menos, tendencia deliberada hacia la destrucción del Estado, y d) nivel cultural alto mediante una previa socialización de los medios de producción intelectuales, la cultura y el saber.

Por lo tanto, la autogestión exige la formación de los propios trabajadores —pues, sin formación, no puede haber verdadera participación. Pero la autogestión exige también planificación (no centralista, aunque sí democrático-federada), ya que ambas han de ir juntas si se quiere que ninguna quede desvirtuada. La autogestión tiene que superar las organizaciones de base, tanto de la vida social, económica y política, y debe tender a centrarse en niveles superiores. Por tanto, la autogestión, para que sea verdadera y durable, tiene que nacer desde abajo y aniquilar la añeja topografía del “arriba” y el “abajo, así como tiene que ser fruto de las horizontalizadas conquistas que los propios trabajadores van realizando en provecho suyo y de la independencia y autonomía de clase que son capaces de conquistar.

 

VI)    Algunas experiencias de autogestión

 

Como hemos dicho antes, pese a que la autogestión aparece como una palabra “nueva”, relativamente hablando, en el vocabulario político contemporáneo, su aliento impulsor es muy antiguo como idea y —más importantemente— como experiencia práctica, aunque quienes hayan puesto en marcha una experiencia así, no la denominaran de esta manera. La autogestión tiene como uno de sus más importantes inspiradores e ideólogos a Proudhon, especialmente cuando se refiere críticamente a la triple autoridad absolutista: misticismo, capitalismo y estatismo. Owen y Fourier realizaron varios intentos. Como antecedentes prácticos, están los acontecimientos revolucionarios en los que se detectan iniciativas autogestivas —unas de duración casi insignificante y otras más duraderas— y, sobre todo, los dos gigantes de la Primera Internacional: Carlos Marx y Miguel Bakunin.

De alguna forma —implícita— han estado relacionados después con la autogestión los primeros brotes revolucionarios (Revolución francesa de 1848-49) y la Comuna de París de 1871, exponente máximo de federalismo descentralizador; y, desde luego, también los movimientos obreros ya más consolidados del primer cuarto del siglo XX, como los soviets rusos de la entonces naciente Revolución de Octubre; el movimiento de los consejos obreros en muchos países; la línea espartaquista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y, en general, todo el pensamiento antiautoritario a partir de Marx, Bakunin, Freud, Reich, Marcusse, Adorno, Fromm, el situacionismo, los autonomistas, el obrerismo italiano, los movimientos contraculturales, el feminismo, el ecologismo, etc., que llevarán incluso a la exaltación de la comuna como alternativa convivial a la familia burguesa y la ideología sexual judeo-cristiana, y que han ido adquiriendo contornos definidos, integralmente, de revolución cultural en contra de la sociedad industrial capitalista. En general, muchas de las luchas históricas a favor del socialismo revolucionario tuvieron, en el reclamo y práctica de la autogestión, temporal o permanentemente, uno de sus principios activos más importantes. De manera que, contra lo que se podría suponer, las experiencias a favor de la autogestión socialista son auténticamente mundiales. Desde la Comuna de París y la URSS inicial de los soviets, pasando por los consejos obreros en la Revolución húngara de 1919, los comités de huelga en Seattle y Winnipeg, el movimiento de los delegados de taller británicos de 1920, los propios consejos de fábrica en Alemania, el movimiento consejista italiano de Turín de 1921, las tesis y la práctica de la escuela holandesa de los Raden Kommunisten, la experiencia de los soviets en China de 1928 a 1934, así como en Francia en 1936 y en España durante la Guerra Civil de 1936 a 1939, el control obrero en Bolivia, la Yugoslavia inicial del tiempo de Tito, Argelia y Polonia, y un largo etcétera[11].

 

