EL PROBLEMA DE LA MIGRACIÓN ENTRE LOS JÓVENES HONDUREÑOS*

 

Eugene Walker

 

Los demagogos del Partido Republicano y los militantes del Partido del Té [Tea Party], entre otros —lo que incluye al supuesto presidente humanista Barack Obama—, hablan de una “crisis” en torno a los jóvenes centroamericanos que entran de manera ilegal a Estados Unidos. De hecho, tanto los gobiernos de América Central como Estados Unidos quieren deportar a tantos jóvenes como sea posible —y, entre más rápido, mejor. Con ello, pretenden ocultar que este éxodo masivo tiene su origen en las complejas situaciones sociales que se viven en Honduras, El Salvador y Guatemala, así como en la larga historia de colonialismo e invasiones militares sostenida entre estos países y Estados Unidos: pandillas callejeras normalmente vinculadas con el narcotráfico, gobiernos corruptos y pobreza extrema… todos estos son factores indisolublemente ligados a la “crisis” de migración en Centroamérica.

Veamos, por ejemplo, a Honduras: su capital, Tegucigalpa, y su segunda ciudad más grande, San Pedro Sula, tienen un índice de homicidios tan alto como el de cualquier otra ciudad en el mundo —con excepción de las que se ubican en zonas de guerra. Los jóvenes son forzados, bajo pena de muerte,  a unirse a las pandillas y vender droga; las mujeres —en realidad, apenas niñas— son obligadas a formar parte de las redes de prostitución. Sin embargo, este par de ciudades no son grandes metrópolis: ¿cómo es que se han salido tanto de control?

 

¿Cuál es la responsabilidad de Estados Unidos en todo esto?

Sin duda, su papel en la “crisis” no es menor. En primer lugar, porque Estados Unidos deportó a El Salvador y Honduras, durante los años 90, a un gran número de miembros de pandillas que residían en barrios de Los Angeles —pandillas como Barrio 18 y la Mara Salvatrucha—, lo cual aumentó dramáticamente la violencia en dichos países. Ésta ha sido la “gran” contribución de Estados Unidos a Centroamérica.

En segundo lugar porque, al llevar a cabo Estados Unidos su “guerra contra el narcotráfico”, principalmente entre Colombia y el corredor del Caribe, los narcotraficantes buscaron nuevas rutas a través de América Central. De hecho, se estima que el 80% de los vuelos en los que se transporta cocaína salen de o hacen escala en Honduras.

En tercer lugar, y de manera más decisiva, porque Estados Unidos ha seguido brindándole su apoyo a aquéllos que derrocaron en 2009 a José Manuel Zelaya, el ex-presidente hondureño democráticamente elegido. Dicho golpe de Estado tan sólo ha conducido a una continua ola de represión gubernamental.

La oposición ha sido borrada del mapa; buena parte de ella, asesinada por el Estado. Los golpistas organizaron elecciones amañadas y, el nuevo presidente, Porfirio Lobo, fue inmediatamente reconocido y respaldado por Estados Unidos. Desde entonces, Honduras se ha visto envuelta en una espiral de violencia pandillera y guerras por el control del mercado de drogas. En la media década que ha trascurrido desde el golpe, la pobreza, la desigualdad y el desempleo han aumentado considerablemente, al igual que la violencia y el tráfico de drogas.

 

¿Ayuda o represión a la oposición?

Mientras tanto, el gobierno hondureño ha optado por usar sus fuerzas militares y policiacas para reprimir a los opositores al régimen (tanto a los movimientos campesinos como a los de otros actores sociales), en lugar de acabar con el narcotráfico y la violencia pandillera. Sobre ello, Estados Unidos apenas si dice una palabra —mientras que continúa con el envío de tropas militares y policiacas a Honduras en nombre de la “guerra contra el narcotráfico”.

Ante esta situación, ¿qué pueden hacer las familias y los jóvenes hondureños? ¿Entrar a las pandillas, a las redes de prostitución y narcotráfico, morir en las calles o huir de su país? ¿Puede sorprendernos, entonces, que intenten escapar de una vida así —no sólo a Estados Unidos, sino a países sumamente pobres, pero relativamente pacíficos, como Nicaragua?

En realidad, esta “crisis” no sólo consiste en el hecho de que decenas de miles de jóvenes están migrando hacia Estados Unidos —sino, ante todo, en que este país no cesa en sus esfuerzos por deportar a tantos hondureños como sea posible, con lo que los deja desamparados ante la muerte, el crimen y el narcotráfico, las violaciones y la prostitución, la pobreza y la miseria. A todo esto tienen que enfrentarse en su país, solos.

 

Trad. Héctor M. Sánchez



* Originalmente publicado como “Honduran Youth Flee”, en News and Letters, vol. 9, núm. 5, sept-oct. 2014, pp. 12. <http://newsandletters.org/september-october-2014-nl-available-web/> [14 sep. 2014].