EL SILENCIO DE UNA MADRE

 

Raquel Vázquez

 

Gracias al silencio de mi madre escribo.

 

Aún hoy después de tantos años

lo recuerdo:

una suave cortina de lluvia

cerrando el paso

al umbral de su vientre,

Luz palpitante

al abrirse el día

arrastra el hambre

la angustia y los pesares.

 

En él permanecían

cada uno de mis hermanos,

mi padre

y los ensueños

que ya no habitaría ella

sólo nosotros.

 

Su silencio respondía

a una simple premonición:

bañarnos en la transparencia

del ambiente

en la perfección de su fecundidad.

 

Nosotros que fuimos tantos,

insaciables de ternura

el día no alcanzaba

para repartirnos la esperanza,

fragmentarse o dividirse

en la madre

que todos necesitábamos.

 

Por ese regazo negado

intento escribir

cuando el aliento se espesa

en el correr de la noche.

 

Pienso en los poemas

dormidos

al fondo de los libros

que estallan en puertas y ventanas,

desvelados,

equilibrándose de pie

en el umbral del agua,

en recónditos lugares

donde el tiempo

y el miedo acechan.

 

Me pregunto

¿Qué existe en el silencio

de una madre?

¿Cuántas mujeres negadas

postergadas, efervescentes?

¿Qué soñaba

entre montañas de ropa sucia

de trastos y llantos de niños?

Quizá me responderían

el mutismo de  su piel,

la soledad de su rostro

el verde de sus ojos desteñidos.

 

En el silencio de mi madre

cabe todo el dolor de la orfandad

la suya y la nuestra

generación tras generación.

 

Me atrevo a romper

esta absurda secuencia

como los libros

me enseñaron a hacerlo:

depositándole a ella

palabras secretas

incandescentes

al fondo de cada poema.

 

 

Agosto de 2014