VII) El perfil del socialismo democrático autogestionario

No podemos terminar esta reflexión sin una breve recapitulación y una cuantas palabras acerca de México. Hemos planteado ya, en otro lugar, que la búsqueda de las alternativas sociales, capaces de superar los dos modelos coactivos de sociedad industrial que ha conocido el siglo XX que se fue (el capitalista concurrencial de mercado y el estatalista de centralización y planificación burocrática), exige que la alternativa de autogestión neutralice y nulifique al máximo los más graves efectos que ambos modelos han traído para las sociedades de su tiempo. Se trata, merced a la autogestión, de arribar a la más plena democracia —no la formal y representativa burguesa, sino la radical asuntiva y directa—, así como a la más genuina socialización distributiva de la riqueza —que no a su concentración estatal. De ahí que el potentemente y resurgente movimiento libertario mexicano deba ponderar el peso específico que en su ideario y propuesta socialista programática ha de tener la formulación autogestionaria. Por nuestra parte, debemos ser de la opinión (con su consecuente postura política) de que la auténtica alternativa social a lo largo y ancho del siglo XXI que apenas inicia, estará por el camino de la necesaria destrucción del capitalismo (explotador, enajenante, opresivo y ecocida) y la construcción de un modelo re-significado de socialismo revolucionario, democrático y autogestionario, autonómico y confederal —tanto en lo que atañe a las definiciones económicas de este proyecto de cambio, como en las políticas.

Debemos abrazar, entonces, como propia, una propuesta socialista radical, anticapitalista y antiestatal, que sea capaz de establecer un círculo virtuoso entre una amplia participación democrática horizontal (para la toma de decisiones en materia de administración de la cosa pública) y un esquema de justicia social que, sin menoscabo de los derechos individuales, le confiera la misma importancia al bienestar general de las colectividades sociales. En una definición política como ésta (para el emplazamiento práctico de un modelo alternativo-social fundado en la autogestión) tendría que estar presente, en el centro de sus preocupaciones económicas y ecológicas, la estrategia contra toda subalternidad, así como por coadyuvar a la regeneración del entorno ecológico natural del cual depende la vida misma. Ello sólo será posible si el impulso de la autogestión resulta triunfante como alternativa de cambio radical frente al caos capitalista. Hay que recordar que, como lo postulan dos de los teóricos autogestionarios de la segunda mitad del siglo XX que se fue, Bourdet y Guillerm, la autogestión “es una transformación radical no sólo económica, sino también política, en el sentido de que la autogestión destruye la noción de política (como gestión reservada a una casta de políticos), para crear otro sentido —nuevo— de esta palabra: a saber, la toma en sus manos y a todos los niveles de todos sus asuntos por parte de todos los hombres[12]”.

Esta definición es precisa, por cierto, y se complementa con el planteamiento que acerca del significado de la autogestión proporcionaba Denis de Rougemont, cuando sostenía que: “La autogestión es, en principio, la gestión por parte de las comunidades de base —municipalidades y empresas, luego regiones— de las tareas de naturaleza estatal que les son propias. Pero [la autogestión] es, también, el ejercicio permanente de los poderes de decisión política y de control de aquellos que los ejecutan[13]”.

De esta manera, en un esquema autogestionario liberador, los trabajadores son propietarios de las empresas respectivas; éstas se autogestionan de manera democrático-horizontal y directa; el sistema político establece una nueva síntesis combinatoria de elementos de democracia directa y representativa acotada; la forma de hacer política sería, por tanto, la del pluralismo (tanto en derechos y obligaciones para quienes deciden la organización partidaria, como para quienes decidan contender en la arena política merced a asociaciones políticas independientes y autónomas). Se trata de un modelo en el cual las decisiones de las mayorías democráticas no avasallen a las minorías, así como en el que se tolere y auspicie el elemental derecho a la diferencia, y donde el vínculo entre derechos individuales y colectivos se concatene para su coexistencia y complementación recíproca. En lo económico —y, frente al caos de la concurrencia mercantil capitalista y al absolutismo económico que representó en el pasado la centralización estatalista, merced a la planificación burocrática—, un régimen de autogestión opondría, no el mercado ni tampoco la centralización planificada, sino una regulación general del abasto para todos, gracias al trabajo colectivo y a la planificación federada del conjunto de unidades productivas que puedan, más adelante, y como resultado de todo ese proceso de cambio profundo en las estructuras sociales, liberar a la especie humana de la economía del trabajo.

       Hay que decir que una propuesta autogestionaria integral, pensada al nivel macrosocial más extendido, difiere —de un lado— del Estado benefactor y —desde luego— del capitalismo de mercado salvaje, trátese del liberal-capitalista o del autoritario burocrático-estatal; y —de otra parte— sería lo opuesto al siempre mal llamado “socialismo real” de un solo partido y de una economía tutelada cupularmente por una gerontocracia tecnoburocrática. Por ende, tal perspectiva de autogestión y autogobierno combinaría en términos emancipadores los siguientes elementos: 1) la participación democrática racional y consciente de todos; 2) una concepción no consumista y sí satisfactoria plena y socializada, tanto de necesidades objetivas cuanto subjetivas de la gente; 3) la incorporación —colectiva e individualmente— de un modelo de justicia social que abarcara tanto derechos individuales y de grupo, como los más amplios y colectivos; y, desde luego, 4) el establecimiento científico-tecnológico de un serio y responsable compromiso en la dimensión ecológica, restaurador del desequilibrio del hábitat ocasionado por la búsqueda del máximo beneficio consustancial al capitalismo.

       Como vemos, se trata de un ejercicio que, desde la autogestión, obliga a la imaginación creativa e inteligente de todos en la construcción —nacional y planetaria— de alternativas que ya no pueden esperar ni demorarse. Imaginar, como hemos dicho en otro momento, modelos alimentarios no industrializados, así como medicinas preventivas y naturales dentro de una sociedad desescolarizada y democráticamente plural y autogestiva; donde pueda recuperarse la unidad perdida, a causa del industrialismo fabril y la producción en serie, entre el productor emancipado y un consumidor que influye en lo que se produce para un consumo satisfactor y no alienado; imaginar, insistimos finalmente, unidades sociales en libertad, sin necesidad de depender de sofisticados sistemas de control, llámense Estado, policía o ejército. La autogestión, así, construye para el futuro, pero desde ahora mismo, un sistema que no dependa del mercado y su comercialización masiva; que opone, al presunto valor positivo de la competencia, el apoyo mutuo; que erige un valladar contra la manipulada cosificación mercadológica; una autogestión, en fin, opuesta radicalmente al fanatismo religioso y a la represión sexual. Se trata, como podemos ver, de imaginar nuevas formas de economías comarcales y regionales con base en una agricultura biológica que sea autosuficiente y auto sustentable en la correcta acepción del concepto; que pueda apoyarse con el uso extendido de energías limpias y no contaminantes tales como la energía solar, la hidráulica, la eólica y la geotérmica.

¿Dónde inicia el sueño y dónde acaba? ¿Qué tan real y factible es todo esto? Éstas son cuestiones que, en el curso de los próximos años, iremos percibiendo. Pero no de manera pasiva, sino activa y crítica. Nuestro laboratorio social es la desgarradora realidad de un país que, como México, —y sobre esto abundaremos en posteriores intervenciones específicas— requiere con urgencia de una profunda revolución social de irrenunciable contenido popular y genuinamente comprometida con los de abajo. Ello significa que la ruta presupuesta será posible no gracias a la tan cacareada “transición democrática” —por lo demás, ausente en el México de hoy, a más de ya ensayada y frustrada—, sino a la ruptura revolucionaria que, por obligación ética y consecuencia política, debe proyectarse hacia el devenir de la lucha de clases concreta, como dato referencial y punto de quiebre en las profundas aspiraciones emancipadoras del pueblo mexicano y de sus trabajadores urbanos y rurales.

La grave amenaza que hoy representa la restauración del viejo régimen presidencialista autoritario en la persona de Enrique Peña Nieto y el nuevo-viejo PRI de siempre, en oposición al canto de sirena nostálgico del Estado interventor keynesiano del “centro obradorista”, y ante el estrepitoso fracaso del insulso régimen de alternancia conservador panista desfondado; la grave amenaza, decíamos, de la brutal continuidad del neoliberalismo económico; de los recurrentes fraudes computarizados de urnas transparentes que continúan sucediendo; de la cada vez más injusta distribución de la riqueza que se amplía; de la entrega descarada y descarnada del patrimonio nacional por una pragmática clase política petrificada y fosilizada; de las cada vez mayores franjas de expulsados y excluidos por una globalización impuesta —que, primero, fabrica la miseria refractaria a la hipocresía y cinismo de la filantropía burguesa, y después confina a los miserables a los márgenes de la sociedad y los bajos fondos que el sistema desearía afuera de él, pero que son parte componente esencial del propio sistema en cuanto tal, corroboran la pertinencia de nuestros planteamientos autogestionarios.

Al cierre de esta invitación a la autogestión, las preguntas esenciales para todos nosotros son: ¿cuánto y qué estamos dispuestos a hacer, en los hechos, para aportar nuestro grano de arena en la perspectiva del cambio revolucionario que tanto precisa México?; ¿cómo pensar en la transformación democrática incruenta y civilista, una vez considerado el carácter autoritario del adversario gubernamental a la causa popular, así como la crisis de representación que padecen esas antiguallas heterónomas que conocemos como partidos políticos; una vez que, en suma, como se ha mostrado y demostrado, la vía parlamentario-electoralista no es ya transitable? Una pregunta final: ¿cómo no abrazar como propia una definición rupturista-revolucionaria y cómo evitar ser cómplices, desde la política alternativa, de la infamia congénita al putrefacto sistema que habitamos?

 

 

 



[1] Paul Harvois, La autogestión a examen. G.R.E.P. Editorial Marsiega, Madrid, 1981, p. 19.

[2] La literatura sobre autogestión no es abundante en México, pero una búsqueda cuidadosa puede permitir hallazgos extraordinarios. Un libro relativamente sencillo de encontrar, así sea en bibliotecas de viejo, es el introductorio al concepto y sus experiencias prácticas de Henri Arvon, que editara el Fondo de Cultura Económica en 1980, y que luego fuera reeditado en 1982 en su conocida serie Breviarios, núm. 325, titulado La autogestión. El concepto de autogestión social generalizada proviene del extraordinario trabajo de Ratgeb, intitulado De la huelga salvaje a la autogestión social generalizada (Anagrama, Barcelona 1978). Ambos, en su conjunción, son muy buenos para iniciar el estudio de la autogestión.

[3] Michel Foucault. Microfísica del poder. La piqueta, Madrid, 1979.

[4] Una posición convergente con nuestra afirmación arriba sostenida, es la de Orlando Núñez, autor de El manifiesto asociativo y autogestionario (Managua, CIPRES 1998). Este trabajo se significa porque está escrito desde la Nicaragua postsandinista, y postula que la crisis del régimen político liberal y de la experiencia del “socialismo de Estado” en el siglo XX ofrece un nuevo reto a la sociedad civil: la regulación del Estado y del mercado a través de un bloque social compuesto por los movimientos sociales, las comunidades locales y las asociaciones autogestionarias de productores-trabajadores y pobladores, a partir de lo cual los valores de la competencia, el productivismo depredador y el machismo sean sustituidos por los valores de la cooperación, la solidaridad y el afecto.

[5] Otro trabajo referido centralmente a la autogestión es el de Pierre Rosanvallon, denominado La autogestión (Fundamentos, Madrid 1976). En él se afirma que, frente a un socialismo marcado por el economicismo, y que elude la cuestión del ejercicio concreto del poder, la autogestión se plantea las condiciones y el ejercicio de la democracia: no se limita a la apropiación de los medios de producción, sino que se define como la apropiación social de los medios de producción en toda la sociedad, mediante un ejercicio colectivo de la decisión: posibilidad de intervención directa de cada uno en los problemas que le conciernen.

[6] Etimológicamente hablando, autogestión es una palabra compuesta, donde auto significa lo propio de uno y, gestión, el hacer diligencias para alcanzar algún objetivo deseado. Lo contrario de autogestión es heterogestión, de hetero, es decir, “lo propio del otro. Un término intermedio entre autogestión y heterogestión sería cogestión, o lo propio de ambos. Esta definición está tomada del extraordinario trabajo de Amedeo Bertolo y René Lourau, cuyo título es Autogestión y anarquismo, publicado en castellano por Ediciones Antorcha, en la serie Pequeña biblioteca anarquista, e impresa en México durante 1984.

[7] Véase Rudolf Bahro. La alternativa: contribución a la crítica del socialismo realmente existente. Editorial Material, Barcelona, 1979.

[8] Y. Bourdet y A. Guillerm. L’autogestion. Seghers, 1975, p. 3.

[9] Carlos Marx. La guerra civil en Francia (borradores, escritos entre abril y mayo de 1871, al calor de los acontecimientos de la Comuna de París). Ediciones en Lenguas extranjeras, Pekín, 1978, p. 251.

[10] Ibid, p. 225.

[11] Un libro extraordinario para rastrear históricamente estas experiencias, es la excelente compilación de Ernest Mandel, Control obrero, consejos obreros y autogestión (Era, México, 1974). Otro trabajo que analiza las características del modelo socialista autogestionario es el breve librito de Eduard Kardej, Fundamentos del sistema político autogestionario (El CID editor, Colección autogestión, Barcelona y Caracas, 1978).

[12] Op. cit., pp. 74 y 75.

[13] Denis de Rougemont, L’avenir EST notre affaire. Stock, 1977, p. 56.